<p>Gigante. Pocas veces una palabra resuelve ella sola la presentación de un personaje. Gigante es, de tamaño, <strong>José María Pou</strong> (Mollet del Vallés, 1944), con ese 1,96 que si ha menguado algo tras 81 años de tralla, no se nota; sigue resultando imponente. Gigante es su carrera, uno de los grandes actores de nuestra historia, pura leyenda del teatro. Gigante es su talento, que provoca que el fotógrafo olvidé pulsar el disparador cuando, para cumplir con la petición de que haga algún gesto, decide interpretar, sólo para nosotros, fragmentos de su actual trabajo y se para el tiempo.<strong> ‘Gigante’</strong> es, también, el título de la obra que representa hasta finales de abril en el <strong>teatro Bellas Artes de Madrid</strong>, antes de girar por toda España. Y gigante es, por último, el personaje al que da vida, <strong>Roald Dahl</strong>, el prodigioso escritor (no sólo) juvenil, que, en 1983, se enfrenta a la ira popular por unas declaraciones antisemitas. La Historia tiende a repetirse, ya saben.</p>
El gigante de nuestro teatro asegura que lleva 10 años intentando jubilarse sin éxito. «¿Por qué? Porque soy imbécil», sentencia, imponente, antes de reflexionar sobre la Transición, la extrema derecha, las redes sociales, el ‘procés’ y lo que surja
Gigante. Pocas veces una palabra resuelve ella sola la presentación de un personaje. Gigante es, de tamaño, José María Pou (Mollet del Vallés, 1944), con ese 1,96 que si ha menguado algo tras 81 años de tralla, no se nota; sigue resultando imponente. Gigante es su carrera, uno de los grandes actores de nuestra historia, pura leyenda del teatro. Gigante es su talento, que provoca que el fotógrafo olvidé pulsar el disparador cuando, para cumplir con la petición de que haga algún gesto, decide interpretar, sólo para nosotros, fragmentos de su actual trabajo y se para el tiempo. ‘Gigante’ es, también, el título de la obra que representa hasta finales de abril en el teatro Bellas Artes de Madrid, antes de girar por toda España. Y gigante es, por último, el personaje al que da vida, Roald Dahl, el prodigioso escritor (no sólo) juvenil, que, en 1983, se enfrenta a la ira popular por unas declaraciones antisemitas. La Historia tiende a repetirse, ya saben.
«Es un antecedente clarísimo de la política de la cancelación actual. No tuvo éxito porque sus libros no se prohibieron ni se retiraron de las bibliotecas pese a que él no se retractó, pero se intentó y eso ya es muy grave. El caso de Dahl es muy curioso porque muestra cómo estamos yendo hacia atrás», reflexiona Pou.
- ¿En qué retrocedemos?
- En 1983 se produce el escándalo, amenazan con quitar sus libros de los estantes, pero finalmente no se lleva a cabo. Sin embargo, hace tres años, sus editores sí aplicaron una cierta política de cancelación sobre su obra y decidieron modificar algunos de sus textos, como ‘Charlie y la fábrica de chocolate’ o ‘Matilda’ para quitar algunas palabras que podían resultar ofensivas según la actual sensibilidad. Palabras como gordo o feo, nada terrible.
- Entiendo que no está de acuerdo.
- No. Tu obra es tu obra, el revisionismo es peligroso y Dahl ya no estaba vivo para defenderse. Lo que pasa es que, desde que nos convertimos todos en hipersensibles ante muchas cosas, a veces se pierde la perspectiva. Roald Dahl era, después de Shakespeare, Dickens y Agatha Christie, igual ahora también J. K. Rowling, el autor inglés más vendido en el mundo, me parece muy osado tocar su obra sin su permiso. Las cosas, incluso las mejor intencionadas, llevadas a los extremos son siempre perjudiciales. Soy un lector empedernido, tengo entre 6.000 y 7.000 libros. Normalmente, las familias se cambian de casa porque van creciendo los hijos y yo me cambié de casa porque fueron creciendo los libros. Quiero decir que he leído y leo muchísimo y, tras meditar mucho sobre el tema, soy partidario de separar siempre al autor de su obra.
- ¿Haga lo que haga y diga lo que diga?
