En «La Promesa», la serie estrella de RTVE, Ángela y Curro han decidido dejarse de medias tintas: han comunicado su compromiso y quieren acelerar la boda. La familia lo recibe con una aceptación casi completa, con dos resistencias que no sorprenden. Cuando todo parece encarrilarse, el hogar vuelve a demostrar que nunca concede treguas.
El primer nudo aprieta en el despacho y no en el salón: Leocadia opta por hablar con Cristóbal y le revela lo que ya no podía sostenerse en silencio: él es el padre de Ángela. Pero, lejos de buscar una reparación inmediata, ambos pactan aplazar la verdad y administrar los tiempos. El mayordomo, mientras tanto, se acerca a la joven con una devoción que ya no disimula, y se aleja de Teresa con una frialdad que se nota en cada gesto.
El lunes llega también Ciro, el hijo de la hermana fallecida de Alonso, y el marqués lo acoge con el afecto de quien abre la puerta a la sangre. La sorpresa está en el clima: Manuel y su primo no conectan; hay una tensión que no nace del presente, sino de un recuerdo mal cerrado. Ciro arrastra resentimiento por cómo vivió Manuel el entierro de su madre Genoveva, y el heredero acaba pidiendo disculpas para frenar una brecha que puede crecer.
En paralelo, Toño y Enora avanzan con un plan que no es romántico, pero sí decisivo: salir para comercializar el motor. Manuel les da su permiso y hasta convence al propio Toño de que es el momento. Martina, en cambio, vive su futuro como un salto al vacío: el viaje a Nueva York le pesa más por lo que deja que por lo que promete, y lo confiesa sin adornos ante las cocineras.
El otro frente se cuece en silencio bajo el delantal: Pía insiste en que María Fernández no puede seguir fajándose. La muchacha y Carlo deciden esperar para contarlo… pero el cuerpo manda, y el secreto se rompe en el comedor de servicio: Carlo anuncia el embarazo delante de todos. La reacción mezcla alegría y reproche: los jefes de servicio celebran la noticia, aunque dejan claro que preferían haberlo sabido antes. Y, como ocurre siempre en palacio, el comentario corre: Simona y Candela hacen cuentas y murmuran, mientras otros piden prudencia.
Y entonces llega el golpe de guion que marca la semana: la joven desconocida que Manuel conoció en la fiesta de los Artiaga aparece en «La Promesa». La casa la recibe con unanimidad casi peligrosa —“un encanto”, dicen—, pero Curro percibe en su hermano un temblor que no es cortesía. Manuel, descolocado, necesita alejarse unos días, como si el aire del palacio se hubiera vuelto insuficiente. Entre bodas —la de Toño y Enora—, despedidas —Margarita se marcha— y ambiciones —Curro insiste en recuperar el título de barón de Linaja pese a las maniobras de Lorenzo—, esa presencia nueva se instala como una pregunta sin respuesta… y pocas cosas son más inquietantes que una pregunta en una casa que vive de certezas.
Entre un compromiso anunciado, un secreto familiar que amenaza con estallar y una salida que duele, la casa se enfrenta a una presencia que llega con demasiadas certezas.
En «La Promesa», la serie estrella de RTVE, Ángela y Curro han decidido dejarse de medias tintas: han comunicado su compromiso y quieren acelerar la boda. La familia lo recibe con una aceptación casi completa, con dos resistencias que no sorprenden. Cuando todo parece encarrilarse, el hogar vuelve a demostrar que nunca concede treguas.
El primer nudo aprieta en el despacho y no en el salón: Leocadia opta por hablar con Cristóbal y le revela lo que ya no podía sostenerse en silencio: él es el padre de Ángela. Pero, lejos de buscar una reparación inmediata, ambos pactan aplazar la verdad y administrar los tiempos. El mayordomo, mientras tanto, se acerca a la joven con una devoción que ya no disimula, y se aleja de Teresa con una frialdad que se nota en cada gesto.
El lunes llega también Ciro, el hijo de la hermana fallecida de Alonso, y el marqués lo acoge con el afecto de quien abre la puerta a la sangre. La sorpresa está en el clima: Manuel y su primo no conectan; hay una tensión que no nace del presente, sino de un recuerdo mal cerrado. Ciro arrastra resentimiento por cómo vivió Manuel el entierro de su madre Genoveva, y el heredero acaba pidiendo disculpas para frenar una brecha que puede crecer.
En paralelo, Toño y Enora avanzan con un plan que no es romántico, pero sí decisivo: salir para comercializar el motor. Manuel les da su permiso y hasta convence al propio Toño de que es el momento. Martina, en cambio, vive su futuro como un salto al vacío: el viaje a Nueva York le pesa más por lo que deja que por lo que promete, y lo confiesa sin adornos ante las cocineras.
El otro frente se cuece en silencio bajo el delantal: Pía insiste en que María Fernández no puede seguir fajándose. La muchacha y Carlo deciden esperar para contarlo… pero el cuerpo manda, y el secreto se rompe en el comedor de servicio: Carlo anuncia el embarazo delante de todos. La reacción mezcla alegría y reproche: los jefes de servicio celebran la noticia, aunque dejan claro que preferían haberlo sabido antes. Y, como ocurre siempre en palacio, el comentario corre: Simona y Candela hacen cuentas y murmuran, mientras otros piden prudencia.
Y entonces llega el golpe de guion que marca la semana: la joven desconocida que Manuel conoció en la fiesta de los Artiaga aparece en «La Promesa». La casa la recibe con unanimidad casi peligrosa —“un encanto”, dicen—, pero Curro percibe en su hermano un temblor que no es cortesía. Manuel, descolocado, necesita alejarse unos días, como si el aire del palacio se hubiera vuelto insuficiente. Entre bodas —la de Toño y Enora—, despedidas —Margarita se marcha— y ambiciones —Curro insiste en recuperar el título de barón de Linaja pese a las maniobras de Lorenzo—, esa presencia nueva se instala como una pregunta sin respuesta… y pocas cosas son más inquietantes que una pregunta en una casa que vive de certezas.
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