<p>Hace unos meses ganó el Premio Nacional de Teatro y no habló para nadie. Desconozco si se entregó ya y si fue a recogerlo. Angélica Liddell es una dramaturga española, una poeta española, una intérprete española, un incendio español, un peligro formidable. En 2026 cumple 60 años. <strong>Angélica Liddell nació en Figueres. Hija de militar y de ama de casa</strong>. Hija única. Estudió Psicología y Arte Dramático. Antes de todos los premios, en Francia la distinguieron como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, que concede su Ministerio de Cultura. En 1993 fundó la compañía Atra Bilis con Sindo Puche. Olvidé decir que la bautizaron en la misma pila de agua bendita donde mucho tiempo antes un cura salpicó la cabeza de Salvador Dalí. En ella no hay surrealismo, sino una extrema lucidez desaforada. Y ahora sí: <strong>Angélica Liddell pertenece al linaje de las creadoras más feroces del último siglo en el teatro europeo</strong>, en la literatura nuestra. No sólo porque se lastime ante el patio de butacas en algunas de sus obras, sino porque de tantas piezas suyas sales zarandeado de palabra, de imágenes, de belleza, de ceremonia, de extravío. <br> Es necesario un desamparo gigante para escribir como escribe. También su forma de decir requiere una soledad fortísima, una exploración de soledad en soledad. Y cuando toma conciencia de que no tiene sitio en ningún canon alcanza aún mejor la temperatura exacta donde rompe a hervir. <strong>A Liddell conviene verla en acción sobre la embocadura de un escenario</strong>, pues de otro modo es altamente improbable encontrarse con ella. También están los libros publicados en la editorial La Uña Rota, donde deposita cada cierto tiempo páginas con poemas, con relatos, con artefactos para el teatro, con pensamientos escritos a puñal o escritos con los nervios o escritos para desasosegar y para certificar que el arte tiene también la alta misión de lo que nunca concluye, como no cierra el mar su recado en la orilla. Así capta de otro modo el espíritu de los tiempos. <strong>En la literatura de esta mujer no hay bonificación, sino un estado de alerta</strong> siempre al compás de lo desesperado. Pero no es una agorera, al contrario. Angélica Liddell dispensa una pasión inflamable, a veces un burlesque y en otros momentos un abismo. Como Cioran, aloja una buena colección de heridas que aún le sirven para ir tirando, para ir creando, para ir viviendo.<br><strong>Lo mejor de su teatro y de todo lo demás es la falta de prudencia</strong>. De ahí deriva también el interés y el encanto de su obra. Igual si recrea su entierro (<i>Vudú ‘3318’ Blixen</i>) o viaja hasta la muerte de sus padres (<i>Una costilla sobre la mesa: Padre</i> y <i>Una costilla sobre la mesa: Madre</i>) que cuando rinde homenaje a Manuel Agujetas (<i>Tenebrante</i>) o a Juan Belmonte (<i>Liebestod</i>) y a todas y a todos los seres desplazados de la normalidad, del carril aceptado, del acomodo poniendo a trabajar la muerte sobre el escenario. <strong>Quiso conocer a Rafael de Paula y fuimos a ver a Rafael de Paula a Jerez de la Frontera</strong>. Era un día de junio de 2021, aún con el resol de la pandemia, más o menos. Dos días pasamos allí. Se entendieron casi a la primera porque en los dos hay un desafío a la razón por vía de lo sagrado. Y porque en ambos existe un temor extraordinario a la intemperie. Porque se sienten de distinta manera igual de violentados. En aquel viaje, la loba Angélica y el fiero Rafael sumaron llanto y asombros, los dos tan desabrigados, tan cómplices sin hablarse demasiado. <strong>El encuentro tendríais que haberlo visto: extrañísimo y tan humano</strong>. No volvieron a verse, aunque no se habrán olvidado. Rafael desde su nada, ella desde su aquelarre.