‘Muertes ejemplares’: morir (y vivir) ¿para nada?

Todos los personajes de nuestras novelas favoritas se mueren (o se morirían si fueran reales y su historia continuase en un plano de existencia paralelo, más allá del límite de las páginas), pero no estamos tan acostumbradas a leer novelas o relatos en los que ya sabemos, incluso antes de comenzarlo, que el protagonista morirá al final del texto (lo cual eliminaría parte del suspense). Sin embargo, hay un género subterráneo en literatura que parte justo de esta estructura: se anuncia una muerte en la primera página, y la intriga reside en saber cómo hemos llegado hasta ahí. Sucede, por supuesto, en Crónica de una muerte anunciada, pero también en las obras dedicadas a Ivan Illich o Artemio Cruz. Algunas de estas historias se articulan como biografías —Stoner, menos macabra, también se escribe desde un funeral—, otras, como un misterio trágico.

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 Todos los personajes de nuestras novelas favoritas se mueren (o se morirían si fueran reales y su historia continuase en un plano de existencia paralelo, más allá del límite de las páginas), pero no estamos tan acostumbradas a leer novelas o relatos en los que ya sabemos, incluso antes de comenzarlo, que el protagonista morirá al final del texto (lo cual eliminaría parte del suspense). Sin embargo, hay un género subterráneo en literatura que parte justo de esta estructura: se anuncia una muerte en la primera página, y la intriga reside en saber cómo hemos llegado hasta ahí. Sucede, por supuesto, en Crónica de una muerte anunciada, pero también en las obras dedicadas a Ivan Illich o Artemio Cruz. Algunas de estas historias se articulan como biografías —Stoner, menos macabra, también se escribe desde un funeral—, otras, como un misterio trágico. Seguir leyendo  

Todos los personajes de nuestras novelas favoritas se mueren (o se morirían si fueran reales y su historia continuase en un plano de existencia paralelo, más allá del límite de las páginas), pero no estamos tan acostumbradas a leer novelas o relatos en los que ya sabemos, incluso antes de comenzarlo, que el protagonista morirá al final del texto (lo cual eliminaría parte del suspense). Sin embargo, hay un género subterráneo en literatura que parte justo de esta estructura: se anuncia una muerte en la primera página, y la intriga reside en saber cómo hemos llegado hasta ahí. Sucede, por supuesto, en Crónica de una muerte anunciada, pero también en las obras dedicadas a Ivan Illich o Artemio Cruz. Algunas de estas historias se articulan como biografías —Stoner, menos macabra, también se escribe desde un funeral—, otras, como un misterio trágico.

En el caso de Muertes ejemplares, de Gabrielle Wittkop, nos encontramos con el relato de cinco muertes en extrañas circunstancias, que no son interesantes por sus protagonistas (o no solo), sino por cómo sucedió dicha muerte. En este sentido, no cabe ninguna esperanza de que los personajes se salven por mucho que al lector le puedan caer simpáticos: si estamos leyendo sus historias es porque mueren al final, una muerte en la que no hay ninguna épica, que es simplemente la expresión de una voluntad de vivir que va más allá de los individuos en los que reposa temporalmente la vida: “Nada se perdía en ese cosmos donde todo fructifica y se pudre, traga, digiere, rechaza, lucha, copula, germina, eclosiona, perece y se disuelve para volver a crecer en mareas inmemoriales que fluyen unas sobre otras”.

Publicada originalmente en 1995, reúne cinco historias con esta lógica: personajes (algunos de ellos históricos) cuyas obsesiones o decisiones los llevan a la muerte con un ritmo deliberadamente lento, que nos permite valorar si tuvo acaso algún sentido su muerte, su sufrimiento o su propia vida. El primero de ellos (en mi opinión, el más flojo de la antología: habría sido mejor cualquier otro inicio), ‘Los últimos secretos del señor T’, desaparece en la jungla mientras busca una especie particular de mariposa. Es el más experimental en la narración, pues la biografía del señor T se construye de forma irregular a través de narradores ajenos.

En el segundo, ‘Idalia en la torre’ —quizás el más cruel, pero también el más interesante—, una turista inglesa se escapa de sus padres para visitar un castillo de la zona alemana en la que veranean, y se queda atrapada en su torre hasta morir de inanición. Por su parte, ‘Las noches de Baltimore’ está dedicado a los días finales de Edgar Allan Poe y mantiene el tono trágico y ominoso, pero ‘Un descenso’ es algo más “alegre”, cercano al esperpento y al humor negro, mientras nos narra las desventuras de un vendedor neoyorquino enmadrado que quiere ser dueño de su propio destino. Por último, ‘Claude y Hippolyte’ cuenta la historia de unos gemelos hermafroditas, nacidos en una familia noble dieciochesca. Se centra, como el primer relato de la antología, fundamentalmente en la vida inusual de dichos gemelos, que sabemos que morirán solos, jóvenes y sin apenas conocer el mundo desde el inicio del relato.

La pregunta que parece latir en todos estos relatos es si hay algo en nuestras vidas (y en nuestras muertes) más allá de la pura contingencia y el capricho, si de verdad hay algo humano y trascendente y no solo una confusa y entrópica voluntad de vivir. Por su temática y su prosa, Muertes ejemplares adquiere rápidamente un enfoque decadente. La autora ha sido comparada con Poe, Huysmans o Lautréamont; también con Sade, aunque, en mi modesta opinión, esta última es una comparación menos acertada, pues su morbo no es tan corporal y su prosa es mucho más ominosa. Quizás se la asocia con Sade por la crueldad con la que trata a algunos de sus personajes: en ‘Idalia en la torre’, por ejemplo, la protagonista adolescente asiste a un larguísimo banquete (hablo de páginas, en plural) mientras se muere de hambre, y todos sus intentos por ser rescatada están a punto de surtir efecto. Decir esto no constituye ninguna clase de spoiler: como decía, el libro no aspira a generar ningún suspenso respecto a qué va a suceder, sino a encontrar repulsión o gozo en el cómo.

Hay algo de moralizante (aunque muy de fondo) en estas fábulas oscuras, pues los protagonistas de algunos de los relatos en cierto modo “merecen” su destino final o lo buscan con sus actos y obsesiones —es su deseo de algo más, de encontrar trascendencia en una vida sin trascendencia, lo que los acaba empujando a una muerte más cruel—. La moraleja, en un sentido similar al de otro grande del género como Thomas Ligotti, es que no hay nada que encontrar, y que los intentos por hacerlo son ridículos o están abocados al fracaso. Este, más la prosa de inspiración decadentista y la oscuridad de algunos de los relatos, puede alejar a posibles lectores: no es un libro para todo el mundo, y me atrevería a decir que cuando Wittkop maneja un narrador confesional, poco fiable y en primera persona (como El necrófilo) resulta mucho más contemporánea y universal. Muertes ejemplares, por su parte, encontrará sus lectores en los fanes del romanticismo oscuro, las narraciones perversas o crueles, o la elegancia de la literatura de fin de siècle.

Gabrielle Wittkop  
Traducción de Lydia Vázquez Jiménez
Cabaret Voltaire, 2026
256 páginas. 20,95 euros

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