Ser un golpista contra la legalidad constitucional no implica ser un militar incompetente o un alto funcionario inútil. Puede ocurrir exactamente lo contrario y pocos casos lo ejemplifican mejor que el coronel José Ungría. Fue un personaje clave en el final de la Guerra Civil. Nacido en Barcelona en 1890 y con formación de primer nivel en el extranjero desde principios de la década de los veinte del siglo XX, antes de la guerra Ungría había sido agregado en varias embajadas y ya era el mayor especialista en espionaje y contraespionaje del ejército español. Al estallar el conflicto, el agregado militar de la embajada francesa lo escondió en Madrid y, en mayo de 1937, tras su llegada a la España controlada por los generales insurrectos, Franco le nombró Jefe de los Servicios de Información. Los reformó por completo y los convirtió en una pieza fundamental de la victoria bélica y la institucionalización represiva de la dictadura.
Ser un golpista contra la legalidad constitucional no implica ser un militar incompetente o un alto funcionario inútil. Puede ocurrir exactamente lo contrario y pocos casos lo ejemplifican mejor que el coronel José Ungría. Fue un personaje clave en el final de la Guerra Civil. Nacido en Barcelona en 1890 y con formación de primer nivel en el extranjero desde principios de la década de los veinte del siglo XX, antes de la guerra Ungría había sido agregado en varias embajadas y ya era el mayor especialista en espionaje y contraespionaje del ejército español. Al estallar el conflicto, el agregado militar de la embajada francesa lo escondió en Madrid y, en mayo de 1937, tras su llegada a la España controlada por los generales insurrectos, Franco le nombró Jefe de los Servicios de Información. Los reformó por completo y los convirtió en una pieza fundamental de la victoria bélica y la institucionalización represiva de la dictadura. Seguir leyendo
Ser un golpista contra la legalidad constitucional no implica ser un militar incompetente o un alto funcionario inútil. Puede ocurrir exactamente lo contrario y pocos casos lo ejemplifican mejor que el coronel José Ungría. Fue un personaje clave en el final de la Guerra Civil. Nacido en Barcelona en 1890 y con formación de primer nivel en el extranjero desde principios de la década de los veinte del siglo XX, antes de la guerra Ungría había sido agregado en varias embajadas y ya era el mayor especialista en espionaje y contraespionaje del ejército español. Al estallar el conflicto, el agregado militar de la embajada francesa lo escondió en Madrid y, en mayo de 1937, tras su llegada a la España controlada por los generales insurrectos, Franco le nombró Jefe de los Servicios de Información. Los reformó por completo y los convirtió en una pieza fundamental de la victoria bélica y la institucionalización represiva de la dictadura.
Ungría es el gestor en la sombra de la historia que cuenta Cómo terminó la guerra civil española, que llega hoy a las librerías. La tesis principal que desarrolla Gutmaro Gómez Bravo en su nuevo libro rompe con las versiones establecidas sobre cómo se gestó el principio del fin de la guerra y cuál fue el desarrollo de ese epílogo controlado en todo momento por el Cuartel General de Burgos.

Esas versiones dominantes han situado lo ideológico como núcleo de la explicación —incluyendo el golpe de estado del general Casado contra el presidente Juan Negrín— y fueron elaboradas inmediatamente tras el fin del conflicto, borrando lo realmente ocurrido. “Seguimos en una historia de vencedores y vencidos, de héroes y villanos, de ingenuos y clarividentes. Una historia, en definitiva, de buenos y malos”. Pero ahora, al estar a disposición de los investigadores la documentación del Servicio de Información y Policía Militar de Burgos, puede reconstruirse la amplia operación de inteligencia militar que desembocó no en un armisticio ni una amnistía sino, como quiso Franco, en una rendición incondicional que fue el prólogo de una milimétrica represión impuesta por la dictadura y moldeada por la Iglesia.
El ideólogo de esa operación para la victoria total fue el coronel Ungría. El catedrático Gómez Bravo sustancia esta tesis a partir de una serie de informes agrupados bajo el epígrafe “Enterado S.E.” y que en su día fueron entregados en mano a Franco; en muchos casos “Su Excelencia el Jefe del Estado” hizo anotaciones estratégicas en los márgenes y aquí se transcriben. Son documentos que pudieron empezar a consultarse en el Archivo General Militar de Ávila a partir de 2020. El historiador complementa su investigación con otros centenares de documentos, en muchos casos no explorados hasta ahora, conservados en archivos españoles y de diversos países europeos.
