Meloni y la trampa de Trump

Trump quema. Lo ha comprobado Giorgia Meloni, quien se ha distanciado de él tras darse cuenta de que la proximidad era demasiado tóxica. La primera ministra italiana fue la aliada más cercana del presidente de Estados Unidos en Europa, y la más leal. Era su interlocutora privilegiada y fue la única líder de la UE que viajó a Washington para su toma de posesión en 2025. Todo se ha truncado en pocos días, después de que Donald Trump ofendiese gratuitamente a Meloni asegurando que le había suplicado hacerse una foto con él en el último G-7, y él lo había aceptado porque le “dio pena”. El desaire revela un desencuentro más profundo. La primera ministra, que criticó la guerra en Irán y ha visto cómo la proximidad con Trump se le ha vuelto veneno electoral, ha descubierto el efecto corrosivo de esta amistad, aunque haya sido tarde y por las malas.

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 La primera ministra italiana paga por su proximidad con el presidente de EE UU, y marca distancias  

EDITORIAL

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La primera ministra italiana paga por su proximidad con el presidente de EE UU, y marca distancias

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Trump hablaba el día 16 con Meloni en un momento de la cumbre del G-7 en Évian-les-Bains (Francia).Evelyn Hockstein (REUTERS)
El País

Trump quema. Lo ha comprobado Giorgia Meloni, quien se ha distanciado de él tras darse cuenta de que la proximidad era demasiado tóxica. La primera ministra italiana fue la aliada más cercana del presidente de Estados Unidos en Europa, y la más leal. Era su interlocutora privilegiada y fue la única líder de la UE que viajó a Washington para su toma de posesión en 2025. Todo se ha truncado en pocos días, después de que Donald Trump ofendiese gratuitamente a Meloni asegurando que le había suplicado hacerse una foto con él en el último G-7, y él lo había aceptado porque le “dio pena”. El desaire revela un desencuentro más profundo. La primera ministra, que criticó la guerra en Irán y ha visto cómo la proximidad con Trump se le ha vuelto veneno electoral, ha descubierto el efecto corrosivo de esta amistad, aunque haya sido tarde y por las malas.

El viaje de Meloni de ser la adalid europea del trumpismo a romper con él es la historia de una caída del caballo. Se explica por una mezcla de convicciones políticas, cálculos de intereses y una ambigüedad que ha acabado volviéndose insostenible para la líder posfascista. Como otros en la órbita nacionalpopulista, creyó encontrar cobijo ideológico en Trump. Confió en que su país ganaría influencia gracias a situarse en el bando del líder de la primera potencia, y sacaría beneficios económicos y geopolíticos. Pensó que podría adular a un presidente de EE UU empeñado en destruir la UE y la OTAN y, a la vez, presentarse en Bruselas como europeísta y atlantista. Mientras pedía para el republicano el Nobel de la Paz, se resistía a su exigencia de gastar más en defensa. El equilibrismo tenía un límite, y Trump golpeó como suele: humillando. “Toda mi solidaridad”, reaccionó Pedro Sánchez ante los ataques a su homóloga italiana. Tras perder en marzo un referéndum constitucional, y con la perspectiva de las elecciones de 2027, Meloni concluyó que el idilio con Trump le estaba costando votos. Ahora ha visto claro que, si juega bien sus bazas —una longevidad en el poder inusual en Italia y una imagen entre sus socios de fiabilidad— reforzará su peso en la UE.

Lo que ha aprendido Meloni lo saben también Marine Le Pen y su delfín, Jordan Bardella, en Francia: si quieren ganar, deben mantener una distancia con Washington y ofrecer al menos un semblante de mínima moderación. Vox, aspirante a gobernar España de la mano del PP y uno de los más trumpistas entre la extrema derecha europea, no quiere saber nada de esto. El partido de Santiago Abascal sigue atrapado en una contradicción fundamental: la de los partidos ultranacionalistas que siempre son los primeros en declararse “más franceses que nadie”, “más italianos que nadie”, “más españoles que nadie”, y luego son los primeros dispuestos a entregarse a potencias y líderes hostiles, se llamen Putin o Trump.

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