Tengo un buen amigo que lleva gorra castiza cuando hace frío, así que no tengo nada contra las gorras (al final de la novela sale también una boina), y hasta me cae bien el perfil público de David Uclés (Úbeda, 1990) y su ingenuidad sin impostura (no sé vérsela), o una forma del desvalimiento que me parece genuino. Quizá de ahí que la turba del facherío haya salido de caza en redes y fuera de redes contra él, antes y después del desgraciado episodio sevillano de Pérez-Reverte.
Tengo un buen amigo que lleva gorra castiza cuando hace frío, así que no tengo nada contra las gorras (al final de la novela sale también una boina), y hasta me cae bien el perfil público de David Uclés (Úbeda, 1990) y su ingenuidad sin impostura (no sé vérsela), o una forma del desvalimiento que me parece genuino. Quizá de ahí que la turba del facherío haya salido de caza en redes y fuera de redes contra él, antes y después del desgraciado episodio sevillano de Pérez-Reverte. Seguir leyendo
Tengo un buen amigo que lleva gorra castiza cuando hace frío, así que no tengo nada contra las gorras (al final de la novela sale también una boina), y hasta me cae bien el perfil público de David Uclés (Úbeda, 1990) y su ingenuidad sin impostura (no sé vérsela), o una forma del desvalimiento que me parece genuino. Quizá de ahí que la turba del facherío haya salido de caza en redes y fuera de redes contra él, antes y después del desgraciado episodio sevillano de Pérez-Reverte.
Pero su novela primera, La península de las casas vacías, me abandonó muy temprano como lector —a las cien y pico páginas, y sin ánimo para regresar: no la he leído, por tanto—, y esta la he leído hasta el final con denodado esfuerzo: es una puerilidad inspirada en un apagón que se abate sobre Barcelona, una especie de cabriola mágica que trastoca los tiempos históricos y sitúa en sincronía imposible épocas dispares. Se supone que Picasso hojea un libro de fotos de 2024 y, “del susto” al ver la fecha, lo lanza al suelo asustado, con la lógica “reprimenda” del mismo librero que luego dice sentir el “tremendo honor de poder conocerlo en persona”. De paso, porque todo da un poco igual, hojea (Picasso) otro libro más del que el autor copia unas líneas sin decir que es el principio formidable de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. La propuesta de fundir las épocas tirando del hilo de anécdotas muy conocidas, episodios históricos, recreaciones literarias y personajes ilustres de ayer y de hoy debería conducir a fundir, dice, “los amasijos de madera antigua y piedra de los jardines con el hormigón moderno de los horrendos bloques sesenteros del Eixample”, pero nada de eso cuaja en una narración ni creíble ni verosímil ni convincente. De hecho, a ratos he tenido la sensación de estar leyendo una novela destinada a público juvenil o infantil poco lector.
A mí al menos me parece un experimento fallido el intento de hacer converger en el apagón en la ciudad a personajes de cualquier tiempo, pero sobre todo personajes de brilli brilli y nombradía celebérrima y/o legendaria: salen todos a boleo, desde Pau Casals a Gil de Biedma o Roberto Bolaño pasando por Mercè Rodoreda o Montserrat Roig (o Silvia Pérez Cruz), los “hermanos Goytisolo”, Carmen Laforet como muy pobre hilo conductor, Freddy Mercury (y por supuesto la Caballé), los milicianos (y por supuesto George Orwell), el hotel Colón y la fuente de Canaletas, y la Caputxinada, y Pompeu Fabra, y Machado, Antonio, y Moix, Terenci y Ana María, los dos, y Tàpies, y hasta Gurb y el pobre Biscuter tienen que salir) en cameos tan insignificantes y a ratos grotescos sin intención grotesca que parecen más bien el precipitado de un atracón de información sobre hechos y celebridades relacionados con Barcelona. Y sí, por supuesto también salen Lorca, Rosalía y Carlos Ruiz Zafón (entre otros).
Me repatea la expresión namedropping (los listados de nombres un tanto gratuitos o con fin exhibicionista) pero esta vez cuadra insospechada y exasperadamente, junto a la retahíla de tópicos sobre la ciudad, desde el atentado anarquista del Liceo o la Semana Trágica hasta el recorrido por los salones históricos del Ayuntamiento de Barcelona, el restaurante La Puñalada, La Criolla, el Via Veneto o el Park Güell: en el tour turístico solo faltan, si no me he despistado, Kubala, Capri y Copito de nieve. La pátina de pálido humor solo lo hace más pueril, sin intención alguna o con malicias tan pobres como meter en un quirófano a Vargas Llosa para que le pongan en el lado derecho el corazón porque se ha hecho de derechas, no como su amigo Julio (sí! Cortázar: también sale), que lo tiene en el sitio correcto. Los intentos de escenas cómicas —por ejemplo, reunir en Els Quatre Gats a Dalí, Ramon Casas, Woody Allen, Margarita Xirgu y… Fermín Cacho— son manifiestamente infructuosos, sin chispa, sin intención o sin la carga de sentido que podría haber levantado esas escenas lejos del mero cromo.
Revive en 2026 desde “íberos layetanos” hasta más allá del tiempo, a quienes no han nacido, “políticos y científicos y universitarios del siglo XXII y posteriores”, y espero que también botánicos, dentistas y pitonisas. En todo caso esa argucia tan instrumental e inconsistente, facilita los cameos caprichosos, y ahora le toca a Cerdà, que con razón flipa con la lujuriosa torre Agbar, y eso abre paso a otras tantas fichas de nombres antiguos y nuevos de plazas y calles: lo llama “caos espaciotemporal”. Espero no desvelar ningún secreto de la trama si adelanto que el personaje siguiente va a ser impepinablemente Gaudí, un tanto lloroso de emoción por ver “su gran obra terminada”, o como se ha dicho una página atrás, “el mayor tesoro de Barcelona”, madre mía. Quizá quiso hacer una Barcelona mágica o fantástica o surrealista —además del homenaje a la ciudad que confiesa él mismo, según leo en una entrevista gigante— pero el resultado ha sido un pastiche plano, desaborío y sin gracia.
¿Qué les está pasando a los premios literarios del grupo Planeta? ¿Seguro que esta es la única vía posible para vender ejemplares? Cada vez me resulta más enigmática esta instalación en la poquedad literaria, cabe suponer que sostenida en el criterio de que las ventas están garantizadas ante el apabullante éxito de la primera novela de Uclés. Igual sí es tan simple como esa razón estrictamente comercial, y el jurado renovado del Nadal (salen Andrés Trapiello y Lorenzo Silva y entran Víctor del Árbol y Juan Luis Arsuaga) habrá estado de acuerdo.
EL PAÍS