- Sí. A veces cuesta a nivel personal porque, cuando te enteras de determinados comportamientos de autores a los que admiras, duele y te plantea automáticamente una pregunta que tú mismo debes contestarte: ¿voy a cancelar yo, personalmente, a un autor por ser de una manera determinada? Después de pensarlo con tiempo, he llegado a la conclusión de que, en mi caso concreto, nunca en la vida. No dejaré de escuchar la Quinta o la Novena de Beethoven por más que alguien descubriera hace poco que era un hijoputa ni voy a dejar de ver las películas de Woody Allen. Si hay algo que ayuda a vivir, ¿por qué voy a prescindir de ello? ¿Por el simple hecho de que el señor que lo manufacturó tuviera unos comportamientos ética y moralmente condenables? Yo no voy a prescindir de algo que me hace feliz. Uno tiene que convertirse, individualmente, en juez ante esas cosas, saber cuál es tu límite según tu concepto de la ética o de la moral, y yo soy absolutamente capaz, y lo hago, de separar al autor de su obra.
- Vayamos al hilo conductor de estas entrevistas, lo que ha cambiado España en estos casi 50 años de democracia. ¿Era todo tan bonito o habla la nostalgia?
- Lo era. Yo puedo decir que viví en los felices 80. Tengo 81 años y me considero afortunado de haber podido vivir el final del franquismo, la Transición, la llegada de la democracia y esos años felices que la siguieron. Durante toda aquella época yo vivía en Madrid, donde he vivido 40 años, y los de la Transición fueron años de absoluta alegría, felicidad y plenitud. No hablo a nivel político aunque también creo que fueron muy positivos y a día de hoy sigo defendiendo la Transición política. Se hizo lo más adecuado y es un ejemplo de la convivencia y el entendimiento entre ideologías que ya no hay hoy en día. La aplaudo absolutamente, pero fue aún mejor a nivel social, cultural y cotidiano. Fue un momento de apertura brutal en el que, quizás, con esa explosión de sacar el tapón de la botella y lanzarse, puede que se cometieran excesos en aras de una libertad mal entendida. Se decía mucho entonces que no había que confundir libertad con libertinaje, pero se confundían [risas]. En cualquier caso, nosotros mismos fuimos regulando eso y fue una etapa de felicidad total y absoluta en España.
- ¿Y en qué momento se torció todo?
- El paso del tiempo es un bucle, todo va repitiéndose. Es algo que los historiadores y los sociólogos saben de sobra. Llega a un momento en que esa libertad y esa apertura dejan de ser novedad y motivo disfrutón de alegría y satisfacción para, poco a poco, convertirse en normalidad. Y todo aquello que llega a un valle de normalidad, al cabo de un tiempo, aburre un poco, deja de valorarse y cuidarse y empiezan a surgir pequeñas burbujas, como si fuera una capa de pintura, que van creciendo y exigiendo una revisión de esa normalidad. Si no se hace, esas burbujas crecen descontroladas y es muy posible que estropeen la pintura. Creo que ese es el motivo por el que se inició un deterioro que no deja de ser una evolución lógica de la sociedad, pero se ha visto agravado por la situación concreta de hoy en día y es que hay algo que no se puede obviar, es fundamental y es lo que lo ha condicionado todo: el cambio de paradigma en la comunicación.
- ¿Las redes sociales?
- En efecto. La fusión entre la tecnología y la informática que se ha producido en los últimos 30 años ha alimentado a unas generaciones nuevas que se han documentado, conocido y comunicado a través de algo que interfiere, creo yo, en el trato puramente humano. No digo que haya que volver a la Edad de Piedra, pero en esa época de la Transición, cuando no teníamos todavía toda esta cantidad de herramientas a mano, la convivencia y el entendimiento eran más fluidos porque había un trato personal y la vida social funcionaba a nivel de piel. Nos tocábamos más y nos hablábamos mirándonos a los ojos unos a otros. Hoy en día, la gente ha dejado de mirarse y de hablar cara a cara. La gente habla mirando pantallas y eso me parece terrible y un elemento fundamental para que hayan brotado estos movimientos tan extremos a los que se está llegando.
- Usted, que vivió el franquismo y su final, ¿pensaba que volvería a ver una extrema derecha tan fuerte en España?