Así puede reconstruirse cómo trabajaba el servicio dirigido por José Ungría: una policía secreta situada a la cabeza de la seguridad del Estado y cuya concentración de poder replicaba el modelo nacionalsocialista alemán. Las relaciones entre los dos gobiernos no habían parado de crecer desde el inicio de la guerra y, en la dimensión del espionaje, resultó clave el Acuerdo de Cooperación Policial Hispano-Alemán rubricado en julio de 1938. Ungría militarizó el espionaje franquista y lo modernizó. “Incorporó los principales cambios tecnológicos en protección y difusión de datos y unificó los sistemas de comunicación por radio que, con apoyo italiano y alemán, funcionaban entre Madrid, Barcelona y San Sebastián”. Tenía infiltrados en buena parte del estado, no había comunicación del ejército y el gobierno republicano que se le escapase. Tienen los mapas, tienes mecanismos para descifrar mensajes en clave.
A mediados de noviembre de 1938, tras la victoria militar del ejército autodenominado nacional en la Batalla del Ebro, empezó la operación de inteligencia definitiva: dividir al agotado enemigo desde dentro, conspirar para derribar al gobierno republicano. Uno de los brazos ejecutores de la operación fue un grupo de elite de la quinta columna madrileña. Calles, sótanos y despachos de Madrid son el espacio principal del libro.
La conspiración de la elite católica
La reunión secreta se celebró en la capital, el 23 de diciembre de 1938, en una casa de la calle Lealtad —antes Alfonso XII—, en uno de los barrios más lujosos de Madrid. Era la residencia particular de Eduardo López-Palop, el decano del Colegio de Abogados. El abogado Vicente Mayor, que era capellán de la Armada y estaba allí, apretó con una mano un misal y con la otra acercaba un crucifijo a los labios de los asistentes para que lo besasen tras pronunciar un juramento. “Juro ante Dios y los Santos Evangelios: ejecutar y hacer ejecutar cuanto sea necesario para lograr el triunfo definitivo de la causa nacional en la zona española aún no liberada”. Tenían hilo directo con Franco, se estaban constituyendo en el llamado Comité Asesor cuya composición ha sido cuidadosamente revisada por Ungría en el Cuartel General de Burgos.

Los conspiradores reunidos, además de católicos militantes, mantenían altas responsabilidades profesionales en la zona republicana y disponían de información privilegiada. Fernando del Pino era subdirector de Ferrocarriles Andaluces y del Oeste: conocía la situación de tranvía o metro y la comunicación de radio, telégrafo y las redes de teléfono. Ángel García Vinuesa, director de una compañía eléctrica, se encargaba de informar sobre la industria y especialmente sobre abastecimientos, una clave para minar la moral de una ciudadanía cada vez más hambrienta. El abogado del estado Mariano Traver, consejero de los ferrocarriles MZA y de CAMPSA, era el responsable del servicio de orden. El capellán levantaba acta de las reuniones —porque a partir de ese momento fueron constantes— y conocía el lenguaje cifrado. El jefe del consejo asesor era José María Taboada, secretario de Acción Católica en la clandestinidad. Su influencia en el Vaticano le había permitido cortocircuitar la mediación que proponía Roma hacía pocos meses y, gracias a sus gestiones, en Burgos habían recibido la cartografía del Ebro elaborada por el Estado Mayor Republicano.
En esa fase final de la guerra, la nueva misión del Comité Asesor era apuntalar las condiciones sociales y políticas para forzar la caída de Negrín. Su apuesta de desgaste moral era la propaganda: el mensaje fue el hambre de una población a la que Burgos, con las octavillas que lanzaba desde el aire (con panecillos incluidos), debía convencer que la falta de alimentos que sufría era consecuencia de la acción gubernamental comunista. “El hambre fue el verdadero Caballo de Troya de la inteligencia militar”, escribe Gómez Bravo, “el Cuartel General de Burgos advirtió que no había mejor política que el hambre y el empeoramiento de las condiciones de vida, para acabar con su gobierno”.
Esa presión psicológica también minó al Estado Mayor republicano, según afirmó uno de los presentes en esa reunión de la quinta columna. “Debemos sembrar el desánimo entre los militares”. La misión era separar a la población y a los militares republicanos profesionales de su gobierno. Casi todo iba a su favor. En aquel momento el general Vicente Rojo —jefe del Estado Mayor republicano— ya había asumido que la mejor opción la capitulación y así lo expuso en la última reunión agónica de las Cortes.
El Comité Asesor también lideró en aquel momento una iniciativa política de primer nivel atendiendo la petición del Cuartel General: la constitución en Madrid del Partido Único. Al otorgarse esa representatividad política, desde finales de enero avanzaron en sus objetivos fijando una nueva etapa en su afán por derribar al gobierno Negrín. Tenían las redes de acceso a figuras claves del mando republicano que no veían sentido alguno a mantener la guerra. “El acercamiento de ambos personajes, señores Besteiro y Casado, precipitará los acontecimientos”, consta en los informes que enviaban a Burgos. A finales de enero los miembros del Comité ya estaban en negociaciones con los dos. Traver se había citado con el prestigioso socialista Besteiro, Taboada con un delegado del general Casado. Era el principio del fin y debía hacerse según el marco que Ungría va imponer: “Ganar la guerra y asegurar la victoria”.
