En los cuentos reunidos en dos libros deslumbrantes, Una edad difícil (2005) y La glándula de Ícaro (2013), con un manejo admirable del horror, del humor, de la monstruosidad y de vodevilescos detalles de la vida cotidiana, Anna Starobinets (Moscú, 1978) evidenciaba saber bien que para convencer de lo increíble nada mejor que expresarse de un modo informativo y neutro. Ahora, con la dilatada epopeya coral novelada en El Vado de los Zorros, realiza un paso más allá, sobrecogedor y eléctrico, bárbaro y sublime, y da consistencia a una amalgama de tramas argumentales tan disímiles y aun opuestas entre sí que, en una primera instancia, dudaríamos que hubiese una mano suficientemente firme para ensamblarlas todas con harmonía en un organismo narrativo seguro y eficaz.
En los cuentos reunidos en dos libros deslumbrantes, Una edad difícil (2005) y La glándula de Ícaro (2013), con un manejo admirable del horror, del humor, de la monstruosidad y de vodevilescos detalles de la vida cotidiana, Anna Starobinets (Moscú, 1978) evidenciaba saber bien que para convencer de lo increíble nada mejor que expresarse de un modo informativo y neutro. Ahora, con la dilatada epopeya coral novelada en El Vado de los Zorros, realiza un paso más allá, sobrecogedor y eléctrico, bárbaro y sublime, y da consistencia a una amalgama de tramas argumentales tan disímiles y aun opuestas entre sí que, en una primera instancia, dudaríamos que hubiese una mano suficientemente firme para ensamblarlas todas con harmonía en un organismo narrativo seguro y eficaz. Seguir leyendo
En los cuentos reunidos en dos libros deslumbrantes, Una edad difícil (2005) y La glándula de Ícaro (2013), con un manejo admirable del horror, del humor, de la monstruosidad y de vodevilescos detalles de la vida cotidiana, Anna Starobinets (Moscú, 1978) evidenciaba saber bien que para convencer de lo increíble nada mejor que expresarse de un modo informativo y neutro. Ahora, con la dilatada epopeya coral novelada en El Vado de los Zorros, realiza un paso más allá, sobrecogedor y eléctrico, bárbaro y sublime, y da consistencia a una amalgama de tramas argumentales tan disímiles y aun opuestas entre sí que, en una primera instancia, dudaríamos que hubiese una mano suficientemente firme para ensamblarlas todas con harmonía en un organismo narrativo seguro y eficaz.
¿Cómo pueden convivir con tamaña naturalidad, en un confín de la Manchuria de 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, un antiguo artista de circo fugitivo de un gulag y enredado en la búsqueda de su mujer desaparecida, unos agentes del servicio de espionaje soviético cuyo mando posee los poderes de un mentalista hipnotizador, unos desalmados científicos japoneses y nazis empecinados en hallar la fuente de la inmortalidad experimentando con prisioneros, una comunidad de viejos creyentes —aquellos opositores a las reformas litúrgicas impuestas por la iglesia ortodoxa— huidos de la colectivización bolchevique, un linaje embrujado de mujeres zorro con nueve colas surgidas de la mitología china y japonesa, eternos y escurridizos maestros taoístas, muertos resucitados gracias a la ingesta de un elixir mágico, viajes al fondo de los sueños ajenos, metamorfosis incesantes, y un nutrido grupo de comparsas participando más o menos en la historia para hacer bulto, contribuir al bullicio y a la animación y poner alguna que otra pincelada de color local? ¿Cómo consigue Anna Starobinets, en fin, seducirnos, subyugarnos y conmovernos desde el instante primero con la mezcolanza profundamente seria de un material propio de un thriller de rango elemental?
En El Vado de los Zorros destaca, ocupando una de las posiciones de honor, el irrestañable placer de contar: capítulo tras capítulo, existe una primorosa graduación de ritmo y clímax, una intensidad progresiva —aquí se nota el ímpetu del diseño de la imaginación de la Anna Starobinets cuentista—, donde cada componente de las acciones o las aventuras se anima y desempeña su papel mientras sensaciones y sentimientos, actos y actitudes, personajes, cosas y paisajes, se traban en los círculos de una intriga que nos envuelve con creciente energía, como si Anna Starobinets se adueñara de lo que dice una de las ancestrales mujeres zorro: “Los cuentos con finales felices son algo bastante reciente. Nuestro cuento es demasiado antiguo y sangriento, samurái. En él no hay lugar para la clemencia”.
Lejos de la espectacularidad decorativa, la tortuosa violencia que anida en la mayoría de pasajes constituye un acicate indeclinable para seguir el galope diestro, elegante y fogoso de una novela reacia a dejarse domeñar, aunque no siempre lleguemos a comprender qué ocurre y por qué ocurre, y aunque no sean pocas las ocasiones en que compartiremos las reflexiones de uno de sus personajes: “Es como si se me escapara un detalle importante. Como si mi corazón ya lo hubiera visto pero mi mente aún no”. Las figuras y los incidentes, sin embargo, están delineados con un pulso infalible, aquí y allá estallan retazos de alta sabiduría moral dignos de subrayar —“Los malos pensamientos eran fáciles de distinguir de los normales: parecían ajenos. Como si pertenecieran a otra persona”—, y no nos sorprendería que la intensidad milimétrica y el preciso y frío furor de la prosa de Anna Starobinets le concediera la misma virtud que a uno de sus personajes secundarios y fuera capaz de diferenciar “treinta y dos matices en el olor de la sangre humana”.
Lectura gozosa como pocas, nos adentramos en el limbo excelso de la grandeza fulmínea de la turbia y salvaje Manchuria del año 1945, y salimos de ella como si un aire vivificador nos hubiera iluminado un poco, quizás porque sin darnos cuenta hemos visto y oído algo parecido —una lección— a lo que ve y oye uno de los chinos que andan por ahí: oculto tras unos espesos arbustos, espía como un soldado y un capitán se le acercan “charlando alegremente sobre el tema favorito de los rusos: el alma, misteriosa y oscura”, al fin y al cabo el núcleo central de El Vado de los Zorros.

Anna Starobinets
Traducción de Viktoria Leftérova y Enrique Maldonado
Impedimenta, 2025
784 páginas, 34,95 euros
EL PAÍS