- Imposible, nunca pensé que volvería a ver algo así estando yo vivo. Sufrí el franquismo durante muchísimos años y viví esa explosión de libertad que nos hizo mejores a todos y di por hecho que habíamos aprendido como país y como sociedad. Nunca hubiera podido imaginar esto que vivimos. Me horroriza absolutamente el auge de la extrema derecha. Sé que es un movimiento general en todo el mundo, pero en España me duele aún más porque pensé que, teniéndolo tan próximo en el tiempo, no olvidaríamos. El problema está en la falta de información y en la información deformada, que es peor, que han recibido las generaciones posteriores. Preguntas a la gente joven hoy en qué año murió Franco o qué pasó en la Guerra Civil española y muchos no saben contestarte o te cuentan historias que han escuchado en redes y ni se acercan a la realidad que vivimos nosotros. Es muy triste.
- ¿El gran error de la Transición fue convertir la dictadura en tema tabú, a nivel educativo y social, durante mucho tiempo?
- Claro, a eso me refiero. Si a la Transición se le puede acusar de algo negativo, cuyas consecuencias estamos padeciendo ahora y no nos dimos tiempo en su momento, es de haber sido demasiado poco radical. Fue demasiado benévola con los franquistas, pero en aquel momento los siete padres de la Constitución, Roca i Junyent, Solé Tura Peces-Barba y demás, tienen algunos franquistas como Fraga entre ellos. Era un grupo de distintas ideologías y consideraron que lo mejor era sacrificar algunas medidas más radicales, especialmente una ruptura mucho más brutal y clara con la dictadura, en aras de la convivencia. Tenía sentido en su momento, pero con el tiempo ha acabado siendo un problema. Las generaciones siguientes han confundido, creo, dos palabras: perdonar con olvidar. Y no es lo mismo.
- Se potenció el olvido.
- Exacto. Se ha preferido olvidar, que es más sencillo porque el franquismo hizo muchas cosas absolutamente imperdonables, pero olvidar todo lo que pasó antes del 75 no es bueno y es lo que ha propiciado que mucha gente, por ignorancia y falta de información, esté actuando ahora con esa ligereza con la extrema derecha. Esto es muy triste, pero tiene cierta explicación generacional. Si no has educado a los chavales en que aquella España era una mierda, igual que nosotros cuando con 20 años nos manifestábamos continuamente y corríamos delante de los grises, ellos sienten ahora esa necesidad vital de oponerse. Uno empieza por oponerse a las decisiones de los padres, luego pasas a pelearte con los amigos por discrepancia de ideas y eso va creciendo. Forma parte de una etapa de la vida y, como les falta información, creen equivocadamente que hoy lo revolucionario es ser de extrema derecha. Es aquel viejo adagio de que cuando eres joven tienes que ser forzosamente revolucionario y uno cuando eres mayor, forzosamente conservador. Nunca he estado de acuerdo con la segunda parte, pero creo que la primera es cierta. El joven necesita oponerse por definición.
- En este caso, oponerse a lo que construyó su generación.
- Claro, porque para ellos la democracia y el Estado de Bienestar son la normalidad y les apetece salirse de ella. Lo malo, creo yo, del momento actual es que esas generaciones reciben mucha desinformación producto de la tecnología. Reciben constantemente inputs de cualquiera y los reciben en solitario, que es algo muy importante. Estos inputs machistas o fascistas o lo que sea, antes te llegaban en las reuniones del colegio mayor, en la facultad o en en el bar donde hacíamos tertulias a diario y eran sometidos a discusión colectiva en ese mismo momento. Eso filtraba mucho y limitaba la capacidad de comerle a alguien el cerebro. Hoy en día, uno de los problemas gravísimos de la sociedad es que gran parte de esa información, los jóvenes la digieren en solitario, en su habitación, sin nadie que se la discuta y se van fabricando sus fantasmas sin contrastarlos con otros que podrían ayudarles a entender más las cosas.
- Volvemos a las redes sociales.
- En efecto. Es una lástima porque cualquier cosa que permita la comunicación y la difusión de información siempre es fantástica y maravillosa, pero se está haciendo un mal uso de ellas. Yo soy un eremita de las redes sociales. En mi móvil nunca ha entrado un tweet, ni siquiera he instalado la aplicación ni la de Instagram ni la de Facebook, en su momento, a pesar de que si entras en esos sitios encontrarás cuentas a mi nombre. Son todas falsas. Sólo uso WhatsApp porque es una herramienta muy útil de trabajo.
