Lisette Model: el exilio como motor y límite de una fotógrafa

Renegade, término inglés que en este contexto se refiere a alguien que rompe con las normas para mantenerse fiel a su propia visión, es un título acertado para un ensayo sobre Lisette Model (Viena, 1901-Nueva York, 1983). Resume la actitud artística y vital de la fotógrafa: una transgresión consciente y la negativa a suavizar su mirada para obtener aprobación. Más allá de la figura “difícil” con la que a menudo se la identifica, emerge como una artista cuya integridad y autonomía constituyen la fuerza misma de su obra.

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 Renegade, término inglés que en este contexto se refiere a alguien que rompe con las normas para mantenerse fiel a su propia visión, es un título acertado para un ensayo sobre Lisette Model (Viena, 1901-Nueva York, 1983). Resume la actitud artística y vital de la fotógrafa: una transgresión consciente y la negativa a suavizar su mirada para obtener aprobación. Más allá de la figura “difícil” con la que a menudo se la identifica, emerge como una artista cuya integridad y autonomía constituyen la fuerza misma de su obra. Seguir leyendo  

Renegade, término inglés que en este contexto se refiere a alguien que rompe con las normas para mantenerse fiel a su propia visión, es un título acertado para un ensayo sobre Lisette Model (Viena, 1901-Nueva York, 1983). Resume la actitud artística y vital de la fotógrafa: una transgresión consciente y la negativa a suavizar su mirada para obtener aprobación. Más allá de la figura “difícil” con la que a menudo se la identifica, emerge como una artista cuya integridad y autonomía constituyen la fuerza misma de su obra.

Duncan Forbes, director de fotografía del Victoria and Albert Museum, y autor de este monográfico, propone una visión renovada de Model (nacida Elise Amélie Félicie Stern), en la cual tanto los éxitos como los infortunios que marcaron su trayectoria solo pueden comprenderse a través de su condición de exiliada. Su mirada se formó en la brecha entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Así, el exilio funcionó a la vez como motor y límite de su obra, e indagar en esta tensión permite apreciar con mayor profundidad la singularidad de su visión.

La fotógrafa vivió su primer traslado en 1926, cuando, tras la muerte de su padre, se instaló en París. Allí descubrió la fotografía, dejando atrás su vocación y sus estudios de música iniciados en Viena, donde tuvo como profesor a Arnold Schönberg. Autodidacta, aprendió experimentando directamente en la calle. Entre sus primeras fotografías se encuentra la serie realizada en Niza, Promenade des Anglais, una sorprendente galería de retratos de la burguesía europea cargada de sátira y publicada en la revista de orientación de izquierdas Regards. Model utiliza encuadres cerrados y puntos de vista abruptos para transformar la elegancia burguesa en disonancia visual, sin buscar armonizarla ni embellecerla, lo que constituye una clara manifestación de la influencia que la teoría de la “emancipación de la disonancia” del compositor austriaco ejerció sobre ella. Nunca reconoció la influencia de ningún otro artista.

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En 1938, la fotógrafa se trasladó a Nueva York junto a su marido, el pintor Evsa Model. Cautivados por la modernidad efervescente de la ciudad y conscientes de la creciente amenaza que se cernía sobre los judíos en Europa —ambos lo eran—, se establecieron allí para no regresar jamás. En apenas tres años, Model logró situarse entre los fotógrafos estadounidenses más destacados: sus imágenes ilustraron las páginas de PM’s Weekly; Alexey Brodovitch la introdujo en Harper’s Bazaar; el MoMA adquirió dos de sus fotografías; y, a finales de 1940, tuvo lugar su primera exposición individual, organizada por la mítica cooperativa de fotógrafos Photo League, centrada en el reportaje como denuncia y conciencia social. Un fulgurante y temprano ascenso hacia el éxito que se vio reducido debido a las represalias políticas durante la era del macartismo.

El interés del autor por la fotógrafa surgió a partir de dos series realizadas entre 1939 y 1944, un período en el que Model asumió tanto el estatus legal de inmigrante como la condición de “fotógrafa refugiada”, una identidad a la que, según apunta Forbes, posiblemente se aferró durante el resto de su vida. Reflections, centrada en los escaparates de Manhattan, presenta lo que podrían considerarse fotomontajes naturales que se alejan del documentalismo político de la época para adentrarse en un territorio más psicológico y ambiguo, anticipando una fotografía de carácter más subjetivo. Por su parte, Coney Island Bathers incluye una de las imágenes más conocidas de la autora, en la que una mujer jovial y corpulenta posa a la orilla del mar. “El aura de placer y libertad que encarna esta serie es imposible de refutar; su sensualidad y su alegría plebeya expresan un deleite compartido”, destaca Forbes. La imagen transmite, sin embargo, algo más profundo: la forma en que la protagonista se mueve, ocupa el espacio y se sostiene permite interpretarla como una alegoría de fuerza y vulnerabilidad, de identidad o de existencia. Esta fotografía fue portada del único monográfico dedicado a la autora en vida, publicado por Aperture en 1979, y llegó a representar su propia concepción de la fotografía.

Para el autor, ambos cuerpos de trabajo comparten la intención de utilizar la fotografía para revelar verdades más complejas y subjetivas, que van más allá de la apariencia inmediata de sus sujetos. Están íntimamente conectados por una misma visión alegórica, en el sentido de que en cada imagen hay algo que trasciende lo visible. Su condición de refugiada potenció esta mirada: al situarse como observadora externa dentro de una nueva cultura, desarrolló una sensibilidad capaz de captar aspectos sutiles y profundos de la realidad que otros podrían pasar por alto.

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Se trata, sin embargo, de una interpretación basada en su contexto biográfico, y no en una declaración de la propia fotógrafa, quien solía aconsejar a sus alumnos “fotografiar desde las entrañas”, utilizar más el instinto que la teoría, ser obsesivos e intrépidos y mantenerse siempre atentos a las contradicciones de la vida. Durante 30 años impartió clases de fotografía. Entre la nómina de estudiantes sobre los que ejerció su influencia se encuentran Larry Fink, Rosalind Fox Solomon, Diane Arbus y Sunil Gupta, quienes adoptaron su ética de una mirada radical.

Desde la serie Running Legs, cuyas tomas desde un ángulo poco habitual a la altura del tobillo y con el desenfoque característico, transmiten la sensación ambivalente de atracción y amenaza de una ciudad que se mueve a toda prisa en hora punta, hasta los músicos de jazz —la expresión de una población migrante—, a las muñecas sentadas fotografiadas en Venezuela —que evocan de manera sorprendente a los personajes marginales que retrató en las abarrotadas calles del Lower East Side—, la fotógrafa mantuvo una mirada inquisitiva que no distinguía entre clases sociales, en busca siempre de la individualidad, bien sea arrugada, despeinada o carnosa, para transformar a su sujetos en símbolos universales de la experiencia humana.

A lo largo de la publicación, Forbes consigue desplegar el misterio que rodea la vida y la obra de la fotógrafa, a quien en alguna ocasión se ha descrito como la Greta Garbo de la fotografía. Un misterio que no remite al ocultamiento, sino a una forma de mirar forjada en la distancia y la separación. No es casual que se atribuya a la fotógrafa, junto a Garry Winogrand, la frase “no hay nada más misterioso que un hecho claramente descrito”: en esa tensión entre precisión y enigma reside la coherencia y la vigencia de su obra.

Renegade: Photography in the Life of Lisette Model‘. Duncan Forbes. MACK, 2025. 112 páginas. 17 euros.

 EL PAÍS 

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