La Font de ses Aiguades, localizada en Alcanada (Alcúdia) y descubierta en 1998 por un grupo de espeleólogos, ha sido durante décadas un enigma para la arqueología. Ahora, tras casi 28 años de interpretaciones, el investigador mallorquín Enric Colom plantea una explicación completamente distinta sobre su uso en época romana.
De fuente para navegantes a santuario oculto
Durante años se creyó que este enclave servía como punto de abastecimiento de agua para marineros del Imperio romano. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que no era una simple fuente, sino una cueva utilizada como santuario.
Según esta hipótesis, los navegantes realizaban ofrendas antes de emprender la peligrosa travesía entre Mallorca, Córcega y Cerdeña rumbo a la Península Itálica, un tramo especialmente complejo por la pérdida de referencias visuales de la costa.
Cientos de ánforas y una disposición reveladora
En el interior del yacimiento se han recuperado ya 189 ánforas, y se estima que al menos 200 más permanecen aún sin extraer. En 2020, durante las últimas inmersiones dirigidas por Manel Fumàs, Colom tuvo la oportunidad de analizar directamente tanto el entorno como la colocación de las piezas.
Antes de esa inmersión, el arqueólogo ya había examinado materiales conservados en el Museo de Mallorca, en Son Tous. Allí detectó una primera incongruencia: aunque estudios previos atribuían las ánforas a un origen itálico, muchas parecían proceder en realidad de Tarraco (Tarragona).
Una teoría que no encajaba
Hasta ese momento, la explicación más aceptada sostenía que las ánforas habían caído accidentalmente durante labores de extracción de agua. Pero Colom encontró varios argumentos en contra.
»Las ánforas estaban resinadas en su interior para impermeabilizarlas y eso daría un sabor al agua bastante horrible. Además el 80 % de las ánforas extraídas son tarraconenses. No tiene sentido pensar que lo son porque los tarraconenses sean más torpes. Los patrones fijos invalidan la hipótesis de las aguadas», afirma el arqueólogo.
A esto se suma una dificultad técnica evidente: »La idea de bajar con una cuerda el ánfora para llenarla de agua no tiene sentido. Hacerlo sin que toque las paredes y se rompa ya es casi imposible, pero es que además un ánfora vacía por sí sola no se hunde. Para hacerlo necesitaría que alguien bajara y la empujase y esa es una maniobra que no se puede hacer allí a no ser que te metas dentro del agua. Hablamos de un lugar oscuro, confinado y claustrofóbico y de un momento en época romana en el que había una gran superstición y miedo».
La clave: cómo se rompieron las piezas
El análisis detallado de las ánforas resultó determinante. »El 90 % de las ánforas recuperadas tienen un patrón de fragmentación idéntico. Se rompieron en la parte del cuello con un objeto contundente. Es imposible que sea casualidad. Lo habitual en otros yacimientos es encontrar las ánforas fragmentadas de mil maneras diferentes», relata.
Este patrón llevó al investigador a buscar paralelismos. »el problema es que cuando descubres algo así por primera vez es muy difícil dar con una explicación porque vas a ciegas, pero gracias a una amiga encontré un paralelismo con dos pozos rituales que hay en Francia». En esos lugares también aparecieron ánforas “decapitadas”, lo que se interpretó como parte de sacrificios rituales.
Cultos al agua en época romana
Colom recuerda que en el mundo romano estaba muy extendida la veneración de divinidades relacionadas con el agua y el subsuelo. »En época romana está perfectamente documentada la veneración a las deidades del mundo subacuático y subterráneo. En la cueva Román (Burgos) se conservan por ejemplo inscripciones hechas con palos en el barro y figuras hechas en el barro por los romanos que veneraban las aguas. Había un culto a las ninfas y a las deidades de aguas salutíferas».
Un ritual antes de la travesía
A partir de estas evidencias, el arqueólogo plantea una interpretación: »La hipótesis, porque lo que ocurrió no lo sabremos jamás, es que al ser el trayecto entre las Islas Baleares y Córcega y Cerdeña el más complicado a nivel técnico de todo el Mediterráneo, porque tienes que ir sin referencia terrestre durante el día, los marineros hicieran un sacrificio a los dioses para pedir protección durante el viaje».
