Todo está muy trillado. Todo se queda corto. Más allá de un “es increíble” o “te deja con la boca abierta”, resulta difícil explicar qué supone ir a La Esfera de Las Vegas a ver a los Backstreet Boys. Mucho. Pensando en los porqués, probablemente se junten un par de cosas. Primero, la excepcionalidad del concierto en sí: la reunión de los cinco chicos (o, ya, señores) que lo vendieron todo en los años noventa arrasa en un momento donde la nostalgia resulta el único salvavidas. Segundo, el momento de comunión, con 20.000 almas de toda edad y condición (sobre todo femenina) vestidas de blanco y plata desgañitándose cantando temazos de hace 30 años y reproduciendo coreografías de la adolescencia. Pero tercero, y sobre todo, el escenario donde se han decidido a hacerlo: La Esfera de Las Vegas. Cuando se te abre el cielo (a más de 110 metros) y parece que te va a abducir una nave espacial, o cuando suena una canción llamada Siberia y la temperatura baja varios grados, sabes que lo que ves no es normal
La mezcla de la banda y sus temas noventeros con la brutal puesta en escena retrofuturista del recinto de Las Vegas hace que sus escasos conciertos sean tan virales como únicos EL PAÍS
