Parece que últimamente el audiovisual no saber hablar de otra cosa que no sean narcos. Da igual el formato o el presupuesto: ahí están [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/sociedad/narcos–las-claves-de-un-exito-mundial-MO20843395/|||«Narcos»]], «El Chapo» o incluso thrillers más prestigiosos como «Sicario», insistiendo una y otra vez en la misma iconografía de violencia, selva y testosterona. El problema no es tanto la reiteración como el efecto colateral: a fuerza de ficcionar el narcotráfico, se ha convertido en algo casi cómodo de consumir, en un paisaje reconocible. «Pelayo. Más allá del límite», estrenada en Prime Video el pasado viernes, juega en otra liga. No porque venga a reinventar nada, sino porque no es ficción. Es una docuserie, y eso obliga a mirar todo desde un lugar bastante menos confortable.
Detrás está el mismo engranaje que ya funcionó en «G.E.O. Más allá del límite»: producción de Buendía Estudios para la plataforma de Amazon, David Miralles en la dirección y un guion firmado junto a Javier Llanos (con Jorge Pérez Vega e Ignacio Corrales en la producción ejecutiva). «G.E.O.» ponía la cámara en el proceso de selección y entrenamiento de la unidad de élite de la Policía Nacional, con aspirantes llevados al límite físico y mental. En mitad de todo eso apareció el magnético inspector Pelayo Gayol, instructor de estos aprendices y cuya personalidad le convirtió enseguida en la gran estrella de la docuserie.
Viaje a Colombia
Buendía y Prime Video tomaron buena nota de su estrellato, y en «Pelayo. Más allá del límite» el asturiano deja atrás el rol de instructor y se convierte en narrador y eje de un viaje en primera persona que lo saca del contexto europeo y lo planta en Colombia, uno de esos lugares donde el narcotráfico es una estructura que lo atraviesa todo. En tres episodios, la serie lo sigue por escenarios como Buenaventura, los ríos del Pacífico, las montañas del Valle del Cauca, mientras se integra en el día a día de unidades de élite del ejército colombiano. La intención no es solo enseñar operativos o meter adrenalina: es ir tirando del hilo del negocio, de cómo se sostiene, a quién aplasta por el camino y por qué, cuando miras de cerca, esto se parece menos a una película y más a una guerra cotidiana que no se termina cuando se apagan los focos.
Aunque el gancho evidente sean las incursiones y las operaciones de alto riesgo, la serie se cuida de no quedarse solo en el «modo militar». Hay bastante más rato de Pelayo bajando revoluciones, saliendo de la adrenalina y entrando en el terreno donde el narcotráfico se entiende de verdad: el de la gente que lo ha sufrido. Ahí aparecen encuentros con personajes marcados por ese sistema —vidas condicionadas, barrios acostumbrados a convivir con la amenaza, familias con la violencia ya integrada en la rutina— y escenas más íntimas, casi de paseo, por calles y ciudades donde no está pasando «nada» en el sentido televisivo, pero donde se nota que lo importante ya ha pasado mil veces. Y es precisamente ahí donde Pelayo funciona mejor: esa mezcla de empatía contenida, seriedad y profesionalidad, sin condescendencia ni frase de póster, eleva las conversaciones y les da un peso que sería fácil perder si el protagonista fuese otro.
Tranquilos, los que vengan buscando acción no se van a ir con las manos vacías. La hay, y además se nota que no está coreografiada para cámara, porque el equipo está ahí dentro, grabándolo todo sobre el terreno: movimientos tensos, decisiones rápidas, trayectos que parecen demasiado estrechos… No hace falta que la serie subraye lo peligroso que es, porque se ve en cómo se encuadra, en lo imperfecto del plano, en esa sensación constante de que nadie tiene el control absoluto de la situación. Y eso, precisamente, genera una tensión distinta —y bastante mayor— que la de una ficción: no estás esperando el giro del guion, estás esperando que todo salga bien. Tanto los que disfrutan con el «cómo» —la planificación, la coordinación, los procedimientos— como los que quieren ver la operación en primera línea van a encontrar su ración: Pelayo aporta el contexto, entiende lo que está mirando y sabe explicarlo, y cuando toca moverse en serio se nota que ahí es donde se luce.
No se puede pasar de puntillas por el hecho de que «Pelayo. Más allá del límite» es, en buena medida, una exaltación testosterónica de lo militar y lo policial, con todo el conflicto que eso puede generar en este que escribe. Aceptada esa premisa, también es difícil negar lo que funciona: es un producto entretenido, tenso y bastante realista en su manera de poner la cámara, y para los apasionados de este tipo de historias, esos que conocen cada arma y cada modelo de chaleco antibalas, lo más probable es que sea un disfrute de los buenos.