- Hace 10 años eso le hubiera convertido en un ludita cascarrabias, pero hoy empieza a ser tendencia.
- Sí, justo ayer leí un reportaje sobre la gente que defiende volver a la comunicación humana y que renuncia expresamente a las relaciones virtuales. Es bueno y me da la razón. Fui algo visionario. A lo mejor es un problema de pedantería y de excesiva confianza en mí, pero desde el primer momento tuve clarísimo que a mí solo me interesaba recibir aquello que yo elegía. Formo mis opiniones a través de todo lo que he leído, sea literatura, ensayo o los cuatro periódicos que leo cada mañana [El Mundo, La Vanguardia, El País y El Periódico]. Sé perfectamente cribar lo que me interesa y no quiero abrir las puertas a que entre en mí a través de las redes sociales cualquier cosa que yo no he pedido. Defiendo mi capacidad de ir yo a buscar lo que me interesa, no tener las ventanas de mi casa abiertas para que se cuele cualquiera. No soy un imbécil, me defiendo muy bien con la tecnología, pero elijo cuál aporta y cuál sólo resta.
- ¿Cómo lleva entonces cada vez que le piden una foto para colgar en redes?
- Como ya soy muy mayor y llevo en esto muchos años, me conoce un montón de gente y se me acercan cada rato a pedirme fotos. Nunca, jamás, he negado una, pero siempre digo: «Para vosotros, lo que queráis, pero, por favor, no las colguéis en redes».
- Sospecho que es una batalla perdida.
- Sí, habrá Pous por todos lados en las redes sociales. Entiendo querer tener una foto con una persona a la que admiras y respetas, pero no la necesidad de hacer público eso, que todo el mundo sepa dónde estás o qué plato comes. No solamente no lo entiendo, es que me repele. Cuando veo en restaurantes a gente que, en cuanto le traen el plato, lo primero que hace es fotografiarlo o en el teatro… En el teatro hemos conseguido que, por lo menos, ya no suenen tantos móviles durante la función, porque al principio era un horror constante. Yo me hice famoso en su momento por suspender representaciones a la mitad porque sonaba el móvil. Mis compañeros me decían que igual podía ser menos radical, pero había que hacerlo porque, si no, íbamos a normalizarlo y ya sería imposible de corregir. Lo hacíamos Pepe Sacristán y yo, que teníamos el bagaje y la fuerza de poder hacerlo, y nos llamaban gruñones, pero con el tiempo se ha conseguido que la cultura del móvil ya no sea tan disruptiva. Ahora suenan muy pocos móviles.
- ¿Aún suena alguno?
- Alguno de vez en cuando, pero muy poco y por despiste. Sin embargo, tenemos otro problema que es la necesidad de la gente de decirle al resto qué hace y dónde está. Entonces, se dedican a hacer fotos durante la función. Muchísimas y los actores lo notamos cada vez. Y no sólo eso, sino que necesitan contarlo de inmediato y no se dan cuenta de que en el escenario estamos en un nivel elevado y, cuando cogen su móvil disimuladamente y lo encienden en las rodillas, vemos la puta luz que les ilumina la cara y el patio de butacas parece constantemente un campo de luciérnagas. Bum, bum, bum. Se están encendiendo luces todo el rato que, lógicamente, distraen muchísimo. No entiendo qué problema tienen para no poder estar dos horas sin mirar el móvil.
- Ha interpretado a muchos políticos, reales y de ficción a lo largo de su carrera, el más reciente, Jordi Pujol en ‘Parenostre’. ¿Cómo valora a la clase política actual?
- Hay que empezar por distinguir que una cosa es la clase política en general y otra, los líderes políticos. Es como en el mundo del espectáculo, una cosa son las cabeceras de cartel y otra, los actores. De antemano, quiero dejar muy claro que estoy absolutamente convencido de que hay muchos políticos maravillosos, cojonudos, sentados en el Congreso de los Diputados, en el Senado y en el despacho de cualquier ayuntamiento de un pequeño pueblo en estos momentos. Todas estas desgracias climáticas de principios de año lo han demostrado. Hay políticos con auténtica voluntad de servicio, responsables y legales en todos los partidos de izquierda y de derecha. Estoy seguro, pero, tristemente, se ha producido en los últimos años algo que es más propio del negocio del espectáculo que de la política, que es la creación de un star system. Hay muchos políticos que quieren ser estrellas y no políticos, y la mejor manera de destacar es diciendo barbaridades, llevándolo todo al límite y provocando una constante sensación de conflicto.