Control militar total
Hay diversos momentos del libro en los que Gutmaro Gómez Bravo, a partir de la riquísima documentación que maneja, arriesga con la historia narrativa para que el lector visualice la escena que está leyendo. Por ejemplo, esta. El teniente coronel Francisco Bonell —director del principal núcleo de información y encriptación y análisis del ejército de Franco— viajó de noche desde una pequeña localidad de Toledo a Ávila donde le esperaban dos coches que lo escoltaron hasta Burgos. Iba a reunirse con José Ungría para entregarle un documento trascendental: las Instrucciones para la rendición fechadas el 6 de febrero. Regresó a su lugar de batalla desde el inicio de la guerra: La Torre de Esteban Hambrán. Transmitirá por radio las Instrucciones al servicio de información militar de la capital. Fue el teniente coronel Bonell, por orden de Ungría, quien tomó el mando de las negociaciones para la rendición del enemigo. Se constituyó un Servicio Exterior bajo su control con el propósito de controlar las negociaciones abiertas en Madrid, Barcelona y Valencia.






“Solo habría perdón para los que se rindieran inmediatamente”. Así se podría lograr con rapidez el objetivo: la ocupación ordenada del territorio, en especial de las ciudades. ¿La guerra que todos perdimos? Más bien no. Franco y su Cuartel General la estaban ganando en todos los frentes y a todos los niveles.
La información diplomática con la que trabaja Gómez Bravo no deja lugar a dudas: Stalin no quería apoyar militarmente más a la República, los países del Eje seguían siendo cómplices de Franco y aceptaban no hacer públicos los acuerdos de cooperación a los que llegaban e iban a reconocer a de inmediato a la España Nacional tanto Inglaterra como Francia, cuyo gobierno debía gestionar la llegada de miles de refugiados españoles a sus playas y en el sur del país. Los golpistas, que ya son oficialmente reconocidos como los representantes de España, tenían el estado perfectamente infiltrado, la población de la zona republicana sufriendo con frío y hambre y el ejército enemigo cada vez más dividido, incluso más desde que se habían dado a conocer las Instrucciones que establecían un marco para saber cuál podría ser el futuro individual de soldados o militantes, y que sería incumplido.
El teniente coronel Bonell envió telegrama a Burgos y Ungría se lo transmitió personalmente a Franco. “Casado se encuentra en comunicación directa con Besteiro. Pide en principio que se respete la vida a los militares decentes. Para él no pide nada. Se compromete a garantizar el orden en Madrid y las vidas de los presos y los refugiados en Embajadas”. Terminus —nombre en clave de Franco en el Cuartel General— respondió implacable. “A Ejército Nacional no interesan como objetivos inmediatos las poblaciones, sino la entrega o destrucción del Ejército rojo o de sus grandes núcleos, así como medidas deben facilitar este fin que precipitaría acontecimientos. Deben tener en cuenta nos sobran medios y hombres para lograrlo rápidamente por fuerza armas”. Días después Franco leyó con atención la información de las negociaciones que le entregaba Ungría. “Casado prometió a nuestro agente Centaño para sábado 25 Gobierno Besteiro o militar, que desarrollará plan entregando armamento y municiones de todo el ejército rojo al nacional y pasando después unidades rojas sucesivamente a zona nacional”. Una vez que estaba atrapado en su propio plan, que le llevará al golpe y constituir el Consejo de Defensa, Terminus será, como siempre, implacable. “Ordenó que cortaran la comunicación con Casado”.
Cuando la situación en Madrid estuvo pacificada, Casado y el general Manuel Matallana rogarán a Burgos para que les concediera la posibilidad de reunirse y negociar la rendición. Franco tampoco. “No cabe otra solución que la rendición sin condiciones, no estando dispuesta la España nacional que se haga política a su costa”. Finalmente, a las once de la mañana del 23 de marzo de 1939, un artillero americano Douglas aterrizó en el aeródromo de Gamonal. Allí, en el pabellón de oficiales, se celebrará una reunión de la delegación del nuevo estado con dos representantes del ejército republicano que, en realidad, trabajan conjuntamente desde hace tiempo. Escenifican el fin de la guerra. Las Instrucciones para la rendición han pasado a denominarse Concesiones del Generalísimo. No hay negociación. Solo puede haber aceptación de la rendición incondicional. No habrá ofensiva militar final. Hay Normas para la rápida ocupación total del territorio enemigo. No hay un combate que certifique la victoria, aunque así se escenifique. “Es la consumación de una larga operación de inteligencia, dirigida plenamente a la captación, la entrega y la rendición del enemigo desde dentro”.

Gutmaro Gómez Bravo
Crítica, 2026
378 páginas, 21,90 euros
EL PAÍS
