José Castillejo, el español inglés

Hasta la mutación chulapa del thatcherismo madrileño, la anglofilia política ha merecido por lo general un tratamiento ambivalente en España. Si por un lado se admiraban, como en todo el continente, las formas de la institucionalidad británica, por otro lado ha sido objeto de cierta mirada de condescendencia: considerada en última instancia como un vicio elitista, a la anglofilia se le ha achacado un idealismo cuyo candor contrastaba con las pasiones, no hace falta insistir que rudas, de un país en teoría irreductible a las tolerancias de la democracia liberal.

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 Hasta la mutación chulapa del thatcherismo madrileño, la anglofilia política ha merecido por lo general un tratamiento ambivalente en España. Si por un lado se admiraban, como en todo el continente, las formas de la institucionalidad británica, por otro lado ha sido objeto de cierta mirada de condescendencia: considerada en última instancia como un vicio elitista, a la anglofilia se le ha achacado un idealismo cuyo candor contrastaba con las pasiones, no hace falta insistir que rudas, de un país en teoría irreductible a las tolerancias de la democracia liberal. Seguir leyendo  

Hasta la mutación chulapa del thatcherismo madrileño, la anglofilia política ha merecido por lo general un tratamiento ambivalente en España. Si por un lado se admiraban, como en todo el continente, las formas de la institucionalidad británica, por otro lado ha sido objeto de cierta mirada de condescendencia: considerada en última instancia como un vicio elitista, a la anglofilia se le ha achacado un idealismo cuyo candor contrastaba con las pasiones, no hace falta insistir que rudas, de un país en teoría irreductible a las tolerancias de la democracia liberal.

La experiencia demostraría que no éramos tan incapaces, pero no por eso ha logrado fijarse en nuestra historia intelectual y política el peso de una influencia anglo que, ensombrecida en Cádiz por las ideas francesas, iba a tener en cambio momentos de fecundidad. Ahí está la veta de inspiración de Jovellanos. El moderantismo que salva los muebles de nuestro XIX. Y, por supuesto, las efemérides decididamente britanizantes de 1875 y 1975. Nuestra anglofilia ha tenido, con todo, una operativa más amplia, y de ningún modo es casual que Londres en particular y Gran Bretaña en general hayan sido, solo por mencionar los dos últimos siglos, hogar de acogida de la mejor inteligencia española, desde los exiliados del XIX —Argüelles, Espronceda, Alcalá Galiano— hasta la nómina igualmente estelar de transterrados del XX: entre otros, Chaves Nogales, Luis Cernuda o José Castillejo (Ciudad Real, 1877 – Londres, 1945), el institucionista que, por obra y por carácter, bien puede pasar por príncipe de nuestros anglófilos. Al fin y al cabo, si la Institución Libre de Enseñanza tuvo su germen intelectual en el pensamiento alemán, su plasmación concreta y su modelo educativo y moral —de los colegios a la Residencia de Estudiantes— tuvieron la impronta inglesa de los colleges y las public schools. Y a ese proyecto de modernización española dedicó su vida Castillejo.

Cuando, fusilable por unos y por otros, José Castillejo deja España y llega a Londres, su mujer, Irene Claremont, no solo da cuenta de su peripecia de terror. Escribe, ante todo, cómo era consciente de que “la misión y el trabajo descomunal” de toda su vida “se habían derrumbado por entero”; de que, con la Guerra Civil, “el magnífico edificio de una moderna cultura española (…) yacía en ruinas a sus pies”. El de Castillejo, pues, va a quedarnos como un testimonio doble: hasta la contienda, encarna como nadie, con su impulso de la Junta de Ampliación de Estudios y de la Residencia, la muy determinada voluntad reformista de una generación intelectual; después de la contienda, en cambio, ya solo podrá encarnar el fracaso de esa generación en España y quedar como última resistencia anímica del liberalismo en una Europa, por citar uno de sus títulos, de democracias destronadas. Hoy que la anglofilia ha dejado de ser lo que era, no está mal incluir en su perímetro tanto la gran empresa del espíritu de los institucionistas como a un hombre del fuste moral de Castillejo, del todo alejado del tópico anglófilo del lechugino elegante o el idealista herbívoro.

