Más allá del parvulario, no hay niño escolarizado en Galicia que no sepa identificar la cara de pómulos anchos, enmarcada por una espesa cabellera, de Rosalía de Castro; un icono cultural e identitario al que solo logra aproximarse Castelao, con sus gafas redondas y su sombrero. Pero la imagen de la escritora que ha llegado al siglo XXI sufrió una larga metamorfosis, desde el original a los retratos idealizados tras su muerte; o desde su uso comercial como representación de una mujer enferma y débil hasta su popularización en camisetas, tazas, bolsos y murales urbanos, que la convierten en superheroína, abanderada feminista y hasta Power Ranger.
Más allá del parvulario, no hay niño escolarizado en Galicia que no sepa identificar la cara de pómulos anchos, enmarcada por una espesa cabellera, de Rosalía de Castro; un icono cultural e identitario al que solo logra aproximarse Castelao, con sus gafas redondas y su sombrero. Pero la imagen de la escritora que ha llegado al siglo XXI sufrió una larga metamorfosis, desde el original a los retratos idealizados tras su muerte; o desde su uso comercial como representación de una mujer enferma y débil hasta su popularización en camisetas, tazas, bolsos y murales urbanos, que la convierten en superheroína, abanderada feminista y hasta Power Ranger. Seguir leyendo
Más allá del parvulario, no hay niño escolarizado en Galicia que no sepa identificar la cara de pómulos anchos, enmarcada por una espesa cabellera, de Rosalía de Castro; un icono cultural e identitario al que solo logra aproximarse Castelao, con sus gafas redondas y su sombrero. Pero la imagen de la escritora que ha llegado al siglo XXI sufrió una larga metamorfosis, desde el original a los retratos idealizados tras su muerte; o desde su uso comercial como representación de una mujer enferma y débil hasta su popularización en camisetas, tazas, bolsos y murales urbanos, que la convierten en superheroína, abanderada feminista y hasta Power Ranger.
Este recorrido sorprendente de la imagen de la poeta desde su vida y su fallecimiento en 1885 es el contenido del primer Museo Virtual de la Iconografía de Rosalía de Castro, inaugurado por la Universidade de Santiago de Compostela (USC), esa capital que ha bautizado su aeropuerto con el nombre de la escritora y su estación, después, con el de Daniel Castelao.
La idea y el esfuerzo surgió de la filóloga Laura Camino, en el marco del proyecto de investigación Rosalía 2.0: catalogación, estudo e dixitalización da iconografía sobre Rosalía de Castro, con una bolsa de la Diputación de A Coruña. Luego, el museo fue cedido a la Cátedra Rosalía de Castro de la USC e inaugurado a finales de 2025. Es un recorrido en la construcción de una imagen que sigue siendo perfectamente reconocible, pero que ha evolucionado tanto y se ha adaptado de tal manera a los tiempos que sorprendería a la propia Rosalía. La autora ha trascendido “el ámbito literario para convertirse en un referente colectivo, cargado de valores sociales, estéticos y políticos”, recuerda la universidad en este museo que sigue abierto a nuevos giros, nuevas incorporaciones e interpretaciones del personaje.

Así, el recorrido parte desde las fotografías juveniles que se conservan en la Real Academia Galega y la Fundación Rosalía de Castro, y hace un alto para profundizar en el momento histórico “rostrificación” del icono literario, en la que jugó un papel clave un conocido fotógrafo de A Coruña de origen francés: Luis Sellier. Los dos, cámara y modelo, tenían la misma edad, habían nacido en 1837, y en una fecha indeterminada entre 1871 y 1875, antes de que Rosalía dejase la ciudad de A Coruña, donde vivía con su familia, Sellier la retrató en su estudio.
Esta foto pasó a la posteridad “como la más emblemática de la autora”, recuerda Laura Camino, y es una de las más repetidas, tanto en su versión original como en el carboncillo que hizo luego, en 1902, Antonio Portela tomando como punto de partida esta instantánea. “Desde el punto de vista iconográfico”, defiende el museo, “y especialmente tras la muerte de Rosalía”, desempeñó “un papel decisivo” en su construcción como “figura melancólica, mártir y, en última instancia, beatificada”. La de Sellier era su foto oficial: la que eligió su marido, Manuel Murguía, para publicar en sus obras completas editadas en Madrid desde 1909, y la que ella misma regalaba a sus amigos. Según el diseñador Pepe Barro, “inclinar la cabeza era habitual en los retratos de religiosos y de mujeres”, un gesto “asociado a la modestia y la docilidad”.