<br><strong>»Si supiera vivir no escribiría»</strong>. Lo dijo en una conversación a cuenta de uno de sus libros de poemas, Veo una vara de almendro. Veo una olla que hierve. Con él busca en los pliegues de una belleza que nos rebasa. Porque en la literatura de Angélica Liddell sucede eso: algo desborda y cuando desborda importa, y si importa es porque deja en quien lee la fiebre de los que están fuera de sitio por voluntad y por destino.<strong> «En el escenario puedo asesinar con total libertad. Y también puedo suicidarme un millón de veces»</strong>. También lo dice Liddell. Y es lo que hace: una cosa y la otra. Por pura ira lo hace. Por asco y por una política del cuerpo comulgante y de la confrontación, del duelo y del obstáculo. El peligro del espectador, en su teatro, va de la mano de sus miedos. Porque al fin y al cabo<strong> entiende el arte como un trance que escapa de la vida pactada, ordenada, hecha cálculo</strong>. Está del lado del pintor Francis Bacon, de la chelista de Jean Genet, de Federico García Lorca, de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, de San Agustín, de Antonin Artaud (incorrecto hasta lo intolerable) y de otros restos del naufragio. Algunos de ellos son seres plenos de un amor extraordinario que casi nadie comprende y con el que no saben qué hacer.<br> Como todo va a peor, es buen momento para leer a Angélica Liddell. El último libro que ha publicado, por ejemplo: <i>Cuentos atados a la pata de un lobo</i> (Malas Tierras). Pero además su abundante teatro: <i>La casa de la fuerza</i>, <i>Sólo te hace falta morir en la plaza</i>, <i>Ciclo de las resurrecciones</i>… <strong>Ha estrenado cinco piezas en el Festival de Avignon (el más importante de Europa)</strong>y cuatro en el Teatro del Odeón de París (entre los más importantes de Europa). Aquel <i>Ricardo III</i> que estrenó en Madrid ante ocho espectadores acabó después triunfal en los Campos Elíseos. <strong>Ante el embajador francés anunció en 2017 que entregará a aquel país sus cenizas</strong>, «la materia de la que está hecho el arte oscuro de los herejes». Será el remate de su vasta, bella y extenuante misa escénica. Angélica Liddell de los infiernos.</p>
La dramaturga, intérprete y poeta ha recibido el Premio Nacional de Teatro y publica un libro inquietante, ‘Cuentos atados a la pata de un lobo’. Es la autora española más aclamada en el Festival de Avignon, uno de los más importantes del mundo, y su obra es una referencia de la escena contemporánea
Hace unos meses ganó el Premio Nacional de Teatro y no habló para nadie. Desconozco si se entregó ya y si fue a recogerlo. Angélica Liddell es una dramaturga española, una poeta española, una intérprete española, un incendio español, un peligro formidable. En 2026 cumple 60 años. Angélica Liddell nació en Figueres. Hija de militar y de ama de casa. Hija única. Estudió Psicología y Arte Dramático. Antes de todos los premios, en Francia la distinguieron como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, que concede su Ministerio de Cultura. En 1993 fundó la compañía Atra Bilis con Sindo Puche. Olvidé decir que la bautizaron en la misma pila de agua bendita donde mucho tiempo antes un cura salpicó la cabeza de Salvador Dalí. En ella no hay surrealismo, sino una extrema lucidez desaforada. Y ahora sí: Angélica Liddell pertenece al linaje de las creadoras más feroces del último siglo en el teatro europeo, en la literatura nuestra. No sólo porque se lastime ante el patio de butacas en algunas de sus obras, sino porque de tantas piezas suyas sales zarandeado de palabra, de imágenes, de belleza, de ceremonia, de extravío.