Prime Video estrena «Pelayo. Más allá del límite», en la que el inspector Pelayo Gayol viaja a Colombia para vivir en primera persona la lucha contra el narcotráfico
Parece que últimamente el audiovisual no saber hablar de otra cosa que no sean narcos. Da igual el formato o el presupuesto: ahí están «Narcos», «El Chapo» o incluso thrillers más prestigiosos como «Sicario», insistiendo una y otra vez en la misma iconografía de violencia, selva y testosterona. El problema no es tanto la reiteración como el efecto colateral: a fuerza de ficcionar el narcotráfico, se ha convertido en algo casi cómodo de consumir, en un paisaje reconocible. «Pelayo. Más allá del límite», estrenada en Prime Video el pasado viernes, juega en otra liga. No porque venga a reinventar nada, sino porque no es ficción. Es una docuserie, y eso obliga a mirar todo desde un lugar bastante menos confortable.
Detrás está el mismo engranaje que ya funcionó en «G.E.O. Más allá del límite»: producción de Buendía Estudios para la plataforma de Amazon, David Miralles en la dirección y un guion firmado junto a Javier Llanos (con Jorge Pérez Vega e Ignacio Corrales en la producción ejecutiva). «G.E.O.» ponía la cámara en el proceso de selección y entrenamiento de la unidad de élite de la Policía Nacional, con aspirantes llevados al límite físico y mental. En mitad de todo eso apareció el magnético inspector Pelayo Gayol, instructor de estos aprendices y cuya personalidad le convirtió enseguida en la gran estrella de la docuserie.
Buendía y Prime Video tomaron buena nota de su estrellato, y en «Pelayo. Más allá del límite» el asturiano deja atrás el rol de instructor y se convierte en narrador y eje de un viaje en primera persona que lo saca del contexto europeo y lo planta en Colombia, uno de esos lugares donde el narcotráfico es una estructura que lo atraviesa todo. En tres episodios, la serie lo sigue por escenarios como Buenaventura, los ríos del Pacífico, las montañas del Valle del Cauca, mientras se integra en el día a día de unidades de élite del ejército colombiano. La intención no es solo enseñar operativos o meter adrenalina: es ir tirando del hilo del negocio, de cómo se sostiene, a quién aplasta por el camino y por qué, cuando miras de cerca, esto se parece menos a una película y más a una guerra cotidiana que no se termina cuando se apagan los focos.
Aunque el gancho evidente sean las incursiones y las operaciones de alto riesgo, la serie se cuida de no quedarse solo en el «modo militar». Hay bastante más rato de Pelayo bajando revoluciones, saliendo de la adrenalina y entrando en el terreno donde el narcotráfico se entiende de verdad: el de la gente que lo ha sufrido. Ahí aparecen encuentros con personajes marcados por ese sistema —vidas condicionadas, barrios acostumbrados a convivir con la amenaza, familias con la violencia ya integrada en la rutina— y escenas más íntimas, casi de paseo, por calles y ciudades donde no está pasando «nada» en el sentido televisivo, pero donde se nota que lo importante ya ha pasado mil veces. Y es precisamente ahí donde Pelayo funciona mejor: esa mezcla de empatía contenida, seriedad y profesionalidad, sin condescendencia ni frase de póster, eleva las conversaciones y les da un peso que sería fácil perder si el protagonista fuese otro.
Tranquilos, los que vengan buscando acción no se van a ir con las manos vacías. La hay, y además se nota que no está coreografiada para cámara, porque el equipo está ahí dentro, grabándolo todo sobre el terreno: movimientos tensos, decisiones rápidas, trayectos que parecen demasiado estrechos… No hace falta que la serie subraye lo peligroso que es, porque se ve en cómo se encuadra, en lo imperfecto del plano, en esa sensación constante de que nadie tiene el control absoluto de la situación. Y eso, precisamente, genera una tensión distinta —y bastante mayor— que la de una ficción: no estás esperando el giro del guion, estás esperando que todo salga bien. Tanto los que disfrutan con el «cómo» —la planificación, la coordinación, los procedimientos— como los que quieren ver la operación en primera línea van a encontrar su ración: Pelayo aporta el contexto, entiende lo que está mirando y sabe explicarlo, y cuando toca moverse en serio se nota que ahí es donde se luce.
No se puede pasar de puntillas por el hecho de que «Pelayo. Más allá del límite» es, en buena medida, una exaltación testosterónica de lo militar y lo policial, con todo el conflicto que eso puede generar en este que escribe. Aceptada esa premisa, también es difícil negar lo que funciona: es un producto entretenido, tenso y bastante realista en su manera de poner la cámara, y para los apasionados de este tipo de historias, esos que conocen cada arma y cada modelo de chaleco antibalas, lo más probable es que sea un disfrute de los buenos.
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