Cuando Putin amenaza

El enclave ruso de Kaliningrado, ubicado en el Báltico entre Polonia y Lituania, refleja la complejidad y la tragedia de la historia de Europa. Bajo el nombre alemán de Königsberg, fue fundada por los caballeros teutónicos y allí se coronaban los reyes de Prusia. Para la historia de la civilización y la cultura, es, sobre todo, la ciudad en la que el filósofo Immanuel Kant construyó una cumbre de la Ilustración con su idea de que las naciones deberían formar una federación pacífica. Tras la II Guerra Mundial, se convirtió en territorio de la Unión Soviética bajo Stalin y hoy forma parte de la Federación Rusa. Esta tierra que encarna a la vez los rincones más oscuros y brillantes de la historia del continente se ha convertido en el pretexto más reciente de Vladímir Putin, empantanado en Ucrania y en plena huida imperialista hacia adelante, para amenazar con la bomba atómica. No hace falta caer en el alarmismo ni abonar los escenarios más apocalípticos para entender que no se trata de una bravuconada que haya que tomar a la ligera.

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 No hay que tomarse a la ligera a ninguna potencia que esgrima ante sus vecinos el arma nuclear  

Editorial

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No hay que tomarse a la ligera a ninguna potencia que esgrima ante sus vecinos el arma nuclear

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El presidente ruso, Vladímir Putin, inspecciona drones en unas maniobras militares en la provincia de Cheliábinsk, en los Urales. Associated Press/LaPresse (APN)
El País

El enclave ruso de Kaliningrado, ubicado en el Báltico entre Polonia y Lituania, refleja la complejidad y la tragedia de la historia de Europa. Bajo el nombre alemán de Königsberg, fue fundada por los caballeros teutónicos y allí se coronaban los reyes de Prusia. Para la historia de la civilización y la cultura, es, sobre todo, la ciudad en la que el filósofo Immanuel Kant construyó una cumbre de la Ilustración con su idea de que las naciones deberían formar una federación pacífica. Tras la II Guerra Mundial, se convirtió en territorio de la Unión Soviética bajo Stalin y hoy forma parte de la Federación Rusa. Esta tierra que encarna a la vez los rincones más oscuros y brillantes de la historia del continente se ha convertido en el pretexto más reciente de Vladímir Putin, empantanado en Ucrania y en plena huida imperialista hacia adelante, para amenazar con la bomba atómica. No hace falta caer en el alarmismo ni abonar los escenarios más apocalípticos para entender que no se trata de una bravuconada que haya que tomar a la ligera.

No es la primera vez que Putin profiere este tipo de amenazas, pero en este caso la advertencia es nítida y concreta. En una carta enviada a la OTAN y divulgada esta semana, Moscú acusa a los aliados de preparar unos ejercicios militares que supuestamente aislarían Kaliningrado. El texto añade que, si esto ocurre, “Rusia está preparada para usar todo el arsenal de fuerzas y capacidades a su disposición, incluidas las armas nucleares”. Son palabras que representan una inaceptable escalada verbal que nadie puede ignorar. Y no es solo verbal, pues coincide con otra escalada: la de la guerra híbrida con drones en territorio europeo, barcos militares cerca de las fronteras de la OTAN, ciberataques, asesinatos a opositores en capitales y ciudades de la UE, y campañas de desinformación e injerencia en procesos electorales.

El ataque frustrado en agosto con un dron bomba contra un avión ucranio en el aeropuerto alemán de Leipzig permitió constatar que Putin no desaprovechará ningún flanco para golpear a quien percibe como un enemigo. Y, en este momento, no son pocos los signos de debilidad que muestra la UE, desde las complicidades con partidos de extrema derecha a la certeza de que EE UU se está desentendiendo de la seguridad de Europa. “El escenario más probable en los próximos meses prevé acontecimientos graves”, ha avisado el primer ministro polaco, Donald Tusk. Podría incluir un desafío en un país báltico para poner a prueba la defensa mutua aliada. Porque otro signo de flaqueza consistiría en pensar que todos estos ataques son irrelevantes y que, ante una potencia nuclear que esgrime su bomba atómica, la indiferencia basta. No basta. Europa no quiso escuchar hace cinco años las advertencias sobre la invasión rusa de Ucrania. Aunque sea para evitar que algún día se hagan reales, tampoco debería ignorar las amenazas de ahora.

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