Según esta idea, los marineros descendían al interior con ánforas llenas de vino. Una vez en el fondo, rompían el cuello del recipiente contra la roca y vertían su contenido como ofrenda. El hallazgo de hollín en esa zona, probablemente de lucernas, refuerza esta interpretación.
Las marcas que trazan la ruta
Otro elemento clave son los sellos de fabricación. En total, se han identificado 33 marcas en las ánforas halladas. Solo una se ha documentado en Mallorca, mientras que el resto —excepto cinco inéditas— también aparecen en Roma.
»Encontrar esos sellos en el lugar de origen del tránsito (Tarracó) y en el lugar de destino (Roma) permite trazar su ruta. La epigrafía anfórica dibuja el camino por el cuál viajaban», explica el experto.
Un santuario único en el mundo
Este nuevo enfoque permite considerar la Font de ses Aiguades como un caso excepcional. »De este tipo y características es única en el mundo», afirma Colom, destacando su singularidad como cueva con agua dulce, lagos interiores y uso ritual por parte de navegantes.
Otras cuevas bajo sospecha
El investigador cree que este no sería un caso aislado. Señala otras dos cavidades en Baleares que podrían haber tenido funciones similares: la del Drac en Santanyí y la de sa Llumeta en Conejera.
Sobre la primera, explica: »Al final del recorrido hay un lago de agua dulce y encontramos una decena de ánforas fragmentadas siguiendo el mismo patrón. Inicialmente también se manejó la hipótesis de la extracción de agua pero es difícil creer que recorrerían 80 metros para llegar a este punto de difícil acceso cuando hay pozos al aire libre más fáciles en la zona».
En cuanto a la cueva de Conejera, describe un acceso aún más complicado: »Es inaccesible si no es haciendo rapel y dentro vuelve a haber un recorrido hasta un lago. Allí se localizó una sola ánfora y una lucerna romana. No tiene sentido pensar que alguien bajó con una cuerda desde el acantilado para meterse en la cueva a por agua y dejar el ánfora allí», reflexiona.
Estas pistas refuerzan la idea de que los rituales vinculados al mar y a la navegación pudieron estar más extendidos de lo que se pensaba.
Durante años se creyó que este enclave servía como punto de abastecimiento de agua para marineros del Imperio romano
La Font de ses Aiguades, localizada en Alcanada (Alcúdia) y descubierta en 1998 por un grupo de espeleólogos, ha sido durante décadas un enigma para la arqueología. Ahora, tras casi 28 años de interpretaciones, el investigador mallorquín Enric Colom plantea una explicación completamente distinta sobre su uso en época romana.
De fuente para navegantes a santuario oculto
Durante años se creyó que este enclave servía como punto de abastecimiento de agua para marineros del Imperio romano. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que no era una simple fuente, sino una cueva utilizada como santuario.
Según esta hipótesis, los navegantes realizaban ofrendas antes de emprender la peligrosa travesía entre Mallorca, Córcega y Cerdeña rumbo a la Península Itálica, un tramo especialmente complejo por la pérdida de referencias visuales de la costa.
Cientos de ánforas y una disposición reveladora
En el interior del yacimiento se han recuperado ya 189 ánforas, y se estima que al menos 200 más permanecen aún sin extraer. En 2020, durante las últimas inmersiones dirigidas por Manel Fumàs, Colom tuvo la oportunidad de analizar directamente tanto el entorno como la colocación de las piezas.
Antes de esa inmersión, el arqueólogo ya había examinado materiales conservados en el Museo de Mallorca, en Son Tous. Allí detectó una primera incongruencia: aunque estudios previos atribuían las ánforas a un origen itálico, muchas parecían proceder en realidad de Tarraco (Tarragona).
Una teoría que no encajaba
Hasta ese momento, la explicación más aceptada sostenía que las ánforas habían caído accidentalmente durante labores de extracción de agua. Pero Colom encontró varios argumentos en contra.
»Las ánforas estaban resinadas en su interior para impermeabilizarlas y eso daría un sabor al agua bastante horrible. Además el 80 % de las ánforas extraídas son tarraconenses. No tiene sentido pensar que lo son porque los tarraconenses sean más torpes. Los patrones fijos invalidan la hipótesis de las aguadas», afirma el arqueólogo.