- La tan manida polarización.
- Exacto, que luego se traslada peligrosa y desgraciadamente a la sociedad. Decir barbaridades y pelearse para obtener titulares de prensa ya es una manera de hacer carrera política. Lo saben y se ha caído en eso que, por deformación, ha provocado que se enrarezca muchísimo el ambiente. Es mucho más fácil ganar así que desde el proyecto y la preparación. No soy un nostálgico ni edulcoro el pasado ni creo que los de antes fueran ejemplares, pero sí considero que gran parte de los líderes políticos de la Transición y el principio de la democracia estaban más preparados que los de ahora. Había una exigencia mayor, ahora todo vale si es viral en redes.
- Bueno, últimamente, Felipe González es viral con frecuencia.
- Sí, es cierto. Me sorprende muchísimo su deriva ideológica. Me sorprende y me duele porque, y voy a aclararte esto sin necesidad de que me lo preguntes, estoy absolutamente a favor y lucharé hasta el máximo por un Gobierno progresista, por un gobierno de izquierdas que luche, como está haciendo el actual desde hace unos años con todos los inconvenientes que tiene, por la justicia social, por proteger a los más vulnerables y por los servicios públicos. Estaré absolutamente de acuerdo con cualquier político que coja esto como bandera de su proyecto. Lo que pasa es que, normalmente, es una bandera más propia de la izquierda progresista que de la derecha conservadora. Por lo tanto, ahí admito que digas que soy un señor de izquierdas y progresista. Así que lo de Felipe me duele muchísimo precisamente por cómo valoro su importancia en la Historia de España.
- ¿No cree que pueda seguir siendo socialista, pero no sanchista?
- Creo que en esa guerra pierde la visión general del cuadro. Me parece que con la edad se pierde perspectiva. Igual yo también, no sé. Me extraña en un hombre inteligente, como ha sido él, al que España debe muchísimo porque los 14 años de su presidencia fueron fantásticos y ayudaron a que España evolucionara y se convirtiera en lo que es, una nación más de Europa a la altura de cualquier otra. Lamento que, desde su creencia de hombre de izquierdas y progresista, no entienda que otros progresistas con una ideología similar a la suya, en una situación tan difícil como la actual en la que él no llegó a encontrarse nunca, hagan cosas con las que él no esté al 100% de acuerdo.
- ¿Lo está usted?
- No en todo, pero sí en un porcentaje elevado. Es que las cosas han cambiado. Felipe tuvo que enfrentarse a la derecha de Aznar, que no era tan salvaje. Uno de los problemas de ahora es que la derecha tradicional ha comprado los métodos de la extrema derecha. Ha caído, y tristemente va a caer más, en el abismo terrible que es jugar en el tablero y con las normas que imponen los otros. Ojo, hablo de métodos y estilos, pero no de ideología porque creo que la derecha conservadora de este país tiene un sentido de la razón práctica del que los radicales de ultraderecha carecen. Sabe que debe y puede comprar muchos de sus métodos de actuar y de expresarse para ganar, pero quiero creer, a lo mejor soy ingenuo, que por parte de la derecha conservadora no hay tanto acercamiento ideológico hacia la ultraderecha como parece. Eso sería terriblemente peligroso. En resumen, creo que hoy hay políticos tan buenos como los de antes, pero los líderes no están a su altura. En concreto, los portavoces de los partidos se merecerían un libro que no se ha escrito nunca y a mí me gustaría escribir.
- ¿Qué querría contar?
- Repasa los portavoces de los distintos partidos que hemos tenido últimamente. No quiero ni pensarlo porque se me cae el alma a los pies. En eso sí que hay un cambio evidente respecto a generaciones anteriores: los líderes políticos son mucho más maleducados que los de antes, que tenían mejores modales y sabían respetar las reglas del diálogo. Todo eso se ha perdido y no tiene que ver con la lucha política, sino con un movimiento social enorme que es la pérdida general de valores como la educación, el respeto a los demás, especialmente a los mayores, la empatía y la consciencia de vivir en sociedad. A esos políticos que están continuamente en exposición, esto se les nota muchísimo más.
