El mundo es un sindiós a creciente velocidad. Lo que antes era lejano ahora forma parte de nuestra vecindad y hasta consumimos pop coreano. Los medios digitales han favorecido la fragmentación de los mensajes y la inmediatez. Los gustos y las costumbres se construyen con una amalgama de elementos que beben de todos los vientos. Todo es cambiante, casi nada parece para siempre. Estas son algunas de las consecuencias de la sociedad contemporánea, que por supuesto tienen reflejo en la música que hacen y consumen los jóvenes de hoy en día, consecuentemente más desprejuiciados que generaciones precedentes, donde el amante de The Clash menospreciaba a Carly Simon. Hoy esas fronteras, los sacrosantos principios estéticos, son más endebles y / o maleables.
Su estilo híbrido aupó un romanticismo enternecedor en el primero de sus dos conciertos en el Sant Jordi Club EL PAÍS