La publicación en estos años de buena parte de las obras de Castillejo es una felicidad que nos debíamos y una restitución necesaria para nuestro consuelo: había otra vox clamantis in deserto, y no eran tantas, contra el fin del sueño regeneracionista en España y el ascenso de los totalitarismos en Europa. Un español en la convulsa república recoge los artículos de tema español publicados en El Sol desde 1935 hasta las mismas puertas de la guerra en julio de 1936, en tanto que Democracias y dictaduras compila las conferencias de aliento europeo radiadas por la BBC desde que las suertes de la guerra mundial comienzan a cambiar —año 1942— y hasta su muerte en el mismo mes, mayo del 45, del final de la guerra. Junto al mencionado Democracias destronadas y Me casé con un extraño, unas memorias de Irene Claremont que nos sirven también de brújula biográfica del intelectual manchego, tenemos ya a disposición un corpus importante de quien ha sido uno de nuestros liberales eminentes, uno de nuestros grandes demócratas y una inteligencia ejemplar en su incompatibilidad con el sectarismo.

En sus artículos como en sus conferencias, Castillejo es menos un teórico puro que un pedagogo de la democracia metido hasta la cintura en la Historia de su tiempo. Así, con una voluntad antidramática muy de agradecer —mantiene la flema inglesa hasta el despegue, por así decirlo, del Dragon rapide—, Castillejo nos deslumbrará menos por su sistema que por sus observaciones e iluminaciones. Sobre —ya que ha salido— la democracia: “es ante todo el derecho del pueblo a pedir al gobernante cuenta de sus actos y de sus propósitos”, escribe, para luego condensar la fórmula en “una mayoría protectora de las minorías”. Sobre extremismos: “cada partido muere a manos de su ultrapartido”. Sobre el separatismo: “si fueran niños mimados por el poder central, lo odiarían más”. Sobre el sectarismo partidista: un rasgo propio de los españoles es su “fidelidad voluntaria a la jefatura”. Si bien el Castillejo español, como en este último ejemplo, nos sigue doliendo, el que mira a Europa tiene el atractivo añadido de ser uno de los pocos que lo hacían -y de los aún más escasos que lo hacían tras haber expuesto su inteligencia a las corrientes de fuera. Hacia el final de la guerra, Castillejo deja ya aflorar cierto optimismo multilateralista, aunque no logrará concebir, en cambio, que Alemania pueda ser algo distinto en la posguerra. Sobre España, esa “micro-Europa” donde habían estallado en unos pocos años “todos los conflictos habidos en los otros países durante siglos”, prefiere callar con elegancia su ausencia de esperanzas. Ahí hay que volver a Irene Claremont para ver los destrozos: purgado con especial saña de las filas de catedráticos, cuando Castillejo muere, a Franco aún le quedan treinta años de vida.

Hay un misterio Castillejo: ¿cómo un hombre de su visión, de su lucidez, de su fecundidad, de su ejemplaridad en la tragedia, ha sido tan poco conocido entre nosotros? ¿Cómo ha logrado pasar desapercibida tanto tiempo su altura moral; cómo no ha sido más leído, más celebrado, más reivindicado? Irene Claremont afirmó que se había casado con “un extraño” por el poco trato que había tenido con Castillejo antes de su boda. Pero para sus compatriotas, Castillejo ha tenido algo de extraño también: llevó, como nadie en la Institución, a sus extremos el “ideal de pobreza culta” que lo alimentaba, unos valores de “sencillez y desprecio por los perifollos de la autoridad”, negándose a “toda ambición de hacerse un nombre” e incluso renunciando, quizá caso único en la Historia, a ocupar un escaño. Los ingleses tienen una fórmula muy elocuente para los modestia: el modesto es self-effacing, aquel que se borra a sí mismo. Tienta pensar que ese fue el único exceso anglófilo de nuestro José Castillejo.

Un liberal en la convulsa República. Artículos escogidos

José Castillejo
Página Indómita, 2026
224 páginas. 21 euros

Democracias y dictaduras. Seguido de La paz germánica nazi y otras conferencias

José Castillejo
Página Indómita, 2026
160 páginas. 17,50 euros

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