El recorrido recoge también la última fotografía de Rosalía, junto a su familia en A Matanza (Padrón), tomada por Juan Palmeiro en julio de 1884, un año antes de la muerte de la poeta por cáncer de útero. Luego, entra de lleno en el proceso de mitificación, idealización, “fetichización”. Y contrasta el único óleo pintado en vivo (Modesto Brocos, 1880), la imagen verdadera de su madurez aparte de las pinturas hechas por sus hijos, con la cantidad de dibujos post mortem, cada vez más alejados de la realidad. De todas estas rosalías, la que consolidó el icono fue la de Antonio Portela, un dibujo cuyo original ha desaparecido y se conoce a través de una placa fotográfica. El artista buscaba plasmar el “mito que se estaba alimentando en torno a Rosalía como figura central del país”.
A partir de ese carboncillo, y no del óleo tomado del natural por Brocos, desde el XIX y hasta la actualidad han surgido decenas de rosalías diferentes, que transmiten mensajes muy diversos: desde la literata coronada con laureles (algo que ella misma rechazó en vida) hasta el paradigma de la mujer enferma, débil, triste y superada por la melancolía. La tarjeta publicitaria de Ceregumil, “el mejor alimento para ancianos, niños y convalecientes”, es un buen ejemplo.

De Rosalía, a partir de 1917, se erigieron esculturas aquí y al otro lado del Atlántico, muchas por cuestación popular; se acuñaron medallas conmemorativas; se comercializaron barajas; se emitieron sellos y billetes (el de 500 pesetas y otros diseños que no llegaron a ver la luz, pero que recoge el museo). Pero uno de los giros más interesantes, por su eficacia para preservar el icono y garantizarle un largo futuro, fue el diseño de la marca Rei Zentolo en 2004, que transformó la dulce Rosalía de Castro de la foto de Sellier en figura pop, al más puro estilo Andy Warhol. El retrato fue registrado con el nombre de Rosalín, un guiño a Marilyn, y empezó a transitar por las calles (de Galicia y del mundo) en camisetas y suvenires. En 2007 y 2023, la misma empresa lanzó nuevas visiones de la escritora, cada vez más góticas y siempre comercialmente eficaces.
Y justo tras la sala (virtual) del museo donde el visitante ha de enfrentarse a la calavera de una Rosalía del más allá, el planteamiento diseñado por Laura Camino empuja a otra estancia en la que aparece la versión más “cuqui” jamás imaginada. Es la Rosalía vitalista, florida y positiva creada por la marca de papelería y regalos Animosa. A la que sigue, en la siguiente habitación, una autora de Follas novas o Cantares gallegos transformada en superheroína. Ocurrió desde 2017 en el Festival Rosalía, una feria de productos rosalianos con conciertos, actividades y talleres, organizada por la Diputación de A Coruña en Santiago.

Ya no faltaba mucho para que, en 2020, el artista Yoseba MP la convirtiera, por arte y magia de la pintura en aerosol, en una Power Ranger, o mejor dicho, Power Letter, junto a Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán, Castelao y Otero Pedrayo en la localidad de Baio (Zas, A Coruña). Nuevamente, aquí la cara de Rosalía es la de la foto oficial de Sellier.
Un año más tarde, el mismo creador pintó cinco rosalías más, con cuerpos de mujeres actuales, en Bertamiráns (Ames, A Coruña) y en 2022, otras cinco en Milladoiro, el otro núcleo principal del mismo ayuntamiento. Así, Rosalía de Castro es ahora pescadera, vendedora de cupones, deportista y hasta la cantante de Motomami y Lux. Yoseba MP explica, casi al final del itinerario del museo, su intención artística: “Poner encima de cuerpos de mujeres contemporáneas la cabeza de Rosalía es una metáfora; es poner sus valores, lo que representa ahora mismo y la importancia que tuvo como la primera mujer feminista declarada gallega”.
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