Sokolov, la inmensidad de Schubert en gira por España

El programa que el artista ha emprendido estos días en gira por Lugo, Santander, San Sebastían y el Escorial –Beethoven joven, Beethoven crepuscular y Schubert agonizante– no es, contra lo que pudiera parecer, un capricho de aniversario. Es una elección deliberada y el único para todo su 2026, un puente entre dos genios que se rozaron en vida sin llegar a encontrarse del todo. La «Cuarta Sonata, op. 7», escrita por un Beethoven de veintiséis años que todavía no sabía que se quedaría sordo, convive en el programa con las «Bagatelas op. 126», testamento en miniatura de un compositor que ya solo dialogaba con el silencio.

De la «Sonata en mi bemol» recordaré siempre el Largo, ese remanso de introspección que Sokolov administra con una lentitud que no es morosidad sino respeto: deja que cada frase pese lo que tiene que pesar antes de soltarla, como quien no quiere adelantarse al dolor. Hay un dato curioso: el propio Schubert, fascinado por ese movimiento, terminaría imitando su arquitectura en el corazón de su última sonata. De modo que el programa no solo suma dos autores, sino que los pone a conversar.

Las «Bagatelas», que en manos menos generosas suenan a propina anticipada, aquí se erigen en discurso completo. No son seis piezas sueltas: son seis estados de un mismo ánimo, y el pianista ruso las hilvana con tal cuidado que uno entiende, escuchándolas, por qué el propio Beethoven las consideraba de lo mejor que había escrito en ese género.

Y luego, tras el descanso, el abismo: la «Sonata D 960», ese Everest schubertiano que ya nadie se atreve a tocar sin pensar en la sombra de la muerte cercana del compositor. Ahí es donde el pianismo de Sokolov alcanza su punto de mayor intensidad, y ahí es también donde más coincidiremos quienes le hemos escuchado estos días en distintas ciudades: el trino grave que recorre el primer movimiento como un aviso soterrado, la desolación contenida del «Andante sostenuto», esa manera suya de no resolver nunca del todo la angustia, dejándola flotar como una pregunta sin respuesta.

Conviene decir también, porque forma parte del ritual y sería deshonesto callarlo, que el recital no termina con la sonata. Empieza entonces una suerte de segunda función a base de propinas, media docena habitualmente, ni una más ni una menos, como si el número fuera parte de la partitura no escrita. Confieso mi debilidad: preferiría que el concierto se cerrara con los últimos acordes de Schubert y no con este apéndice, por hermoso que sea, que diluye la tensión recién conquistada. Pero también sé que negarle a Sokolov su ceremonia particular sería como pedirle a un oficiante que abrevie la misa, aunque casa poco con su seriedad esta concesión a un público –que permítase y perdóneseme compararlo– parece el de los toros cuando insiste e insiste en que el presidente conceda una oreja al torero. Yo me sentí incapaz de propinas tras aquel Schubert y abandoné la sala. No se si el público que hiso lo mismo fue por la misma razón, aunque lo dudo.

No hace falta insistir en lo evidente: el rigor casi obsesivo con que estudia cada compás, el control del pedal que le permite sacar colores que uno diría inventados para la ocasión, esa articulación que hace que la técnica desaparezca detrás de la emoción. Lo decía hace poco un compañero de oficio antes de que sonara la primera nota, y tenía toda la razón: en Sokolov ya no cabe hablar de virtuosismo como quien habla de un atributo añadido, porque en él la técnica y el sentido son la misma cosa, indisociables, como el color y la forma en un buen cuadro. Sí, y no importa si a su edad –que es la mía con sólo cinco días de diferencia– se le va ya alguna nota, como también a quien escribe.

 Obras: Beethoven: Sonata para piano nº 4, op. 7, en mi bemol mayor. Seis bagatelas op. 126. Schubert: Sonata para piano nº 21 en si bemol mayor, D. 960. Piano: Grigory Sokolov. Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, 15-8-2026.  Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón

Noticias Similares