
Dos recuerdos ya alejados me vuelven a la memoria estos días. En el primero de ellos es la noche del primer triunfo electoral de Barack Obama y yo vuelvo muy tarde a mi casa, después de haber participado en un programa de la cadena local New York One. Las instalaciones de la cadena, en el antiguo Meatpacking District, son muy espaciosas, pero la sección en español es tan modesta que los participantes en la tertulia tenemos casi que pegarnos los unos a los otros a lo largo de una única mesa para no salirnos del plano. Los gestos quedan limitados por el peligro de clavar un codo al comentarista de al lado. A todos se nos contagia una cierta sensación de euforia, alimentada por la elocuencia épica sin restricciones de ironía o sentido del ridículo que es tan propia de la vida política en Estados Unidos. No nos cuesta nada recitar las vacuidades del momento: el resultado histórico, la capacidad de renovación de la democracia americana, el presidente negro que va a cerrar las heridas inmemoriales del racismo, etcétera. Al salir me encuentro en la sala de espera con un hombre negro muy alto, muy bien vestido. Le digo, irreflexivamente: “Enhorabuena”, y él me contesta: “Yo he votado a McCain, pero gracias”.
El progreso que parecía apuntar que un negro llegase a la Casa Blanca apenas ha dado de sí
Dos recuerdos ya alejados me vuelven a la memoria estos días. En el primero de ellos es la noche del primer triunfo electoral de Barack Obama y yo vuelvo muy tarde a mi casa, después de haber participado en un programa de la cadena local New York One. Las instalaciones de la cadena, en el antiguo Meatpacking District, son muy espaciosas, pero la sección en español es tan modesta que los participantes en la tertulia tenemos casi que pegarnos los unos a los otros a lo largo de una única mesa para no salirnos del plano. Los gestos quedan limitados por el peligro de clavar un codo al comentarista de al lado. A todos se nos contagia una cierta sensación de euforia, alimentada por la elocuencia épica sin restricciones de ironía o sentido del ridículo que es tan propia de la vida política en Estados Unidos. No nos cuesta nada recitar las vacuidades del momento: el resultado histórico, la capacidad de renovación de la democracia americana, el presidente negro que va a cerrar las heridas inmemoriales del racismo, etcétera. Al salir me encuentro en la sala de espera con un hombre negro muy alto, muy bien vestido. Le digo, irreflexivamente: “Enhorabuena”, y él me contesta: “Yo he votado a McCain, pero gracias”.
Salgo a la calle después de medianoche. Se ven a lo lejos, hacia el norte, en Times Square, los fuegos artificiales que celebran la victoria. Hay gente que canta por la calle. El andén del metro y luego los vagones están llenos de una multitud festiva de gente joven. En la parada de Times Square el gentío es ya una inundación de cantos coreados y banderitas americanas. El tren sigue hacia el norte, pero hay tanta gente y es tanto el griterío jubiloso que no llego a oír por los altavoces uno de los avisos frecuentes de cambio de itinerario. He pasado de largo mi parada en la calle 103 y ahora me veo alejándome por Harlem y Washington Heights en dirección al Bronx. En ese tiempo breve sucede un cambio a mi alrededor. El clamor festivo se ha ido apagando a medida que las caras de los viajeros iban dejando de ser blancas. Por encima de la calle 125 la gente que viaja no celebra nada. Son personas pobres, hombres y mujeres, la mayoría inmigrantes, legales e ilegales, los que hacen los trabajos más agotadores, doblados de sueño en los asientos, ensimismados cada uno en su fatiga y en sus cavilaciones, algunos masticando esas comidas muy especiadas que se venden en los carritos de la calle, o echados contra el respaldo del asiento, durmiendo con la boca abierta, tapados con los capuchones de los abrigos. Muy al norte, en la vieja estación destartalada de la calle 168, con bóvedas y arcos como las ruinas de unas termas, consigo tomar un tren de regreso.
