Viajar también es recordar

A estas alturas de la vida hago ejercicio en la bicicleta estática durante media hora al día. Con ella puedo escalar valles y montañas, atravesar desiertos, cruzar los puentes de todos los ríos del planeta. Mientras pedaleo a veces trato de recordar los países y las ciudades que he visitado y al final algunos de aquellos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.

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 Mientras pedaleo recuerdo las ciudades que he visitado y al final algunos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria  

A estas alturas de la vida hago ejercicio en la bicicleta estática durante media hora al día. Con ella puedo escalar valles y montañas, atravesar desiertos, cruzar los puentes de todos los ríos del planeta. Mientras pedaleo a veces trato de recordar los países y las ciudades que he visitado y al final algunos de aquellos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.

¿Qué era París? Estar orgulloso de que Roger Cazes, el dueño soberano de la Brasserie de Lipp, que seleccionaba a sus clientes con mucho rigor, gracias al común amigo el gran periodista Feliciano Fidalgo, corresponsal de EL PAÍS, me diera la mesa en la que poco antes se habían sentado Mitterrand, Yves Montand y Jeanne Moreau, gente así, según me decía. París también consistía en comerse uno de los huevos duros que había en los cuencos de los veladores del Café de Flore y pensar que Camus, Sartre o Picasso pudieron haber hecho lo mismo; o leer con la emoción de un paleto advenedizo los nombres de Apollinaire, Gide, Samuel Beckett en las mesas de la Closerie des Lilas.

¿Qué era Praga? Era el musgo putrefacto que sudaban los sillares de la sinagoga de Pinkas del siglo XIV en las callejuelas del antiguo gueto, en el distrito de Josefov, que llevaban al viejo cementerio judío donde me encontré a una muchacha muy pálida, vestida de blanco, que permanecía de pie llorando frente a la estela de la tumba del poderoso rabino Löw, muerto en 1607, a quien la propia muerte temía. En este viaje supe que Kafka consistía en buscar el escarabajo de la Metamorfosis por toda la ciudad y estar condenado a no encontrarlo nunca hasta correr el peligro de que, al final, descubrieras que escarabajo eres tú.

¿Qué era Nueva Orleans? El olor a magnolia, a flores carnosas, a bebidas azucaradas de muchos colores con la hierbabuena asomada por el filo de los vasos largos; oír jazz puro sentado en el suelo en el Preservation Hall que se conservaba como el día en que Louis Armstrong tocó allí por primera vez la trompeta; ver pasar un entierro seguido de una orquestina de negros cantando la canción When the Saints Go Marchin In. Subir al tranvía que llevaba al barrio llamado Deseo y sentir que Marlon Brando con la camiseta sudada gritaba desaforado a su esposa Stella, y después encontrarte en Bourbon St. con Tennessee Williams, con Mark Twain, con Truman Capote bebiendo un licor duro en el Old Absinthe, cuyas paredes estaban empapeladas con dólares firmados.

¿Qué era Nairobi? No era la granja de Karen Blixen, situada a 15 kilómetros de la ciudad a la que acudí en peregrinación como un mitómano más de Las Memorias de África. Nairobi era para mí el recuerdo de la reserva de Massai Mara en la que me sentía protegido en una furgoneta montada como una jaula. Y vi que fuera, en la libertad de la sabana, un guepardo me observaba como si yo fuera una fiera muy peligrosa a la que había que tener enjaulada.

¿Qué era Shanghái? Era un millón de personas en cada esquina con una cantimplora en la mano. Era el Hotel Cathay, que mantenía el lujo ya destartalado anterior a la Revolución Maoista, en cuyo espacio flotaban los personajes de Vicki Baum, de Somerset Maugham y la acción de la novela de Malraux La condición humana. Ya no existían marineros entrando y saliendo de los olorosos burdeles de la calle Szechuan, ni gánsteres con esmoquin blanco, automóviles de cristales tintados a prueba de bala que trasportaban a los reyes de la prostitución, ni ruido de fichas en las timbas. En el armario de la habitación del hotel Cathay se podía entrar caminando y allí en el colgador alguna mujer había olvido un traje de seda hacía cien años.

¿Qué era Dublín? Era la tienda de ropa Brown Thomas de la calle Grafton, que sale en el Ulises de Joyce, donde me compré una gabardina blanca y al torcer una esquina me encontré con el famoso restaurante The Bailey, frente al pub Davy Byrnes donde Joyce solía tomar un vino acompañado con queso Gorgonzola. Dublín eran las borracheras con sucesivas pintas de cerveza Guinness envueltas en carcajadas, gritos y músicas en los pubs, los pecados de la carne todavía que había que confesarse los sábados e ir a misa el domingo bien lavados y bien peinados bajo el sonido de las campanas. “¡Que el señor os bendiga, hermanos!”, decía el cura desde el altar a aquella parroquia compuesta de familias sanísimas, hijas casaderas y novios formales.

Dublín consistía en seguir el itinerario del Ulises por todas partes y saber que la ciudad estaba podrida por su literatura de modo que cualquier muchacha pelirroja podía ser Molly Bloom y, en su defecto, Nora Bernacle. Allí estaba el hotel Gresham donde tiene lugar la última escena de la película Los muertos, de Joyce, dirigida por John Huston. Mientras pedaleo en la bicicleta van y vienen otros países, otras ciudades convertidas en evanescentes ráfagas de la memoria. Y cumplida la media hora de ejercicio me apeo.

 EL PAÍS

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