- Ahora se lleva ser malo.
- Sobre todo en la gente de las últimas generaciones, no hay más que ver a quienes están siguiendo los jóvenes. Algunos de esos malos a los que siguen son auténticamente malvados, con ácidos corrosivos por dentro en cuanto a la ideología, y enormemente peligrosos. Y, luego, hay muchos otros que son malos sólo de boquilla, como instrumento con el que lograr popularidad, seguidores y dinero, pero estos no son ni mucho menos inocentes porque están propagando odio y sirviendo de mal ejemplo. Por desgracia, cada vez hay más personajes públicos que tienen la obligación de ser ejemplo y han dejado de serlo. Ahí han perdido la batalla absolutamente todos los partidos democráticos y entra también un poco lo de Felipe González. Felipe tiene derecho, por supuesto, a expresar su opinión y su desacuerdo con Sánchez, pero creo que llegar al extremo de decir que votará en blanco, dicho por quien ha sido base fundamental del PSOE, me parece una línea que hay que meditar mucho antes de cruzar públicamente cuando la extrema derecha puede entrar en el próximo Gobierno.
- Pero, más allá de lo ideológico, no se puede obviar que este Gobierno está salpicado por una trama de corrupción grave.
- Sí, sí, por supuesto. Duele y deslegitima, pero ovejas negras ha habido siempre en todos los partidos. Gente que acude a la política pensando en sus arcas personales, mucho más que en el servicio público. Es enormemente lamentable, pero, y no quiero caer en lo mismo que caen los líderes de los distintos partidos cuando dicen «y tú más», los casos de corrupción que se supone que ha habido en el PSOE está por ver que sean tan graves como los que hemos vivido y juzgado del PP. Mientras no se demuestre que ha habido una financiación ilegal del partido, no será comparable y habrá que distinguir la corrupción individual del tío que llega a la política ya con ánimo de enriquecerse y favorecerse de su puesto de la corrupción generalizada de un partido. Creo que los casos de corrupción de los que se está hablando pueden y deben circunscribirse al ámbito personal y no creo que se pueda hablar de corrupción del Estado. Habrá que esperar.
- No abunda la paciencia en este guerracivilismo que vivimos.
- Me encanta esa palabra: guerracivilismo. Cuando se dice que los extremos políticos, de izquierda y de derecha, se tocan, no estoy de acuerdo, pero en este caso quizá sí llegan a rozarse y están ambos igual de interesados en perpetuar aquello de las dos Españas. Ojalá sea mentira lo de Goya del duelo a garrotazos porque en el momento actual, donde tenemos tantos enemigos externos, ¿cómo vamos a estar peleándonos entre nosotros por diferencias realmente pequeñas cuando tenemos unas amenazas tan monstruosas como la del señor Trump, con quien me ahorro calificativos por no desbarrar?
- ¿Cree posible que esas dos España logren crear un proyecto común de país?
- Ya se logró en la Transición y los 10 o 15 años posteriores, cuando se trabajó sobre una idea común para convertir a España en un país moderno y feliz. Fue realmente bonito y es una pena enorme que hayamos olvidado ese espíritu. Lamento muchísimo y me duele enormemente que el progreso brutal que ha habido en España durante estas últimas décadas en cuanto a nivel de vida y avances sociales y tecnológicos no haya llegado acompañado de un crecimiento a la par de las virtudes íntimas, éticas y morales. En los últimos años hay una pérdida enorme de conciencia social y un lamentable crecimiento del individualismo exacerbado. Volvemos a lo que hablaba al principio.
- ¿Lo de los jóvenes cada vez más aislados?
- Sí. Yo no tengo hijos, pero mi profesión me permite estar rodeado de gente joven y esa imagen de los chavales solos en su casa, encerrados en su cuarto con el móvil o la tablet, me produce terror. En esa especie de cueva está el origen de gran parte de lo que está destrozando la España y la Europa que creamos. Yo vengo de un tiempo en que, con 20, quedarte en casa era un drama, algo impensable, lo social era el motor de todo, la manera de convivir y contrastar montones de cosas. No nos quedábamos una noche encerrados en casa y cambiamos España.
