Jero Romero (Toledo, 51 años) atraviesa la plaza madrileña del Dos de Mayo, camino del bar citado en Malasaña, a paso lento, con las manos en los bolsillos, rodeado de cierto aire contemplativo. Es como si anduviese fijándose en esos detalles insignificantes que, en el fondo, guardan un universo dentro. Esos mismos detalles que revolotean en sus composiciones como pájaros libres que juegan a buscar en su vuelo un sentido a todo un sentimiento, a una emoción lo suficientemente importante como para obsesionarse con ella hasta convertirla en canción. “Para mí, las canciones son actos completamente de ensimismamiento y muy solitarios”, confiesa ya sentado en el bar.
Jero Romero (Toledo, 51 años) atraviesa la plaza madrileña del Dos de Mayo, camino del bar citado en Malasaña, a paso lento, con las manos en los bolsillos, rodeado de cierto aire contemplativo. Es como si anduviese fijándose en esos detalles insignificantes que, en el fondo, guardan un universo dentro. Esos mismos detalles que revolotean en sus composiciones como pájaros libres que juegan a buscar en su vuelo un sentido a todo un sentimiento, a una emoción lo suficientemente importante como para obsesionarse con ella hasta convertirla en canción. “Para mí, las canciones son actos completamente de ensimismamiento y muy solitarios”, confiesa ya sentado en el bar. Seguir leyendo EL PAÍS