Es necesario un desamparo gigante para escribir como escribe. También su forma de decir requiere una soledad fortísima, una exploración de soledad en soledad. Y cuando toma conciencia de que no tiene sitio en ningún canon alcanza aún mejor la temperatura exacta donde rompe a hervir. A Liddell conviene verla en acción sobre la embocadura de un escenario, pues de otro modo es altamente improbable encontrarse con ella. También están los libros publicados en la editorial La Uña Rota, donde deposita cada cierto tiempo páginas con poemas, con relatos, con artefactos para el teatro, con pensamientos escritos a puñal o escritos con los nervios o escritos para desasosegar y para certificar que el arte tiene también la alta misión de lo que nunca concluye, como no cierra el mar su recado en la orilla. Así capta de otro modo el espíritu de los tiempos. En la literatura de esta mujer no hay bonificación, sino un estado de alerta siempre al compás de lo desesperado. Pero no es una agorera, al contrario. Angélica Liddell dispensa una pasión inflamable, a veces un burlesque y en otros momentos un abismo. Como Cioran, aloja una buena colección de heridas que aún le sirven para ir tirando, para ir creando, para ir viviendo.
Lo mejor de su teatro y de todo lo demás es la falta de prudencia. De ahí deriva también el interés y el encanto de su obra. Igual si recrea su entierro (Vudú ‘3318’ Blixen) o viaja hasta la muerte de sus padres (Una costilla sobre la mesa: Padre y Una costilla sobre la mesa: Madre) que cuando rinde homenaje a Manuel Agujetas (Tenebrante) o a Juan Belmonte (Liebestod) y a todas y a todos los seres desplazados de la normalidad, del carril aceptado, del acomodo poniendo a trabajar la muerte sobre el escenario. Quiso conocer a Rafael de Paula y fuimos a ver a Rafael de Paula a Jerez de la Frontera. Era un día de junio de 2021, aún con el resol de la pandemia, más o menos. Dos días pasamos allí. Se entendieron casi a la primera porque en los dos hay un desafío a la razón por vía de lo sagrado. Y porque en ambos existe un temor extraordinario a la intemperie. Porque se sienten de distinta manera igual de violentados. En aquel viaje, la loba Angélica y el fiero Rafael sumaron llanto y asombros, los dos tan desabrigados, tan cómplices sin hablarse demasiado. El encuentro tendríais que haberlo visto: extrañísimo y tan humano. No volvieron a verse, aunque no se habrán olvidado. Rafael desde su nada, ella desde su aquelarre.
«Si supiera vivir no escribiría». Lo dijo en una conversación a cuenta de uno de sus libros de poemas, Veo una vara de almendro. Veo una olla que hierve. Con él busca en los pliegues de una belleza que nos rebasa. Porque en la literatura de Angélica Liddell sucede eso: algo desborda y cuando desborda importa, y si importa es porque deja en quien lee la fiebre de los que están fuera de sitio por voluntad y por destino. «En el escenario puedo asesinar con total libertad. Y también puedo suicidarme un millón de veces». También lo dice Liddell. Y es lo que hace: una cosa y la otra. Por pura ira lo hace. Por asco y por una política del cuerpo comulgante y de la confrontación, del duelo y del obstáculo. El peligro del espectador, en su teatro, va de la mano de sus miedos. Porque al fin y al cabo entiende el arte como un trance que escapa de la vida pactada, ordenada, hecha cálculo. Está del lado del pintor Francis Bacon, de la chelista de Jean Genet, de Federico García Lorca, de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, de San Agustín, de Antonin Artaud (incorrecto hasta lo intolerable) y de otros restos del naufragio. Algunos de ellos son seres plenos de un amor extraordinario que casi nadie comprende y con el que no saben qué hacer.
Como todo va a peor, es buen momento para leer a Angélica Liddell. El último libro que ha publicado, por ejemplo: Cuentos atados a la pata de un lobo (Malas Tierras). Pero además su abundante teatro: La casa de la fuerza, Sólo te hace falta morir en la plaza, Ciclo de las resurrecciones… Ha estrenado cinco piezas en el Festival de Avignon (el más importante de Europa)y cuatro en el Teatro del Odeón de París (entre los más importantes de Europa). Aquel Ricardo III que estrenó en Madrid ante ocho espectadores acabó después triunfal en los Campos Elíseos. Ante el embajador francés anunció en 2017 que entregará a aquel país sus cenizas, «la materia de la que está hecho el arte oscuro de los herejes». Será el remate de su vasta, bella y extenuante misa escénica. Angélica Liddell de los infiernos.
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