Casanova fue, sí, un seductor y un aventurero, pero también un genio polifacético: abad, bibliotecario, diplomático, espía, filósofo, empresario teatral, dramaturgo, soldado, alquimista, matemático, masón, violinista, traductor y escritor. Ca-sa-no-va, ese apellido tan fluido y melódico, evoca en el imaginario colectivo el sueño idílico de belleza, arte y civilización de Venecia. A tres siglos de su nacimiento, la Fundación Giorgio Cini derrumba la etiqueta reduccionista de “amante y conquistador”, revelando, a través de dos exposiciones complementarias, la esencia de un viajero errante y un intelectual fervientemente europeísta.
Casanova fue, sí, un seductor y un aventurero, pero también un genio polifacético: abad, bibliotecario, diplomático, espía, filósofo, empresario teatral, dramaturgo, soldado, alquimista, matemático, masón, violinista, traductor y escritor. Ca-sa-no-va, ese apellido tan fluido y melódico, evoca en el imaginario colectivo el sueño idílico de belleza, arte y civilización de Venecia. A tres siglos de su nacimiento, la Fundación Giorgio Cini derrumba la etiqueta reduccionista de “amante y conquistador”, revelando, a través de dos exposiciones complementarias, la esencia de un viajero errante y un intelectual fervientemente europeísta. Seguir leyendo
Casanova fue, sí, un seductor y un aventurero, pero también un genio polifacético: abad, bibliotecario, diplomático, espía, filósofo, empresario teatral, dramaturgo, soldado, alquimista, matemático, masón, violinista, traductor y escritor. Ca-sa-no-va, ese apellido tan fluido y melódico, evoca en el imaginario colectivo el sueño idílico de belleza, arte y civilización de Venecia. A tres siglos de su nacimiento, la Fundación Giorgio Cini derrumba la etiqueta reduccionista de “amante y conquistador”, revelando, a través de dos exposiciones complementarias, la esencia de un viajero errante y un intelectual fervientemente europeísta.
La Galería del Palacio Cini acoge Casanova y Venecia, una muestra que recrea la palpitante atmósfera cultural y artística de las primeras décadas del siglo XVIII, el periodo que marcó la formación de Giacomo Casanova. Mientras tanto, en la isla de San Giorgio, la exposición Casanova y Europa se transforma en un laberinto de luces y sombras. Ambas exhibiciones pueden verse hasta el 2 de marzo.
Hijo ilegítimo, pero ilustre
Giacomo Casanova nació en el barrio de San Marco, el 2 de abril de 1725, primogénito de Gaetano Casanova y Giovanna Zanetta. Las malas lenguas aseguraban que el primer hijo de Giovanna no era de Gaetano, sino fruto de un romance prohibido con el noble Michele Grimani, propietario del teatro donde él trabajaba. Los dimes y diretes sobre la cuestionada paternidad serían retomados más adelante por el propio Casanova en Ni amores ni mujeres (1782). No sorprende que el veneciano prefiriera adoptar una descendencia ilegítima, pero ilustre: ser un Grimani significaba pertenecer a una dinastía de tres dogos y tres cardenales.
Tras la muerte de su marido, Giovanna se unió como actriz a la compañía teatral de los Grimani. Casanova, que soñaba con la medicina, fue persuadido por su madre para ingresar, con apenas 13 años, en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Padua. Estudió derecho canónico, filosofía moral, astronomía, botánica y matemáticas. La experiencia universitaria duró solo un año: su estilo de vida holgado y alejado de sus propios recursos lo obligó a retornar a casa. En Venecia le aguardaba una carrera eclesiástica. A los 16 años recibió las órdenes menores de abad; sin embargo, debido a un enredo amoroso, el hábito y la vida religiosa duraron apenas un año. A causa de aquel desliz juvenil debió alejarse de la ciudad de los canales y, como una pluma movida por el viento, emprendió el inicio de una vida de viajero audaz, atravesando Italia y Europa, de norte a sur, de este a oeste.