- Pero, Josep Maria… ¿O es José María? Se utiliza indistintamente con usted y nunca sé cuál prefiere.
- A ver, yo creo que el nombre para un actor es una marca registrada y la marca registrada siempre ha de ser la misma. Como empecé a hacer teatro en Madrid y estuve así 40 años, consolidé mi nombre llamándome José María Pou y esa es mi marca registrada. Lo que pasó es que la primera vez que hice teatro en catalán, ya en el 82, a la hora de hacer los carteles me dijeron: «Oye, aquí habrá que poner Josep Maria». Y yo dije: «No, ¿por qué? José María es mi marca registrada. No traducís Elizabeth Taylor para anunciarla como Isabel Sastre, ¿por qué tenéis que traducir mi nombre?». Pero el tema me provocó tantas discusiones que en aquel momento tomé una decisión: el idioma determina el nombre. Soy José María en todo menos en lo que hago en catalán, ahí dejo que me anuncien como Josep Maria.
- Vale, ¿y yo qué hago?
- En casa soy Josep Maria y eso no puedo evitarlo. Agradezco el esfuerzo que acabas de hacer por hacerme sentir cómodo, pero llámame como te salga de los huevos [risas], como si quieres llamarme Chema porque creo que la dignidad y la personalidad no residen en el nombre escrito.
«Los jóvenes ahora se encierran en su cuarto. Nosotros no nos quedábamos una noche en casa y cambiamos España»
- Es que, durante todos estos años, el puente aéreo Madrid-Barcelona ha sido usted.
- Es cierto y, en este momento, permíteme que hable un poco de mí.
- A ver, es la idea.
- Excluyendo a los grupos, como Tricicle, Dagoll Dagom o La Fura dels Baus, creo que soy el único actor catalán que todos los espectáculos que ha estrenado en Barcelona, los ha traducido al castellano, los ha traído a Madrid y ha hecho gira por toda España. A mi edad, a veces ya estoy cansado de hacer una gira larga y estar fuera de casa mucho tiempo, pero creo que forma parte de mi obligación como artista y como comunicador, que es un término con el que me identifico más. Me considero un comunicador por encima de todo, un señor que cuenta historias con voluntad de que los demás las reciban, las examinen y saquen sus conclusiones. Creo que mi obligación es llegar a la mayor cantidad de gente posible y ojalá pudiera hacer gira en chino, en japonés o lo que fuera. Me encanta. Lo que más me gusta de mi profesión, lo que hace que siga trabajando a mis 81 años, es la necesidad de contar historias a la mayor cantidad de gente posible.
- Le entrevisté en 2018, cuando estaba de gira con Moby Dick, y ya me contó que estaba intentando jubilarse y no le dejaban, pero que pretendía que aquel fuera su último espectáculo. Ocho años después, aquí estamos.
- Llevo diez años queriendo retirarme y, nada, no hay manera. Primero, porque soy imbécil. Hace varios años que me levanto todas las mañanas con la sensación placentera y nada dolorosa de que ya he cumplido. Ya está. ¿Por qué tengo que seguir? Me doy por satisfecho con todo lo que he hecho hasta ahora, con mi carrera, llevo 60 años de teatro sin parar ni un solo día, no he estado nunca en la vida en el paro, no estoy jubilado a los 81, nunca he necesitado cobrar un duro del Estado, nada de nada. Me considero un ser, con mayúsculas y el tamaño máximo de letra, privilegiado. Mi carrera está completa, pero aquí sigo. ¿Por qué? Porque soy imbécil.
- Alguna razón más habrá.
- Esa responsabilidad por contar y transmitir de la que te hablaba antes. Si analizas mi currículum, no verás ninguna estupidez. Elijo muchísimo las obras y papeles que hago, pero nunca en función de que supongan un lucimiento personal, éxito, premios y demás. En absoluto. Todas las funciones que he hecho ha sido porque he considerado que esa historia que cuenta ese autor merece que la conozca la mayor cantidad de gente posible. Y si yo soy el vehículo que hace factible que ese espectáculo se haga, no puedo decir que no. Ese es el motivo de mi carrera de actor y el motivo por el que no hay forma de jubilarse. Siempre hay otra historia que merece ser contada. Y en esta entrevista, en la que tanto hemos hablado del tono, la bronca, la división y el individualismo, quiero reivindicar el poder sanador del teatro.
