Hay ficciones que no buscan el aplauso, sino conquistar el corazón de las audiencias. «Entre tierras» regresa este domingo a atresplayer tras haber sido presentada el pasado miércoles en el Festival de Málaga con el aura de las grandes citas. No es para menos: su estreno en Antena 3 el pasado enero de 2024 fue el mejor de una ficción en casi dos años, liderando el ranking con un 16,3% de cuota. Con una media de casi 1,3 millones de espectadores y un éxito internacional arrollador, la historia de María Rodríguez demostró que el drama rural, hecho con inteligencia, no tiene fronteras ni límites. Tras su primera temporada, marcada por el sacrificio, el matrimonio por poderes y la trágica muerte de Manuel a manos de un obsesivo José, esta segunda entrega nos propone un salto temporal valiente.
Nos situamos en los años 80. María (una Megan Montaner que ya ha hecho suyo el canon de la matriarca resiliente) y Claudia (Clara Garrido) lideran ahora la Finca Cervantes en un contexto de cambio. Atienza se desangra por el éxodo a las ciudades y la falta de jornaleros obliga a María a una decisión desesperada: regresar a su Almería natal, años después de su boda, para reclutar trabajadores. Allí entran en juego Germán (Carlos Scholz) y Teresa (Helena Kaittani), dos hermanos acuciados por las deudas que traen consigo el aire fresco —y el peligro— de la picaresca.
Pero el verdadero corazón de esta temporada es el relevo generacional. Manuela (Marina Guerola), aquella bebé que María gestó en medio de la tragedia, es ahora una joven de carácter volcánico, apasionada de los caballos, que choca constantemente con una madre que, a sus ojos, la infravalora. A este incendio doméstico se suma Nicolás (Germán Alcarazu), el otro hijo de María, que llega a regañadientes desde un Madrid efervescente para ayudar en una vida de campo que nunca eligió. Es en esta grieta familiar donde la serie encuentra su mayor verdad: el dolor de defender un legado que los propios hijos cuestionan.
Frente a ellas, el guion sitúa a un antagonista de altura: Julio Varela (Ginés García Millán). El ambicioso empresario llega para comprar la voluntad de un pueblo moribundo escoltado por sus dos hijos: Miguel (Carlos Serrano-Clark), su fiel mano derecha, y Bosco (José Pastor), mucho más díscolo y desinteresado en los negocios paternos. La colisión entre ambos hermanos será total cuando Manuela se cruce en su vida. El conflicto central bascula sobre la resistencia de María a vender la finca, un obstáculo insalvable para los planes de expansión de Varela. Aunque a ojos de todos, incluida Claudia, vender sea lo más sensato ante la precaria situación económica, María se niega a entregar su identidad, desatando una guerra de desgaste donde Varela no se detendrá ante nada.
En paralelo, la serie desarrolla una trama emocional potente con la llegada de Juan Toscano (Rodolfo Sancho), el capataz de Varela. Tras un sacrificio heroico para salvar a un ser querido de María en un accidente, ambos entablan una conexión especial que se verá dinamitada cuando ella descubra que él está casado con Estrella (Silvia Abascal).
Visualmente, la serie sigue siendo un deleite. Las localizaciones de Atienza y los paisajes almerienses no son meros fondos, sino personajes que subrayan la dualidad de la trama. Con un reparto de lujo y una narrativa adictiva que maneja con maestría el suspense y los sucesos sospechosos que traen los Varela, ‘Entre tierras’ se consagra como una de las piezas más sólidas de nuestra televisión. Es una crónica lúcida sobre el final de un mundo y el nacimiento de otro mucho más cínico. Los personajes empoderados y complejos que habitan la Finca Cervantes nos recuerdan que, aunque el asfalto avance, la tierra siempre reclama lo suyo. En los 80, el grito de esa herencia es más necesario que nunca.
