«The Industry»: veneno con piel de cordero

La cuarta temporada de «Industry» acaba de llegar a HBO Max dispuesta a completar la mutación que había insinuado en los últimos capítulos de la tercera: dejar atrás el drama de oficina en Pierpoint para abrazar sin ambages el thriller financiero global, con ambición política, despliegue estilístico y un catálogo de personajes que rozan la monstruosidad moral. La serie de Mickey Down y Konrad Kay, convertida ya en título de culto para una minoría muy fiel, parece haber asumido que, si quiere «salir de la burbuja», debe ser más accesible en su superficie… sin renunciar al veneno que siempre ha llevado dentro.

Desde el arranque, la temporada marca distancias con sus orígenes allá por 2020: Harper Stern (Myha’la Herrold) pelea con su jefe en un fondo de gestión de activos, rompe con ese entorno y llama al retirado Eric Tao (Ken Leung) para montar su propia operación, una firma dedicada a olfatear empresas dudosas, apostar contra ellas y lucrarse con su caída en bolsa. Yasmin Hanani (Marisa Abela), mientras tanto, está atrapada en el derrumbe emocional de su marido, Sir Henry Muck (Kit Harington), ex CEO de Lumi, que acaba de perder unas elecciones locales y se hunde en una crisis que replica el fantasma del suicidio de su padre a la misma edad. Ambas ya no son las recién llegadas de Pierpoint: son agentes con poder, rodeadas de millonarios, políticos, aristócratas y ejecutivos que comparten códigos de violencia económica y emocional. Sobre esas trayectorias personales se superpone el gran hallazgo dramático de la temporada: Tender, una fintech de billetera digital y servicios de pago que pretende lavar su imagen gracias a una estrategia de marketing agresiva y a su cercanía con un gobierno laborista en busca de crecimiento a cualquier precio. La compañía arrastra vínculos con una plataforma tipo OnlyFans llamada Siren y con un banco austríaco de pasado oscuro, elementos que la sitúan de inmediato en el imaginario de la economía contemporánea donde la innovación tecnológica y la historia más siniestra conviven en la misma hoja de cálculo. Harper entra en escena armada con información comprometida y aliada con un periodista financiero que investiga a Tender; su objetivo es claro: convertir a la empresa en presa, hacer saltar por los aires su valor y enriquecer a sus inversores a partir de la caída del «nuevo unicornio». Pero, al mismo tiempo, Whitney Halberstram –el brillante y opaco CFO encarnado por Max Minghella– recluta a Yasmin y a Henry para puestos clave dentro de Tender, lo que convierte la startup en el tablero donde las otrora amigas vuelven a encontrarse, ahora como piezas de lados opuestos.

Una de las grandes ventajas de esta temporada es que se vuelve más accesible y adictiva, aunque no consigue resolver su problema de empatía. La reducción del peso del argot financiero –sigue ahí, pero ya no bloquea la comprensión de la trama– y el desplazamiento del foco hacia emociones y dilemas morales acercan «Industry» al territorio de la «telenovela de alto voltaje», con cliffhangers encadenados y la sensación de que todo es cuestión de vida o muerte. Sin embargo, casi todos los personajes centrales, empezando por Harper y Yasmin, resultan, si cabe, más corrosivos que nunca. La serie subraya su condición de víctimas, pero no se aparta cuando ellas ejercen a su vez la coerción, el sadismo, el narcisismo y una violencia (emocional y económica) que las vuelve figuras casi imposibles de «querer», más allá de la fascinación que despiertan.

A esa pérdida de calor contribuye el alud de nuevos personajes: ejecutivos, políticos, periodistas, sociópatas de diseño que, en ocasiones, hacen que las dos protagonistas parezcan casi «pobres criaturas». El resultado es una temporada densísima, que por momentos da la sensación de ser otra serie, más expansiva, más operística, pero también más distante en lo emocional. La nueva entrega se adentra, de forma frontal, en el terreno político y en los debates sobre regulación tecnológica, pornografía, explotación y anonimato en la red. En paralelo, la temporada se ubica explícitamente en una realidad marcada por el segundo mandato de Donald Trump y por las secuelas del Brexit. La serie conserva y potencia su ADN estético: la velocidad de los diálogos, la cadencia casi musical del lenguaje técnico, el montaje cortante y una banda sonora pensada para que cada tema pop funcione como comentario emocional de lo que ocurre. Pero se nota que quiere crecer fuera del tiesto con localizaciones internacionales, más dinero en pantalla y bajando la barrera para que entren nuevos espectadores.

