‘Sueños en Oslo’: Cuando el primer amor es literatura pura

Sexo, sueños y amor son los tres términos que Dag Johan Haugerud explora en su ‘Trilogía de Oslo’, cuyo punto y final llega con ‘Sueños en Oslo’, que Filmin ha incorporado a su catálogo de películas esta semana. Con esta cinta, teje una línea difuminada entre lo que es sueño y lo que es fantasía, que le ha valido el Oso de Oro al mejor largometraje en el Festival de Berlín 2025 y el Premio FIPRESCI de la competición. A lo largo de 110 minutos, la producción viaja entre la búsqueda de la propia identidad sexual de la protagonista y el choque intergeneracional de tres mujeres que tienen una idea distinta del amor.

¿Quién no se ha enamorado alguna vez de su enseñante y ha fantaseado con vivir una vida a su lado? El director noruego explora esta forma de enamorarse, pero introduciendo una clave de lectura acorde a los tiempos modernos del siglo XXI.

En la piel de Johanne, una magnética Ella Øverbye encarna la fragilidad de una joven de 17 años que se asoma al abismo del primer amor. Se enamora de su nueva maestra de francés, mucho mayor que ella, y su única manera para procesar ese torrente emocional es a través de un relato íntimo guardado en su ordenador. Es en este punto donde Haugerud despliega una delicadeza narrativa excepcional. El sexo nunca se muestra de forma explícita, sino que se construye en la imaginación del espectador a través de la madre y la abuela, que descubren su relato y quedan impactadas, pero inmediatamente aprecian su potencial literario. Al leer las descripciones tan sutiles y detalladas, surge la duda de si lo narrado es una vivencia real o una proyección onírica, planteando si alguien sin experiencia previa puede hablar del deseo sexual con tal precisión.

Por otro lado, la cinta transita por todas las fases del enamoramiento adolescente: desde el vacío y la tristeza, pasando por el entusiasmo, hasta llegar a una toxicidad casi enfermiza que nace de la inexperiencia. Pero también se sumerge en el contraste generacional que surge tras el hallazgo del diario; mientras la abuela muestra una mente abierta y empática, la madre se repliega en una visión más cerrada y temerosa.

Fiel al cine introspectivo noruego, la película apuesta por un realismo que duele, donde los silencios y la voz en off de la protagonista son los verdaderos motores de la historia. La puesta en escena se ayuda de paisajes envueltos en niebla y una música que combina nostalgia y una inquietante tensión para subrayar la soledad de la adolescencia. Y, aunque el abuso del plano nadir en las numerosas escenas con escaleras pueda resultar redundante, es una elección técnica que funciona como una metáfora visual del deseo. Subir esos peldaños es, para cada uno de los protagonistas, el intento de tocar un cielo tan eufórico como inalcanzable.

Además, el también guionista no olvida el contexto social, retratando una Oslo diversa donde las diferencias de clase y los barrios marcan la identidad de sus habitantes. Los alumnos inmigrantes que componen el aula o la reflexión de Johanne sobre la transformación de la ciudad en función de la zona, salen a la luz sigilosamente.

‘Sueños en Oslo’ se consolida como un ejercicio de cine de autor valiente. Lejos de los clichés del género, se sumerge en la búsqueda del yo desde la honestidad más absoluta, convirtiéndose en un retrato esencial sobre el descubrimiento de la identidad queer en esa etapa de la vida donde todo es maleable.

 Filmin acaba de estrenar la premiada cinta noruega, que retrata delicadamente el deseo y la construcción de la identidad  

Sexo, sueños y amor son los tres términos que Dag Johan Haugerud explora en su ‘Trilogía de Oslo’, cuyo punto y final llega con ‘Sueños en Oslo’, que Filmin ha incorporado a su catálogo de películas esta semana. Con esta cinta, teje una línea difuminada entre lo que es sueño y lo que es fantasía, que le ha valido el Oso de Oro al mejor largometraje en el Festival de Berlín 2025 y el Premio FIPRESCI de la competición. A lo largo de 110 minutos, la producción viaja entre la búsqueda de la propia identidad sexual de la protagonista y el choque intergeneracional de tres mujeres que tienen una idea distinta del amor.

¿Quién no se ha enamorado alguna vez de su enseñante y ha fantaseado con vivir una vida a su lado? El director noruego explora esta forma de enamorarse, pero introduciendo una clave de lectura acorde a los tiempos modernos del siglo XXI.

En la piel de Johanne, una magnética Ella Øverbye encarna la fragilidad de una joven de 17 años que se asoma al abismo del primer amor. Se enamora de su nueva maestra de francés, mucho mayor que ella, y su única manera para procesar ese torrente emocional es a través de un relato íntimo guardado en su ordenador. Es en este punto donde Haugerud despliega una delicadeza narrativa excepcional. El sexo nunca se muestra de forma explícita, sino que se construye en la imaginación del espectador a través de la madre y la abuela, que descubren su relato y quedan impactadas, pero inmediatamente aprecian su potencial literario. Al leer las descripciones tan sutiles y detalladas, surge la duda de si lo narrado es una vivencia real o una proyección onírica, planteando si alguien sin experiencia previa puede hablar del deseo sexual con tal precisión.

Por otro lado, la cinta transita por todas las fases del enamoramiento adolescente: desde el vacío y la tristeza, pasando por el entusiasmo, hasta llegar a una toxicidad casi enfermiza que nace de la inexperiencia. Pero también se sumerge en el contraste generacional que surge tras el hallazgo del diario; mientras la abuela muestra una mente abierta y empática, la madre se repliega en una visión más cerrada y temerosa.

Fiel al cine introspectivo noruego, la película apuesta por un realismo que duele, donde los silencios y la voz en off de la protagonista son los verdaderos motores de la historia. La puesta en escena se ayuda de paisajes envueltos en niebla y una música que combina nostalgia y una inquietante tensión para subrayar la soledad de la adolescencia. Y, aunque el abuso del plano nadir en las numerosas escenas con escaleras pueda resultar redundante, es una elección técnica que funciona como una metáfora visual del deseo. Subir esos peldaños es, para cada uno de los protagonistas, el intento de tocar un cielo tan eufórico como inalcanzable.

Además, el también guionista no olvida el contexto social, retratando una Oslo diversa donde las diferencias de clase y los barrios marcan la identidad de sus habitantes. Los alumnos inmigrantes que componen el aula o la reflexión de Johanne sobre la transformación de la ciudad en función de la zona, salen a la luz sigilosamente.

‘Sueños en Oslo’ se consolida como un ejercicio de cine de autor valiente. Lejos de los clichés del género, se sumerge en la búsqueda del yo desde la honestidad más absoluta, convirtiéndose en un retrato esencial sobre el descubrimiento de la identidad queer en esa etapa de la vida donde todo es maleable.

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