- ¿Cómo sana el teatro?
- El hecho teatral provoca un estado de ánimo y de reflexión que no provocan las tertulias. En el teatro estás compartiendo un espacio, tocándote codo a codo, con alguien desconocido, estás respirando el mismo aire y lo que ves en el escenario te llega muchísimo más que en cualquier otro sitio. Hay historias que buscan emocionar a la gente. Es lícito y creo que las emociones bien equilibradas con el raciocinio son el punto ideal para encontrar la solución o llegar al conocimiento de muchas cosas, pero mucho más que en la emoción, yo creo en la conmoción. No quiero emocionar a la gente, quiero que salga del teatro como si le hubieran dado un mazazo en la cabeza, viendo estrellitas. Mi intención es que lo que ha visto no se agote en esas dos horas de espectáculo, sino que le dure dos semanas, dos meses, dos años o dos vidas. Y creo haberlo conseguido la mayor parte de veces.
- En esa misma entrevista de 2018, me contó que le habían hecho sentir mal catalán por no apoyar el procés. ¿El tiempo le ha dado la razón?
- Eso creo. El procés en Cataluña fue origen en buena parte de esta polarización que vivimos ahora porque fue un punto de inflexión en cuanto a la exacerbación de las conversaciones, las situaciones, las discusiones, los posicionamientos y la agresividad en la sociedad española. Sobre si tenía yo razón, me remito simplemente al hecho de que varios de los protagonistas del procés han llegado a pedir perdón y a reconocer públicamente que se equivocaron. Repito lo mismo que repetía en aquel momento: yo no tengo ninguna necesidad de sentirme independiente de nada porque nunca me he sentido dependiente de nadie.
- Hablaba antes de los portavoces políticos, ¿le sorprende ver ahora a Gabriel Rufián intentando unificar a la izquierda española?
- El cambio de Rufián desde que vino a Madrid es muy significativo de lo que fue aquello, lo que pensaban allí y lo que descubrieron aquí. En Barcelona, a Rufián ya se le ve como un político de Madrid, entre Rufián y Junqueras hay sus más y sus menos y, sospecho, hay incluso celos por parte de Junqueras. Me gusta el actual Rufián y su propuesta me parece estupenda, ojalá pudiera llevarse a cabo esa unión de toda la izquierda en un momento tan delicado, pero no deja de ser curioso el cambio. Es una demostración más de lo que hace salir de casa y viajar. En este momento, el independentismo está muy calmado y bastante apaciguado, como demuestran las encuestas y la asistencia a las manifestaciones que siguen convocándose. Tiene mucho que ver en ello la figura de Salvador Illa, que es un político más propio de otra época, con ese carácter más serio, calmado, sobrio y nada extremista.
- Para acabar, ¿está España tan mal como parece sentir?
- No. Somos excesivamente críticos y demasiado exigentes con nosotros mismos, lo cual no estaría mal si esa exigencia fuera para la búsqueda de la perfección inalcanzable, pero en realidad es para poder atacar al resto por sus imperfecciones sin afrontar las nuestras. Creo que España va, inevitablemente, hacia un cambio de Gobierno que individualmente lamento muchísimo, pero asumo y no me asusta porque ya lo hemos vivido y no pasó nada tan terrible. Me inquieta muchísimo, por supuesto, poder volver atrás en materia de derechos y avances sociales y personales, pero creo que si llegara el momento en que alguien pudiera intentar atacar esos derechos, se encontraría con tanta contestación social y política que no lo lograría. Así que toda esta situación del país no me preocupa tanto.
- ¿Qué le preocupa, entonces?
- Me angustia, me asusta y hace que esté muy nervioso todos los días, cosa que no me había pasado nunca, la situación mundial. Vivimos en una época de extremo peligro con ese bárbaro al mando de Estados Unidos, capaz de cualquier locura en cualquier momento. Eso no favorece para nada el entendimiento y la pacificación de la clase política y la sociedad españolas porque vivimos en un estado de inquietud y ansiedad permanentes ante la amenaza de que el mundo explote. Eso sí que me cabrea enormemente y acuso de ello a una persona: Donald Trump.
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