Dar una entrevista es como hacer cualquier otra cosa; por ejemplo, algo que no se parezca en nada a dar una entrevista, como gritarle a un desconocido al otro lado de la calle o jugar al tenis sin un oponente. De a ratos, es como el largo martirio de ser “pisoteado hasta la muerte por los gansos” del que habló Søren Kierkegaard. Una agonía insostenible en la que —a menudo— alguien que no sabe preguntar interroga a una persona que no puede responder y sólo piensa en la salida de emergencia. Y sin embargo, seguimos dando entrevistas, y haciéndolas, y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) concedió muchas a lo largo de su vida; en especial, durante los algo menos de diez años que van de La literatura nazi en América (1996) hasta su muerte.
Dar una entrevista es como hacer cualquier otra cosa; por ejemplo, algo que no se parezca en nada a dar una entrevista, como gritarle a un desconocido al otro lado de la calle o jugar al tenis sin un oponente. De a ratos, es como el largo martirio de ser “pisoteado hasta la muerte por los gansos” del que habló Søren Kierkegaard. Una agonía insostenible en la que —a menudo— alguien que no sabe preguntar interroga a una persona que no puede responder y sólo piensa en la salida de emergencia. Y sin embargo, seguimos dando entrevistas, y haciéndolas, y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) concedió muchas a lo largo de su vida; en especial, durante los algo menos de diez años que van de La literatura nazi en América (1996) hasta su muerte. Seguir leyendo
Dar una entrevista es como hacer cualquier otra cosa; por ejemplo, algo que no se parezca en nada a dar una entrevista, como gritarle a un desconocido al otro lado de la calle o jugar al tenis sin un oponente. De a ratos, es como el largo martirio de ser “pisoteado hasta la muerte por los gansos” del que habló Søren Kierkegaard. Una agonía insostenible en la que —a menudo— alguien que no sabe preguntar interroga a una persona que no puede responder y sólo piensa en la salida de emergencia. Y sin embargo, seguimos dando entrevistas, y haciéndolas, y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) concedió muchas a lo largo de su vida; en especial, durante los algo menos de diez años que van de La literatura nazi en América (1996) hasta su muerte.
Notas para una autobiografía reúne 60 de esas entrevistas, que no trazan el retrato íntimo del autor de Los detectives salvajes —que está en sus libretas y en la correspondencia, ambas inéditas— sino el del modo en que éste irrumpió en la literatura en español y creó la confusión entre literatura y vida que asociamos con su obra. De la primera de esas entrevistas, en la que un Bolaño de poco más de 20 años de edad afirmaba que “hablar de mi obra todavía no me parece pertinente” —y aquí la palabra clave es “todavía”—, hasta la última, en la que sólo decía querer ya “el premio de poder escribir cada día”, Notas para una autobiografía es un ejemplo de que los buenos escritores se valen siempre de las entrevistas que se les hacen para enmarcar y dar forma a su obra recortándola así del fondo algo gris de la literatura de su época.
En estas páginas se suceden los hits de Bolaño: su infancia provinciana en el sur chileno, México —adonde nunca regresó porque, como le dijo a Dunia Gras, “cuando se gana la partida en un lugar donde lo más probable es que se perdiera, lo mejor es no volver”— y los infrarrealistas, el camping y Blanes —“tiene una primera línea de mar que es la cutrez elevada al cuadrado”— y los trabajos puramente alimenticios que tuvo, los ocho días que pasó en la cárcel tras el Golpe de Estado pinochetista y la Barcelona de la Transición, ‘Sensini’ y los premios literarios, el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos, Los detectives salvajes, Amberes, Nocturno de Chile y el anuncio de 2666. Por Notas para una autobiografía desfilan sus filias—Jorge Luis Borges, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Julio Cortázar, Stendhal, Arquíloco— y sus numerosas fobias, su rechazo a la narrativa chilena de comienzos de la década de 2000 —por darle la espalda a “los impublicados, los perseguidos, los torturados”—, una extraordinaria lucidez para comprender el modo en que el mercado editorial y la prensa someten a los escritores y los destruyen y su apuesta por un canon futuro del que iban a ser parte Juan Villoro, Alan Pauls, Javier Marías, Rodrigo Rey Rosa, Pedro Lemebel, Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Fresán y otros.
Ni las exigencias de los demás ni la enfermedad consiguieron que Bolaño perdiese su sentido del humor, que era explosivo, espontáneo, iconoclasta, generoso; pero sus respuestas fueron volviéndose con el tiempo más breves, menos juguetonas, más duras. Bolaño solía ser —cuando escribía, pero también en persona— algo caprichoso y un poco cruel, pero su aspereza era envolvente, y sus impiedades sólo se dirigían a los escritores que —en su opinión— se habían traicionado a sí mismos, de José Donoso a Diamela Eltit, de Gabriel García Márquez a Carlos Fuentes. Quizás ‘traición’ sea una de las palabras que más se repite en sus libros; sin embargo, Bolaño sólo tenía interés en la lealtad, que ejercía con sus amigos y maestros y con una idea de la literatura. Sus intenciones estaban claras desde el principio, además. La primera entrevista de este libro fue realizada por Macario Matus y publicada por el periódico mexicano El Día en marzo de 1975 y allí el autor ya anunciaba que sus propósitos consistían en “conocerme, salvar al mundo y que me quieran”. Bolaño cumplió todos sus deseos de juventud, en ese sentido. Y esa coherencia —puesta a prueba durante más de 20 años en los que el autor de Entre paréntesis no existió como escritor para nadie excepto para él mismo— impresiona más cuando se leen estas Notas para una autobiografía que la decisión de no incluir entre ellas una famosa entrevista de la periodista Mónica Maristain, no mencionar la selección de Entrevistas escogidas realizada por Andrés Braithwaite para Ediciones Universidad Diego Portales en 2006 o presentar este libro con un blurb sonrojante de Pedro Almodóvar.
Pero lo que más sorprende al leer estas entrevistas reunidas es descubrir hasta qué punto la edición en español y todo lo que la rodea han convertido indagaciones morales como las de los libros de Bolaño, y su particular ética, en algo parecido a un anacronismo. Durante una entrevista en noviembre de 1998, Bolaño declaró que buscaba un “rigor estilístico fuertísimo”, y añadió: “Yo no creo para nada en la literatura como diario de vida, como crónica personal. Yo creo en la literatura como literatura”. Lo que se nos vende en todas partes como literatura está ahora mismo tan lejos de estas opiniones de Bolaño que estas Notas para una autobiografía podrían ser leídas como un correctivo y una refutación, además de como el recordatorio —intensísimo— de que no hemos terminado con Bolaño, ni él con nosotros.
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