A esto se suma una dificultad técnica evidente: »La idea de bajar con una cuerda el ánfora para llenarla de agua no tiene sentido. Hacerlo sin que toque las paredes y se rompa ya es casi imposible, pero es que además un ánfora vacía por sí sola no se hunde. Para hacerlo necesitaría que alguien bajara y la empujase y esa es una maniobra que no se puede hacer allí a no ser que te metas dentro del agua. Hablamos de un lugar oscuro, confinado y claustrofóbico y de un momento en época romana en el que había una gran superstición y miedo».
La clave: cómo se rompieron las piezas
El análisis detallado de las ánforas resultó determinante. »El 90 % de las ánforas recuperadas tienen un patrón de fragmentación idéntico. Se rompieron en la parte del cuello con un objeto contundente. Es imposible que sea casualidad. Lo habitual en otros yacimientos es encontrar las ánforas fragmentadas de mil maneras diferentes», relata.
Este patrón llevó al investigador a buscar paralelismos. »el problema es que cuando descubres algo así por primera vez es muy difícil dar con una explicación porque vas a ciegas, pero gracias a una amiga encontré un paralelismo con dos pozos rituales que hay en Francia». En esos lugares también aparecieron ánforas “decapitadas”, lo que se interpretó como parte de sacrificios rituales.
Cultos al agua en época romana
Colomrecuerda que en el mundo romano estaba muy extendida la veneración de divinidades relacionadas con el agua y el subsuelo. »En época romana está perfectamente documentada la veneración a las deidades del mundo subacuático y subterráneo. En la cueva Román (Burgos) se conservan por ejemplo inscripciones hechas con palos en el barro y figuras hechas en el barro por los romanos que veneraban las aguas. Había un culto a las ninfas y a las deidades de aguas salutíferas».
Un ritual antes de la travesía
A partir de estas evidencias, el arqueólogo plantea una interpretación: »La hipótesis, porque lo que ocurrió no lo sabremos jamás, es que al ser el trayecto entre las Islas Baleares y Córcega y Cerdeña el más complicado a nivel técnico de todo el Mediterráneo, porque tienes que ir sin referencia terrestre durante el día, los marineros hicieran un sacrificio a los dioses para pedir protección durante el viaje».
Según esta idea, los marineros descendían al interior con ánforas llenas de vino. Una vez en el fondo, rompían el cuello del recipiente contra la roca y vertían su contenido como ofrenda. El hallazgo de hollín en esa zona, probablemente de lucernas, refuerza esta interpretación.
Las marcas que trazan la ruta
Otro elemento clave son los sellos de fabricación. En total, se han identificado 33 marcas en las ánforas halladas. Solo una se ha documentado en Mallorca, mientras que el resto —excepto cinco inéditas— también aparecen en Roma.
»Encontrar esos sellos en el lugar de origen del tránsito (Tarracó) y en el lugar de destino (Roma) permite trazar su ruta. La epigrafía anfórica dibuja el camino por el cuál viajaban», explica el experto.
Un santuario único en el mundo
Este nuevo enfoque permite considerar la Font de ses Aiguades como un caso excepcional. »De este tipo y características es única en el mundo», afirma Colom, destacando su singularidad como cueva con agua dulce, lagos interiores y uso ritual por parte de navegantes.
Otras cuevas bajo sospecha
El investigador cree que este no sería un caso aislado. Señala otras dos cavidades en Baleares que podrían haber tenido funciones similares: la del Drac en Santanyí y la de sa Llumeta en Conejera.
Sobre la primera, explica: »Al final del recorrido hay un lago de agua dulce y encontramos una decena de ánforas fragmentadas siguiendo el mismo patrón. Inicialmente también se manejó la hipótesis de la extracción de agua pero es difícil creer que recorrerían 80 metros para llegar a este punto de difícil acceso cuando hay pozos al aire libre más fáciles en la zona».
En cuanto a la cueva de Conejera, describe un acceso aún más complicado: »Es inaccesible si no es haciendo rapel y dentro vuelve a haber un recorrido hasta un lago. Allí se localizó una sola ánfora y una lucerna romana. No tiene sentido pensar que alguien bajó con una cuerda desde el acantilado para meterse en la cueva a por agua y dejar el ánfora allí», reflexiona.
Estas pistas refuerzan la idea de que los rituales vinculados al mar y a la navegación pudieron estar más extendidos de lo que se pensaba.
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