Todas las democracias se parecen, pero cada dictadura lo es a su manera. Por eso vale más ser cauto en las predicciones sobre Venezuela, a la que Marco Rubio ha deseado la senda de España, y vencer la tentación historicista de adivinar el futuro escrutando modelos previos, como si una ley inevitable rigiera el destino de las naciones. Lo que sucedió en España no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero lo que está pasando en Venezuela sí puede servirnos para entender mejor lo que pasó en España.
La situación venezolana nos ayuda a entender lo incierto y complejo y largo y precario y peligroso que es el camino hacia la democracia
Todas las democracias se parecen, pero cada dictadura lo es a su manera. Por eso vale más ser cauto en las predicciones sobre Venezuela, a la que Marco Rubio ha deseado la senda de España, y vencer la tentación historicista de adivinar el futuro escrutando modelos previos, como si una ley inevitable rigiera el destino de las naciones. Lo que sucedió en España no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero lo que está pasando en Venezuela sí puede servirnos para entender mejor lo que pasó en España.
En España, el proceso de democratización comenzó tras la muerte del dictador, impulsado desde un sector del propio régimen, y no por la intervención militar de una potencia extranjera. La génesis de una transición marca profundamente su devenir, porque en ese acto fundacional debe hallarse la fuente de legitimidad que sostenga el nuevo sistema. España eligió la reforma, para la que Torcuato Fernández-Miranda inventó una virguería jurídica: la transición como una metamorfosis que permitió a España superar su fase autoritaria y alcanzar la madurez del cuerpo nacional democrático.
En Venezuela, la discusión sobre la intervención estadounidense y los límites del derecho internacional promete condicionar el futuro político de un país al que el derecho internacional ya había fallado mucho antes. La invocación a la soberanía es legítima, pero no puede entenderse sin prestar atención al soberano, que desde el fin del Antiguo Régimen solo puede ser el pueblo. En cambio, nada se dice del derecho de autodeterminación, mucho más pertinente aquí que en otros contextos en los que ha sido manoseado.
Los más entusiastas ven en la acción de Trump el motor inmóvil necesario para poner en marcha el cambio largamente anhelado. Los críticos señalan el móvil espurio del petróleo como un vicio de origen invencible, o recuerdan que, en democracia, el fin no puede escindirse de los medios. Los más pragmáticos reconocen esa mácula heráldica como un hecho consumado en el que no conviene detenerse demasiado, bajo amenaza de parálisis. Prefieren reconducir la discusión de lo jurídico a lo político, dar por buenos estos bueyes e ir arando.
El debate sobre las intenciones tampoco está cerrado: no está claro si el propósito de Trump con la captura de Maduro es impulsar una transición genuina —como defiende Rubio— o si —como a Vance— le basta con una mera estabilización que maximice sus intereses. Hubo un tiempo en el que la ambición económica debía esconderse detrás de una retórica de valores democráticos para abrirse camino. Ahora, si uno tiene buenas intenciones es mejor que no se note, no vayan a tomarlo por un liberal: el petróleo por delante.
En último término, la discusión sobre los fines podría agotarse por extinción del dilema: es probable que la estabilización a largo plazo no sea posible sin democratización. O, como dice Carlos Granés: la riqueza no es el petróleo, la riqueza es la seguridad jurídica.
Podemos convenir que la desaparición de Maduro es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la democratización de Venezuela. La democracia no es el único resultado posible —ni el más frecuente— de la crisis de un régimen autoritario, y por eso aquel lema del Gobierno español para conmemorar la muerte de Franco, “50 años de libertad”, era una majadería. La libertad no nos fue legada: se conquistó.
Se conquistó contra el inmovilismo de un sector del régimen, la conspiración golpista y el terrorismo, pero con el empuje crucial de otros actores. Fue decisiva la participación del Rey, la valentía de quienes alentaron el cambio desde dentro, la responsabilidad de una oposición que prefirió el pacto a la revancha y, finalmente, la madurez de una sociedad que estaba lista para el cambio.
España se parecía ya poco a aquella de la posguerra y la autarquía. El Plan de Estabilización de 1959 había alentado un crecimiento que se prolongó hasta la crisis del petróleo: solo Japón creció más en ese periodo. El país, aunque todavía lejos de los estándares europeos, se había modernizado, la clase media había engordado, las ciudades habían prosperado y las universidades se habían llenado de alumnos. Y todo eso acercaba la democracia.
El contexto histórico también ayudó: esa “tercera ola” (Huntington) que, en las postrimerías del siglo, llevó la democracia al sur y el este de Europa, y también a América Latina, y a otros sitios de Asia y aun de África.
Bajo la estrella bolivariana, Venezuela emprendió un descenso acelerado y sin correctivos hacia la depauperación, la diáspora y el narco, y recuperar su industria petrolera requerirá una inversión millonaria que hoy solo puede presumirse extranjera. Aunque no todo son malas noticias: en su haber cuenta con la memoria institucional, el precedente democrático, el recuerdo de un sistema de partidos y una oposición legitimada por un pueblo unido.
En conclusión, la experiencia española no nos sirve para predecir lo que pasará en Venezuela, pero lo que está pasando en Venezuela sí puede enseñarnos algo sobre nuestra propia transición. Quizá ahora resulte más fácil entender lo incierto y complejo y largo y precario y peligroso que es el camino hacia la democracia. Quizá comprendamos que la transición tiene más oportunidades de triunfar allí donde cuenta con el apoyo de un sector del régimen, y podamos desprendernos, por fin, del complejo de no tener un relato épico de liberación y ruptura. Quizá valoremos lo oportuno de que la jefatura del Estado sea una figura neutral y suprapartes, y dejemos la monserga del anacronismo monárquico. Quizá podamos, al cabo, superar dos décadas de revisionismo y mirar con orgullo lo que conseguimos.
Y en cuanto a los venezolanos, lo tendrán difícil. Siempre es difícil, tanto más en un siglo XXI que no parece el más fértil vivero democrático. El liberalismo retrocede en todo el mundo, avanzan los autoritarismos, y la mera idea de transición resulta tan intempestiva como una flor de invierno. Todo eso es verdad y, sin embargo, también en invierno florecen algunas flores.
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