Vivimos a toda pastilla. Quemando etapas, deglutiendo contenidos, absorbiendo estímulos audiovisuales —a través de toda clase de pantallas— que ya hemos olvidado al día siguiente. Qué digo al día siguiente: en cuestión de horas. Repaso ahora algo que escribí en abril de 2021, hace casi cinco años, y que apenas recordaba: “A Ruslán Mediavilla, madrileño de padres bielorrusos, de 21 años, se le mete en el saco del bedroom pop porque también hace su música de forma doméstica, pero es fácil —y, sobre todo, reconfortante— comprobar que ha escuchado un poco (o un mucho) de jazz y de house, y que eso se filtra en sus canciones: llegó incluso a colaborar con C. Tangana en su single, Bien”. Está bien comprobar que aquella proyección no ha caído en saco roto (los periodistas musicales somos pésimos pitonisos), porque Ruslán, que es el nombre real de Rusowsky, el músico que llenó anoche y llena hoy el auditorio de menor capacidad del Roig Arena de València (2.000 espectadores por noche; viene de meter 4.500 en cada uno de sus dos conciertos en el Sant Jordi Club de Barcelona), forma parte de aquella generación de músicos que empezaron a componer sus temas alrededor de 2019 y 2020, en cierto modo cortocircuitada por una pandemia que incentivó –junto a su propia estrechez presupuestaria, qué remedio– que se les metiera en el saco del pop de dormitorio.
Vivimos a toda pastilla. Quemando etapas, deglutiendo contenidos, absorbiendo estímulos audiovisuales —a través de toda clase de pantallas— que ya hemos olvidado al día siguiente. Qué digo al día siguiente: en cuestión de horas. Repaso ahora algo que escribí en abril de 2021, hace casi cinco años, y que apenas recordaba: “A Ruslán Mediavilla, madrileño de padres bielorrusos, de 21 años, se le mete en el saco del bedroom pop porque también hace su música de forma doméstica, pero es fácil —y, sobre todo, reconfortante— comprobar que ha escuchado un poco (o un mucho) de jazz y de house, y que eso se filtra en sus canciones: llegó incluso a colaborar con C. Tangana en su single, Bien”. Está bien comprobar que aquella proyección no ha caído en saco roto (los periodistas musicales somos pésimos pitonisos), porque Ruslán, que es el nombre real de Rusowsky, el músico que llenó anoche y llena hoy el auditorio de menor capacidad del Roig Arena de València (2.000 espectadores por noche; viene de meter 4.500 en cada uno de sus dos conciertos en el Sant Jordi Club de Barcelona), forma parte de aquella generación de músicos que empezaron a componer sus temas alrededor de 2019 y 2020, en cierto modo cortocircuitada por una pandemia que incentivó –junto a su propia estrechez presupuestaria, qué remedio– que se les metiera en el saco del pop de dormitorio. Seguir leyendo EL PAÍS