La serie da un salto a los años 80 y amplía su conflicto con una historia de herencia, desarraigo y resistencia atravesada por nuevas tensiones familiares
Hay ficciones que no buscan el aplauso, sino conquistar el corazón de las audiencias.«Entre tierras» regresa este domingo a atresplayer tras haber sido presentada el pasado miércoles en el Festival de Málaga con el aura de las grandes citas. No es para menos: su estreno en Antena 3 el pasado enero de 2024 fue el mejor de una ficción en casi dos años, liderando el ranking con un 16,3% de cuota. Con una media de casi 1,3 millones de espectadores y un éxito internacional arrollador, la historia de María Rodríguez demostró que el drama rural, hecho con inteligencia, no tiene fronteras ni límites. Tras su primera temporada, marcada por el sacrificio, el matrimonio por poderes y la trágica muerte de Manuel a manos de un obsesivo José, esta segunda entrega nos propone un salto temporal valiente.
Nos situamos en los años 80. María (una Megan Montaner que ya ha hecho suyo el canon de la matriarca resiliente) y Claudia (Clara Garrido) lideran ahora la Finca Cervantes en un contexto de cambio. Atienza se desangra por el éxodo a las ciudades y la falta de jornaleros obliga a María a una decisión desesperada: regresar a su Almería natal, años después de su boda, para reclutar trabajadores. Allí entran en juego Germán (Carlos Scholz) y Teresa (Helena Kaittani), dos hermanos acuciados por las deudas que traen consigo el aire fresco —y el peligro— de la picaresca.
Pero el verdadero corazón de esta temporada es el relevo generacional.Manuela (Marina Guerola), aquella bebé que María gestó en medio de la tragedia, es ahora una joven de carácter volcánico, apasionada de los caballos, que choca constantemente con una madre que, a sus ojos, la infravalora. A este incendio doméstico se suma Nicolás (Germán Alcarazu), el otro hijo de María, que llega a regañadientes desde un Madrid efervescente para ayudar en una vida de campo que nunca eligió. Es en esta grieta familiar donde la serie encuentra su mayor verdad: el dolor de defender un legado que los propios hijos cuestionan.
Frente a ellas, el guion sitúa a un antagonista de altura: Julio Varela (Ginés García Millán). El ambicioso empresario llega para comprar la voluntad de un pueblo moribundo escoltado por sus dos hijos: Miguel (Carlos Serrano-Clark), su fiel mano derecha, y Bosco (José Pastor), mucho más díscolo y desinteresado en los negocios paternos. La colisión entre ambos hermanos será total cuando Manuela se cruce en su vida. El conflicto central bascula sobre la resistencia de María a vender la finca, un obstáculo insalvable para los planes de expansión de Varela. Aunque a ojos de todos, incluida Claudia, vender sea lo más sensato ante la precaria situación económica, María se niega a entregar su identidad, desatando una guerra de desgaste donde Varela no se detendrá ante nada.
En paralelo, la serie desarrolla una trama emocional potente con la llegada de Juan Toscano (Rodolfo Sancho), el capataz de Varela. Tras un sacrificio heroico para salvar a un ser querido de María en un accidente, ambos entablan una conexión especial que se verá dinamitada cuando ella descubra que él está casado con Estrella (Silvia Abascal).
Visualmente, la serie sigue siendo un deleite. Las localizaciones de Atienza y los paisajes almerienses no son meros fondos, sino personajes que subrayan la dualidad de la trama. Con un reparto de lujo y una narrativa adictiva que maneja con maestría el suspense y los sucesos sospechosos que traen los Varela, ‘Entre tierras’ se consagra como una de las piezas más sólidas de nuestra televisión. Es una crónica lúcida sobre el final de un mundo y el nacimiento de otro mucho más cínico. Los personajes empoderados y complejos que habitan la Finca Cervantes nos recuerdan que, aunque el asfalto avance, la tierra siempre reclama lo suyo.En los 80, el grito de esa herencia es más necesario que nunca.
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