 HBO Max estrena la cuarta entrega de una de sus series emblema, más oscuray con menos trabas en los diálogos  

La cuarta temporada de «Industry» acaba de llegar a HBO Max dispuesta a completar la mutación que había insinuado en los últimos capítulos de la tercera: dejar atrás el drama de oficina en Pierpoint para abrazar sin ambages el thriller financiero global, con ambición política, despliegue estilístico y un catálogo de personajes que rozan la monstruosidad moral. La serie de Mickey Down y Konrad Kay, convertida ya en título de culto para una minoría muy fiel, parece haber asumido que, si quiere «salir de la burbuja», debe ser más accesible en su superficie… sin renunciar al veneno que siempre ha llevado dentro.

Desde el arranque, la temporada marca distancias con sus orígenes allá por 2020: Harper Stern (Myha’la Herrold) pelea con su jefe en un fondo de gestión de activos, rompe con ese entorno y llama al retirado Eric Tao (Ken Leung) para montar su propia operación, una firma dedicada a olfatear empresas dudosas, apostar contra ellas y lucrarse con su caída en bolsa. Yasmin Hanani (Marisa Abela), mientras tanto, está atrapada en el derrumbe emocional de su marido, Sir Henry Muck (Kit Harington), ex CEO de Lumi, que acaba de perder unas elecciones locales y se hunde en una crisis que replica el fantasma del suicidio de su padre a la misma edad. Ambas ya no son las recién llegadas de Pierpoint: son agentes con poder, rodeadas de millonarios, políticos, aristócratas y ejecutivos que comparten códigos de violencia económica y emocional. Sobre esas trayectorias personales se superpone el gran hallazgo dramático de la temporada: Tender, una fintech de billetera digital y servicios de pago que pretende lavar su imagen gracias a una estrategia de marketing agresiva y a su cercanía con un gobierno laborista en busca de crecimiento a cualquier precio. La compañía arrastra vínculos con una plataforma tipo OnlyFans llamada Siren y con un banco austríaco de pasado oscuro, elementos que la sitúan de inmediato en el imaginario de la economía contemporánea donde la innovación tecnológica y la historia más siniestra conviven en la misma hoja de cálculo. Harper entra en escena armada con información comprometida y aliada con un periodista financiero que investiga a Tender; su objetivo es claro: convertir a la empresa en presa, hacer saltar por los aires su valor y enriquecer a sus inversores a partir de la caída del «nuevo unicornio». Pero, al mismo tiempo, Whitney Halberstram –el brillante y opaco CFO encarnado por Max Minghella– recluta a Yasmin y a Henry para puestos clave dentro de Tender, lo que convierte la startup en el tablero donde las otrora amigas vuelven a encontrarse, ahora como piezas de lados opuestos.

Una de las grandes ventajas de esta temporada es que se vuelve más accesible y adictiva, aunque no consigue resolver su problema de empatía. La reducción del peso del argot financiero –sigue ahí, pero ya no bloquea la comprensión de la trama– y el desplazamiento del foco hacia emociones y dilemas morales acercan «Industry» al territorio de la «telenovela de alto voltaje», con cliffhangers encadenados y la sensación de que todo es cuestión de vida o muerte. Sin embargo, casi todos los personajes centrales, empezando por Harper y Yasmin, resultan, si cabe, más corrosivos que nunca. La serie subraya su condición de víctimas, pero no se aparta cuando ellas ejercen a su vez la coerción, el sadismo, el narcisismo y una violencia (emocional y económica) que las vuelve figuras casi imposibles de «querer», más allá de la fascinación que despiertan.

A esa pérdida de calor contribuye el alud de nuevos personajes: ejecutivos, políticos, periodistas, sociópatas de diseño que, en ocasiones, hacen que las dos protagonistas parezcan casi «pobres criaturas». El resultado es una temporada densísima, que por momentos da la sensación de ser otra serie, más expansiva, más operística, pero también más distante en lo emocional. La nueva entrega se adentra, de forma frontal, en el terreno político y en los debates sobre regulación tecnológica, pornografía, explotación y anonimato en la red. En paralelo, la temporada se ubica explícitamente en una realidad marcada por el segundo mandato de Donald Trump y por las secuelas del Brexit. La serie conserva y potencia su ADN estético: la velocidad de los diálogos, la cadencia casi musical del lenguaje técnico, el montaje cortante y una banda sonora pensada para que cada tema pop funcione como comentario emocional de lo que ocurre. Pero se nota que quiere crecer fuera del tiesto con localizaciones internacionales, más dinero en pantalla y bajando la barrera para que entren nuevos espectadores.

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