Hoy nos acorralan las ventajas indudables y los miedos fundados de la IA que había prefigurado la fantasía visionaria de muchos creadores. Así fue ya en los orígenes, cuando en el siglo XIX el progreso científico y técnico propició que la imaginación se proyectara hacia la ideación de un futuro promisorio y perfecto o, por el contrario, de opresión y sometimiento. Hasta la obra de Jules Verne y después de H. G. Wells, la ficción científica se cultivó como un producto literario ajeno a la nobleza estética, aunque no a los intereses del mercado. En 1888, Edward Bellamy tocó una tecla sensible en su utopía Looking Backward: 2000-1887, y logró un bombazo comercial. Al mismo tiempo, en España Enrique Gaspar inventaba en El anacronópete (1887) una máquina del tiempo sin mucha pena ni gloria. Desde entonces hasta ahora la ciencia ficción se ha convertido en un género fundamental para interpretar nuestro tiempo y los miedos que nos escoltan. Obras como las de John Brunner —en Todos sobre Zanzíbar (1968) o en la sorprendente El jinete de la onda del shock (1975)—, como las de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick entre tantos, han transformado el género en un territorio de interrogación filosófica y política del presente y del porvenir que se avecina.
Hoy nos acorralan las ventajas indudables y los miedos fundados de la IA que había prefigurado la fantasía visionaria de muchos creadores. Así fue ya en los orígenes, cuando en el siglo XIX el progreso científico y técnico propició que la imaginación se proyectara hacia la ideación de un futuro promisorio y perfecto o, por el contrario, de opresión y sometimiento. Hasta la obra de Jules Verne y después de H. G. Wells, la ficción científica se cultivó como un producto literario ajeno a la nobleza estética, aunque no a los intereses del mercado. En 1888, Edward Bellamy tocó una tecla sensible en su utopía Looking Backward: 2000-1887, y logró un bombazo comercial. Al mismo tiempo, en España Enrique Gaspar inventaba en El anacronópete (1887) una máquina del tiempo sin mucha pena ni gloria. Desde entonces hasta ahora la ciencia ficción se ha convertido en un género fundamental para interpretar nuestro tiempo y los miedos que nos escoltan. Obras como las de John Brunner —en Todos sobre Zanzíbar (1968) o en la sorprendente El jinete de la onda del shock (1975)—, como las de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick entre tantos, han transformado el género en un territorio de interrogación filosófica y política del presente y del porvenir que se avecina. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
La antología editada por Juan Herrero Senés es un escaparate heterogéneo y jugosísimo de la fantasía futurista de nuestro siglo XIX

Hoy nos acorralan las ventajas indudables y los miedos fundados de la IA que había prefigurado la fantasía visionaria de muchos creadores. Así fue ya en los orígenes, cuando en el siglo XIX el progreso científico y técnico propició que la imaginación se proyectara hacia la ideación de un futuro promisorio y perfecto o, por el contrario, de opresión y sometimiento. Hasta la obra de Jules Verne y después de H. G. Wells, la ficción científica se cultivó como un producto literario ajeno a la nobleza estética, aunque no a los intereses del mercado. En 1888, Edward Bellamy tocó una tecla sensible en su utopía Looking Backward: 2000-1887, y logró un bombazo comercial. Al mismo tiempo, en España Enrique Gaspar inventaba en El anacronópete (1887) una máquina del tiempo sin mucha pena ni gloria. Desde entonces hasta ahora la ciencia ficción se ha convertido en un género fundamental para interpretar nuestro tiempo y los miedos que nos escoltan. Obras como las de John Brunner —en Todos sobre Zanzíbar (1968) o en la sorprendente El jinete de la onda del shock (1975)—, como las de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick entre tantos, han transformado el género en un territorio de interrogación filosófica y política del presente y del porvenir que se avecina.
También en las letras españolas hubo tempranas especulaciones literarias sobre las ventajas y perjuicios del avance científico. Juan Herrero Senés lleva años explorando el origen de la ciencia ficción en España. En 2020 había editado Mundos al descubierto, una antología de la ciencia ficción de 1898 a 1936, con piezas cuando menos curiosas de Unamuno, Azorín o Gómez de la Serna. Esta antología que comento, Más allá, dedicada al siglo XIX, viene a complementar la anterior y coincide con la publicación del ensayo de Herrero The Science Fiction of Defeat (Liverpool U. P.), sobre las guerras futuras imaginadas —y su uso ideológico— entre 1870 y 1939. Aparte de aplaudir y agradecer el notable esfuerzo de exhumación de textos raros y recónditos hay que subrayar el acierto con que Herrero los ha organizado en tres secciones: más allá de aquí (mundos utópicos y distópicos, viajes interplanetarios), de ahora (viajes al futuro) y de lo posible (hallazgos científicos inesperados). El conjunto de los 25 textos, que van de 1804 a 1897, es un escaparate heterogéneo y jugosísimo de la fantasía futurista de nuestro siglo XIX —en su mayor parte timorata y conservadora— donde un tropel de nombres desconocidos u olvidados (la mayoría de mucho interés) se mezcla con los más constantes cultivadores del género como Nilo María Fabra o José Fernández Bremón y con escritores de talla canónica como Clarín, Galdós o Echegaray.
La sorpresa y la sonrisa están aseguradas, como ocurre con los dos textos que dialogan entre sí sobre una confederación ibérica de España y Portugal o con el cuento de Ernesto García Ladevese sobre los rayos de Roentgen. De la visibilidad de Ladevese hace mofa, por cierto, Clarín, en su cuento apocalíptico sobre el fin de la humanidad, quizá el más enjundioso del libro, con guasa metaficcional incluida. No falta la presencia de alienígenas (Octavio Luis Amado), de viajes a la luna (Abdón de Paz) o la perspectiva marciana (Fabra transcribe un artículo de la prensa de Marte dedicado a la Tierra), como tampoco la especulación sobre una sociedad ideal (Marià Burguès o Rafael Blasco) o sobre su fracaso (Eugenio Sellés o el político Juan Bravo Murillo, con su distopía anticomunista). Ni faltan, por supuesto, los inventos técnicos dignos de celebrarse (Augusto Jerez Perchet) o de condenarse, como las gafas de rayos X del cuento de Echegaray, que permiten ver con horror el hervidero de ideas y sentimientos del cerebro y el mecanismo de la voluntad ajena y propia. Menos mal que para leer esta novedosa antología sobran las anteojeras.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Añadir usuarioContinuar leyendo aquí
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
Flecha
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
EL PAÍS