Explorador de su tiempo, curioso y sin prejuicios, la vida de Casanova estuvo profundamente marcada por el sentido de pertenencia a su patria. Durante su infancia y juventud, los pintores venecianos eran famosísimos en Italia y en el continente: Antonio Canal, conocido como Canaletto, Francesco Guardi, Rosalba Carriera, Giambattista Tiepolo, Michele Marieschi y Giovanni Battista Piazzetta habían construido una nueva forma de expresión artística que rompía definitivamente con el arte clásico y barroco. Esa generación de artistas peregrinos y sin rivales, como el propio Casanova, constituye el telón de fondo de la exposición Casanova y Venecia, en el Palacio Cini. “La ciudad de San Marcos del joven Casanova, fantasmagórica y vibrante, cosmopolita por antonomasia e importante centro de irradiación cultural, es la cuna de una de las civilizaciones artísticas más altas de todos los tiempos. La Venecia capital de las artes, del teatro y de la música fue para Casanova una especie de espejo al que siempre se asomó”, explica el comisario Luca Massimo Barbero, director del Instituto de Historia del Arte de la Fundación Cini. Barbero compara la urbe lacustre del siglo XVIII con la ciudad de Manhattan de los sesenta del siglo XX: “Era un lugar al que todos querían viajar para ponerse al día”.
A lo largo de las elegantes salas de la que fuera la casa del conde Vittorio Cini, mecenas y empresario, el visitante accede a una joya escondida que alberga una rica colección de arte antiguo. Emerge en el número 864 del barrio de Dorsoduro: de un lado se asoma al Gran Canal y, del otro, al canal de San Vio, a medio camino entre la Colección Peggy Guggenheim y la Galería de la Academia. Entre alfombras preciosas y lámparas de Murano se despliega un centenar de obras cedidas por museos italianos y por la colección Cini: Guardis, Canalettos, Tiepolos… Los maestros del Siglo de Oro veneciano dialogan con una parte del célebre álbum de caricaturas de Anton Maria Zanetti. Las caricaturas de Zanetti constituyen un valioso documento de la vida interna del teatro y de sus protagonistas. Zanetti era un privilegiado con “acceso directo para observar y contar la variedad de personajes que gravitaban alrededor del exitoso melodrama, un mundo que Casanova frecuentó toda su vida”, prosigue Barbero. Entre los dibujos satíricos de cantantes, actores y libretistas figuran las representaciones de sus amigos Canaletto y Carriera, además el cantante Carlo Boschi, conocido como Farinelli, il castrato, entre otros famosos de la época.
Laberinto de luces y sombras
El vaporetto número dos atraviesa la Cuenca de San Marcos y, tres minutos después, atraca en la isla de San Giorgio. La laguna se extiende como un manto azul. Cielo límpido. Tráfico escaso: tres mujeres reman.
La Fundación Cini tiene su sede en este pedazo de tierra, símbolo de la arquitectura renacentista. Las entrañas de las salas Carnelutti y del Piccolo Teatro acogen Casanova y Europa, una exposición muy poco convencional. Nada más cruzar el umbral, el visitante recibe una linterna rústica. La luz avanza por una callejuela veneciana en plena noche, sin rastro de iluminación eléctrica. Sala tras sala, los sentidos permanecen muy atentos. Al atravesar cinco puertas, el visitante entra en una serie de espacios que escenifican la vida de Casanova: la de un trotamundos europeo cuyos intereses se multiplican y se reflejan como en un juego de espejos. La imagen de la puerta, de hecho, aparece con frecuencia en Historia de mi vida, donde describe Europa como “un apartamento con muchas puertas”; aunque también recurre a ella para evocar el mundo masónico que frecuentaba, al que considera “la puerta de acceso al poder invisible”.

La exposición se presenta como un experimento para explorar nuevas maneras de mostrar facetas poco conocidas del célebre veneciano. “Este ha sido desde el principio nuestro objetivo: probar nuevas coordenadas expositivas, capaces de contaminar los lenguajes, crear un engranaje de estímulos diferentes, explorar un ambiente físico habitado también por lo verosímil y lo invisible”, explica Renata Codello, secretaria general de la Fundación Cini. La arquitecta Codello ha coordinado el proyecto expositivo junto con Massimo Cecchetto, director de montajes escénicos del Teatro La Fenice. “Codello ha sido el cerebro y yo el brazo”, apunta Cecchetto.
Todo gira en torno a la Europa de Casanova, que recorrió en cientos de viajes: de Constantinopla a París, de Varsovia a Viena, de Londres a Nápoles, de Madrid a La Haya, de Dublín a Frankfurt, de Praga a Sevilla… La sugestiva videoinstalación de la artista Francesa Tirelli reconstruye con la inteligencia artificial cómo la Europa de Casanova era una maraña de relaciones (Rousseau, Voltaire, Mozart, Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia, el papa Clemente XIII) y, al mismo tiempo, un flujo que se enreda de ciudad en ciudad.
Renata Codello abre puerta tras puerta. En la sala Inglaterra suena música para clavicémbalo del célebre compositor Baldassarre Galuppi. “Prohibido no tocar”, dice Codello en la sala Tarot. Toma una carta y lee la frase escrita en el reverso. “El hombre es libre, pero no lo es si no lo cree”. Las comillas son una citación del polifacético personaje. Durante todo el recorrido se exhiben materiales históricos procedentes de las colecciones de la Fundación Cini: valiosos libros sobre esoterismo, astrología y alquimia, raros teatros de marionetas, las partituras de Nino Rota para el filme Casanova de Federico Fellini, una colección completa del teatro de comedia de Carlo Goldoni y modelos que reproducen algunas de las escenografías más importantes del siglo XVIII.

Cuatro grabados de las Cárceles de Giambattista Piranesi (1720–1778), con sus ambientes imaginarios y claustrofóbicos, anticipan la penúltima sala. En seguida, unas escaleras conducen a una recreación del techado de plomo del Palacio Ducal, bajo el cual Casanova fue encarcelado por desacato a la religión y a la moral. La noche del 31 de octubre de 1756, perforó el techo de su celda, se escondió en un tragaluz y desde allí descendió al primer piso, escapando de puntillas al amanecer del 1 de noviembre.
La narración de la personalidad de Casanova —“plural, especular, contrastante, deformada, brillante, opaca, virtual y real, pero siempre vital y en movimiento”, zanja Codello— concluye en un teatro lleno de luz, sin barreras entre el escenario y la platea, invitando al visitante a asumir la doble dirección de la mirada hacia el teatro y hacia la vida. Como Casanova supo hacerlo mejor que nadie.
EL PAÍS