El segundo recuerdo es de unos años más tarde. Es 2013 y he ido a Memphis buscando el rastro de los últimos días de Martin Luther King y el de su asesino, James Earl Ray. Sobrecogidos de emoción, mi mujer y yo hemos llegado a la explanada del Lorraine Motel, delante del balcón corrido de la habitación 336. En esa baranda el doctor King se acodaba fumando un cigarro cuando un solo disparo de fusil le atravesó la mandíbula y le seccionó la yugular. Hay lugares sagrados. El Lorraine Motel es uno de ellos. En él se ha instalado el Museo de los Derechos Civiles, donde se conserva, entre muchos testimonios de infamia y heroísmo, un autobús medio quemado, uno de aquellos en los que viajaban juntos al Sur activistas blancos y negros para romper el apartheid en el transporte público y en las cantinas de las estaciones. La chatarra y el plástico calcinados de los asientos eran un testimonio más impresionante que esas imágenes de los noticiarios en las que hordas de hombres blancos asaltan con palos y armas los autobuses con sus caras deformadas por el odio. El museo es de una calidad documental y pedagógica intachable. Alumnos de instituto negros, blancos, asiáticos, morenos, recorren las instalaciones, a ratos conmovidos o extrañados, a ratos con un tedio de adolescentes sometidos a las lentitudes de un museo. En una réplica de la celda ocupada por Martin Luther King en la cárcel de Birmingham varios de ellos se sientan en el camastro mirando los móviles, con las cabezas juntas.
El hilo narrativo del museo deja una impresión doble: la de cosas sucedidas hace mucho tiempo, firmemente alojadas en el pasado neutro de los hechos históricos, y la de una historia dramática en la que el sufrimiento ha culminado en redención, y en un final si no del todo feliz, al menos mejor, y en colores vivos, no en el blanco y negro del pasado. Es el arco del progreso, que según creyó el doctor King se inclinaba en dirección a la justicia, y también el de las ficciones del cine y la televisión americanos, el the end feliz que compensa y justifica todo infortunio anterior. Esa mañana volvemos al centro de Memphis en uno de los tranvías como de saldo que circulan por la avenida principal. Digo de saldo porque cada uno es de una manera, como de segunda mano, traídos de aquí y de allá, algunos de ellos sin la menor duda de Lisboa. El conductor es un blanco joven y rubio. En una acera, entre dos paradas, hay una señora negra, encorvada por la vejez, que se mueve muy lentamente, y hace una señal desolada al paso del tranvía. Pero el conductor la ve y para, y se baja para ayudarla a subir, y a sentarse, con delicadeza y paciencia. Esta señora sería joven en la época de Martin Luther King. Me acuerdo inevitablemente de Rosa Parks, serena y firme, mirando por la ventanilla del autobús en el que no estaba dispuesta a permitir que la levantaran de su sitio. Pensábamos: hay progreso; una militancia organizada y no violenta, imaginativa, valerosa, persistente, puede mejorar las cosas de manera tangible, incluso irreversible; la desmoralización, el casi derrumbe de Martin Luther King en sus últimos días, quedaban redimidos después de su muerte, transfigurada en martirio necesario.
Luego vino lo que vino. En agosto de 2014, Michael Brown, un chico negro de 18 años que ni siquiera iba armado, murió por los disparos de un policía en Ferguson, Misuri. En diciembre, un policía de Nueva York le apretó el cuello hasta asfixiarlo a Eric Garner, un hombre negro que vendía cigarrillos sueltos. En junio de 2015, un supremacista blanco abrió fuego contra los asistentes a una iglesia afroamericana en Charleston, Carolina del Sur, y mató a ocho de ellos. Donald Trump, entonces solo un botarate de la televisión basura, llevaba años agitando la mentira de que Obama no era un presidente legítimo porque en realidad no había nacido en el país.
El simbolismo tan celebrado de que un hombre negro ocupara una Casa Blanca construida con el trabajo de los esclavos no dio mucho de sí. Obama no habría llegado a la presidencia si hubiera sido descendiente de esclavos, o si el color de su piel no viniera corregido por una madre blanca y por el sello de un doctorado en Harvard gracias al cual los multimillonarios de Wall Street que financian al Partido Demócrata podían verlo casi como uno de los suyos. Obama reanimó a la fiera racista que ha latido siempre en Estados Unidos, pero no se molestó en desmontar el tremendo aparato de vigilancia y represión urdido a partir del 11-S, ni emprendió reformas verdaderas contra la omnipotencia de los tiburones financieros que provocaron la crisis de 2008. Se fue como había llegado, decorativo y cool, aunque con el pelo agrisado, y a continuación él y su esposa, que sí es descendiente de esclavos, se dedicaron a ganar dinero, y a no levantar apenas sus voces contra la grotesca tiranía de su sucesor. En noviembre de 2016, en otra noche electoral, nos dimos cuenta de que nuestro tiempo en aquel país se estaba acabando, y de que el arco del progreso es bastante menos firme de lo que nos parecía.
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