IA y teatro: los suplantadores serán suplantados

<p>En el universo que imagina <strong>Gabriel Calderón</strong> en <i><strong>AI! La misèria ens farà feliços</strong></i>, la inteligencia artificial llega al teatro como invitada de honor. «Ya lo suplantó todo», explica el director sin dramatismos, con naturalidad. Lo inquietante, más que el hecho, es la causa: «la gente lo prefirió». Ningún golpe de Estado tecnológico ni enfrentamientos épicos entre humanos y máquinas. Solo una elección silenciosa y en colectivo: la comodidad.</p>

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 En la nueva obra de Gabriel Calderón en el Lliure, el teatro se rinde ante la IA y los actores sobreviven en sus márgenes, como eco humano de la perfección robótica  

En el universo que imagina Gabriel Calderón en AI! La misèria ens farà feliços, la inteligencia artificial llega al teatro como invitada de honor. «Ya lo suplantó todo», explica el director sin dramatismos, con naturalidad. Lo inquietante, más que el hecho, es la causa: «la gente lo prefirió». Ningún golpe de Estado tecnológico ni enfrentamientos épicos entre humanos y máquinas. Solo una elección silenciosa y en colectivo: la comodidad.

En ese gesto se sostiene un montaje encabezado por Pere Arquillué que se podrá ver en el Teatre Lliure del 4 de diciembre al 18 de enero. Es la pieza final a una pentalogía que comenzó hace 20 años y sitúa el corazón del teatro fuera del escenario. «Partiendo de lo que algunos decían de que el arte era lo último a lo que iba a llegar la IA, yo empecé a fantasear con la idea de que el teatro iba a ser el edificio en el que primero se iba a suplantar todo». Los actores, suplantadores natos, iban a ser los primeros suplantados.

En este caso la obra perfecta, la que ejecutan ahora los robots, sucede en un espacio del que solo vemos las sobras: «La verdadera obra está fuera de escena. Lo que vemos es el eco humano de ese ideal».

Calderón usa, precisamente, a Calderón de la Barca como espejo antiguo de lo contemporáneo. «Cuando voy a escribir una obra sobre un tema me intereso por ver cuál fue la tradición de la reflexión teatral en eso», dice. Volvió así a El gran teatro del mundo y La vida es sueño para explorar la vida como algo onírico o como engaño, y encontró en Calderón «reflexiones poéticas maravillosas» que resuenan con su propio juego escénico en esta propuesta.

La pregunta es obvia: ¿Qué papel queda para los humanos? Para Calderón «ya no tienen lugar en el teatro». Y los actores, esos especialistas en la fragilidad, en la tensión entre lo que puede salir bien y lo que puede salir mal, quedan degradados a una especie de personal de mantenimiento. «Ahora ya no actúan, sino que hacen de asistentes y arreglan máquinas», dice. Es una imagen precisa: intérpretes que antes sostenían universos enteros ahora pulsan botones, ajustan cables y esperan en silencio.

La precariedad aquí no es solo laboral sino también de espíritu. «Estamos encontrando una cierta resignación… yo mismo me conformo con muy poco», admite Calderón, como si confesara un contagio involuntario del espíritu de su propia obra. Porque ese es precisamente el núcleo del título: la miseria asumida, aceptada e incluso celebrada, como nueva expresión de felicidad.

La pieza se vuelve más punzante cuando se convierte en un recordatorio molesto: la inteligencia artificial no hace nada que no hayamos hecho nosotros antes. «La crítica que le hacemos no la sobreviviríamos los humanos», dice Calderón. La máquina solo perfecciona una lógica ya existente: precisión, eficiencia, ausencia de error. Y ahí aparece la grieta: «Tal vez los robots son mucho mejores que nosotros». No hay ironía, sino constatación y un cierto alivio. «Pero nosotros lo hacemos humano«, zanja.

A nivel escénico la obra acentúa todo esto. «Todo sucede en un baño», dice el director. No como metáfora, sino un aseo literal: un espacio marginal donde sobreviven quienes antes brillaban bajo los focos. Los camerinos ya no alivian: «Son como aeropuertos», impersonales, listos para el tránsito y no la identidad. En la obra o fuera, no queda claro.

«La risa sigue siendo muy peligrosa. Convierte cualquier tema importante en banal y cualquier tema banal en importante»

Esa incomodidad, sin embargo, convive con un deseo de empujar los límites de la comedia, elemento central de toda la obra. Calderón lo formula de manera directa: «Me interesa complejizarla». Le interesa, también, su potencia oculta: «La risa sigue siendo muy peligrosa. Convierte cualquier tema importante en banal y cualquier tema banal en importante». Calderón, de todos modos, recoge cable: «No hay nada peor que ir diciendo que algo es gracioso y que luego la gente no se ría. Prefiero que vengan creyendo que van a ver un drama«, bromea con cierto miedo. Pero la risa es un terreno donde los humanos, pese a todo, siguen teniendo ventaja. Porque fallan y porque «intentar hacerlo bien sin poder hacerlo bien» sigue siendo un acto rebelde.

Ese choque entre concepto y cuerpo es parte del proceso creativo. «Estas ideas se tienen que dar de bruces contra el cuerpo y la mente de los actores», admite Calderón. Porque la teoría puede ser brillante, pero el teatro, incluso en su versión post-humana, sigue siendo un acto físico, un choque entre lo que se imagina y lo que un cuerpo puede hacer. Y llevar a los actores al límite ha sido su misión.

Por eso, en un mundo que celebra lo perfecto, lo eficiente, parece que todavía queda algún margen para lo humano. Un baño, un camerino inhóspito, un error o una risa estridente. Un espacio desde el que preguntarse si de verdad queremos lo que decimos querer o simplemente, como en la obra, lo preferimos sin pensarlo demasiado.

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