¿Qué lleva a una mujer, tras una jornada agotadora, a relajarse frente al televisor viendo la reconstrucción de un asesinato real? Lo que para muchos podría parecer una contradicción, la de buscar paz en la violencia, en realidad es una forma de adaptación.
Mientras producciones como las de Carles Porta o series documentales al estilo de ‘El caso Asunta’ triunfan en televisión y plataformas digitales, la psicología ha encontrado el motivo real de esta brecha de género en el consumo de crímenes reales.
Un estudio reciente de la Universidad de Graz, en Austria, ha arrojado luz sobre esta tendencia, basándose en la hipótesis de que la evolución desempeña un papel fundamental. Para ello, el grupo de investigación formado por Corinna Perchtold-Stefan, Christian Rominger, Simon Ceh, Katharina Sattler, Sarah-Vanessa Veit y Andreas Fink entrevistó a 571 personas.
A través de sus respuestas, los investigadores concluyeron que el principal foco de atracción del true crime para el público femenino es el deseo de comprender el origen y desarrollo de situaciones de peligro. El objetivo es claro: saber cómo identificarlas y, sobre todo, cómo prevenirlas en la vida real. Este fenómeno ha sido definido como «vigilancia defensiva». Desde esta óptica, consumir true crime funciona como experimentar en directo un posible peligro, pero en condiciones de seguridad.
Para profundizar en estas motivaciones, los participantes evaluaron, en una escala del 1 al 7, su grado de acuerdo con 30 afirmaciones. Entre ellas, «veo/leo/escucho true crime para aprender a defenderme de las agresiones», «porque es emocionante y excitante», «porque describe situaciones e historias reales», «para ver mis problemas desde otra perspectiva», «para aprender a gestionar mis sentimientos negativos».
Los resultados, publicados en el British Journal of Psychology, han permitido confirmar que las mujeres siguen el true crime más que los hombres, especialmente a través de podcast, así como descubrir que existen matices de género que diferencian las razones de consumo de los hombres frente a las de las mujeres. La vigilancia defensiva, el deseo de gestionar las emociones y la curiosidad por la mentalidad de las personas peligrosas se encontraban entre los factores más citados en las respuestas del público femenino.
Según los autores, estas conclusiones son importantes porque desacreditan algunas hipótesis formuladas hace tiempo para explicar la brecha de género en el consumo de true crime. Una era que las mujeres son más sensibles a las campañas de marketing en los medios tradicionales, algo improbable porque, en realidad, los mayores consumidores de podcast y noticias, en general, son los hombres. Otra suponía que las mujeres tienen más curiosidad por los contenidos sensacionalistas, hipótesis que desmienten los datos aportados por el estudio.
Los investigadores sostienen que el riesgo histórico de sufrir agresiones sexuales o enfrentar graves secuelas sociales ha moldeado esta conducta, pues ese riesgo siempre ha sido alto. Por ello, el análisis sostiene que la tendencia a buscar información sobre dichos riesgos es parte de la estrategia de adaptación y no de la curiosidad morbosa o el miedo irracional.
«El razonamiento es que el sistema de gestión de las amenazas de las mujeres es altamente sensible a las amenazas físicas y sexuales que comprometen su idoneidad biológica y su elección de reproducción», escriben los investigadores, lo que explica la particular inclinación de las mujeres a seguir el true crime. En definitiva, esa hora frente al televisor no es solo entretenimiento, es una forma silenciosa de preparación y resiliencia.
Investigadores de Austria han asociado este interés con un mecanismo de adaptación para gestionar amenazas y entender la mente de los agresores en un entorno seguro
¿Qué lleva a una mujer, tras una jornada agotadora, a relajarse frente al televisor viendo la reconstrucción de un asesinato real? Lo que para muchos podría parecer una contradicción, la de buscar paz en la violencia, en realidad es una forma de adaptación.
Mientras producciones como las de Carles Porta o series documentales al estilo de ‘El caso Asunta’triunfan en televisión y plataformas digitales, la psicología ha encontrado el motivo real de esta brecha de género en el consumo de crímenes reales.
Un estudio reciente de la Universidad de Graz, en Austria, ha arrojado luz sobre esta tendencia, basándose en la hipótesis de que la evolución desempeña un papel fundamental. Para ello, el grupo de investigación formado por Corinna Perchtold-Stefan, Christian Rominger, Simon Ceh, Katharina Sattler, Sarah-Vanessa Veit y Andreas Fink entrevistó a 571 personas.
A través de sus respuestas, los investigadores concluyeron que el principal foco de atracción del true crime para el público femenino es el deseo de comprender el origen y desarrollo de situaciones de peligro. El objetivo es claro: saber cómo identificarlas y, sobre todo, cómo prevenirlas en la vida real. Este fenómeno ha sido definido como «vigilancia defensiva». Desde esta óptica, consumir true crime funciona como experimentar en directo un posible peligro, pero en condiciones de seguridad.
Para profundizar en estas motivaciones, los participantes evaluaron, en una escala del 1 al 7, su grado de acuerdo con 30 afirmaciones. Entre ellas, «veo/leo/escucho true crime para aprender a defenderme de las agresiones», «porque es emocionante y excitante», «porque describe situaciones e historias reales», «para ver mis problemas desde otra perspectiva», «para aprender a gestionar mis sentimientos negativos».
Los resultados, publicados en el British Journal of Psychology, han permitido confirmar que las mujeres siguen el true crime más que los hombres, especialmente a través de podcast, así como descubrir que existen matices de género que diferencian las razones de consumo de los hombres frente a las de las mujeres. La vigilancia defensiva, el deseo de gestionar las emociones y la curiosidad por la mentalidad de las personas peligrosas se encontraban entre los factores más citados en las respuestas del público femenino.
Según los autores, estas conclusiones son importantes porque desacreditan algunas hipótesis formuladas hace tiempo para explicar la brecha de género en el consumo de true crime. Una era que las mujeres son más sensibles a las campañas de marketing en los medios tradicionales, algo improbable porque, en realidad, los mayores consumidores de podcast y noticias, en general, son los hombres. Otra suponía que las mujeres tienen más curiosidad por los contenidos sensacionalistas, hipótesis que desmienten los datos aportados por el estudio.
Los investigadores sostienen que el riesgo histórico de sufrir agresiones sexuales o enfrentar graves secuelas sociales ha moldeado esta conducta, pues ese riesgo siempre ha sido alto. Por ello, el análisis sostiene que la tendencia a buscar información sobre dichos riesgos es parte de la estrategia de adaptación y no de la curiosidad morbosa o el miedo irracional.
«El razonamiento es que el sistema de gestión de las amenazas de las mujeres es altamente sensible a las amenazas físicas y sexuales que comprometen su idoneidad biológica y su elección de reproducción», escriben los investigadores, lo que explica la particular inclinación de las mujeres a seguir el true crime. En definitiva, esa hora frente al televisor no es solo entretenimiento, es una forma silenciosa de preparación y resiliencia.
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