El 26 de abril de 1976, la edición de la revista norteamericana «Newsweek» detonó una crisis política sin precedentes en la España de la Transición al publicar las declaraciones más explosivas del joven Juan Carlos I contra su propio Gobierno. En un revelador «off the record» concedido al periodista Arnaud de Borchgrave, el rey, de viaje oficial en Estados Unidos, confesó estar «gravemente preocupado» por la resistencia al cambio de su propio Ejecutivo, calificando a Carlos Arias Navarro como un «desastre sin paliativos» que, lejos de impulsar la reforma, había demostrado «más inmovilismo que movilidad». Era así que el Borbón veía a su presidente como el soporte de los sectores más reaccionarios del régimen, conocidos como el «búnker».
Era el principio del fin de una forma de hacer política que se anclaba en el pasado. De hecho, Arias Navarro tenía todavía en su despacho de Castellana 3 un enorme retrato de Franco, que contrastaba con la pequeña fotografía del rey que se levantaba en su mesa. El presidente se sentía heredero del franquismo y trataba a Juan Carlos I como un joven inexperto y manipulable. No obstante, el país tenía un peligroso desajuste entre la estructura política que el búnker se resistía a eliminar, y una población que exigía un cambio. No en vano, el rey estaba empeñado en una transición a la democracia que contuviera a todos los partidos, incluido el PCE. Esto último no era sencillo porque debía atajar las reticencias de los inmovilistas civiles y militares que habían construido su poder sobre la legitimidad de la victoria en la guerra y la demonización del comunismo.
Aquellas declaraciones en «Newsweek» no fueron un desliz, sino un ataque. El Gobierno, totalmente desconcertado, desmintió el contenido y presionó a la prensa para que no publicara la noticia. La revista «Cambio 16» denunció esta situación con un editorial punzante: «Se diría que la censura funciona mejor en español. Si sabe inglés, compre ‘‘Newsweek’’». En este clima emergió la figura de Adolfo Martín-Gamero, ministro de Información y Turismo. Frente al repudio de Arias Navarro hacia la libertad de prensa, Martín-Gamero actuó como un dique de contención liberal y optó por una aplicación abierta y comprensiva de la Ley de Prensa vigente. A esto se sumó el silencio de La Zarzuela, la residencia del rey, lo que otorgó a las palabras una veracidad demoledora.
El segundo viaje
La tensión alcanzó su cenit en junio de 1976, cuando Arias Navarro, irritado por la cobertura del viaje del Rey a Estados Unidos, exigió el secuestro de «Cambio 16». El pretexto fue una caricatura en la que el monarca aparecía bailando sobre el «skyline» de Nueva York al estilo de Fred Astaire. Curiosamente, un joven Adolfo Suárez, entonces ministro del Movimiento, secundó la irritación de Arias y fue uno de los que telefoneó al palacio escandalizado por la ilustración. Sin embargo, el informe técnico del Ministerio de Información fue tajante: el reportaje era, en realidad, una propaganda favorable para la institución monárquica y la caricatura una simple «licencia periodística» destinada a captar la atención del lector. Martín-Gamero llegó a plantear su dimisión ante el Consejo de Ministros si se llevaba a cabo el cierre de la revista, lo que le valió el reconocimiento de los periodistas de la época como un defensor de las libertades informativas.
El segundo viaje a Estados Unidos, en junio de 1976, resultó ser el espaldarazo definitivo para los planes del Rey. Mientras intervenía ante el Congreso norteamericano como un «monarca para la democracia», las noticias que llegaban de Madrid sobre el intento de sancionar a la prensa y la detención de opositores como Calvo Serer terminaron por convencer al soberano de la necesidad de prescindir de Arias. Figuras influyentes como Katherine Graham, propietaria de The Washington Post, e incluso Henry Kissinger, intercedieron para evitar el cierre de «Cambio 16», conscientes de que la represión mediática pondría en duda la credibilidad democrática del Rey.
Finalmente, el 1 de julio de 1976, la destitución de Arias Navarro cerró este capítulo de incertidumbre. El camino quedaba expedito para el nombramiento de Adolfo Suárez y la aceleración de la Reforma Política. Las declaraciones a «Newsweek» y la crisis de la caricatura constituyeron la preparación de la opinión pública española para un cambio de rumbo irreversible y una demostración de las intenciones del rey ante el orden internacional. Aquel «desastre sin paliativos» confesado a un periodista extranjero fue, en última instancia, una definición precisa de la muerte de una época y del rumbo hacia la democracia.
Unas declaraciones que Don Juan Carlos hizo en Estados Unidos sobre su presidente del Gobierno fueron el principio del fin del «búnker» y de una forma de hacer política
El 26 de abril de 1976, la edición de la revista norteamericana «Newsweek» detonó una crisis política sin precedentes en la España de la Transición al publicar las declaraciones más explosivas del joven Juan Carlos I contra su propio Gobierno. En un revelador «off the record» concedido al periodista Arnaud de Borchgrave, el rey, de viaje oficial en Estados Unidos, confesó estar «gravemente preocupado» por la resistencia al cambio de su propio Ejecutivo, calificando a Carlos Arias Navarro como un «desastre sin paliativos» que, lejos de impulsar la reforma, había demostrado «más inmovilismo que movilidad». Era así que el Borbón veía a su presidente como el soporte de los sectores más reaccionarios del régimen, conocidos como el «búnker».
Era el principio del fin de una forma de hacer política que se anclaba en el pasado. De hecho, Arias Navarro tenía todavía en su despacho de Castellana 3 un enorme retrato de Franco, que contrastaba con la pequeña fotografía del rey que se levantaba en su mesa. El presidente se sentía heredero del franquismo y trataba a Juan Carlos I como un joven inexperto y manipulable. No obstante, el país tenía un peligroso desajuste entre la estructura política que el búnker se resistía a eliminar, y una población que exigía un cambio. No en vano, el rey estaba empeñado en una transición a la democracia que contuviera a todos los partidos, incluido el PCE. Esto último no era sencillo porque debía atajar las reticencias de los inmovilistas civiles y militares que habían construido su poder sobre la legitimidad de la victoria en la guerra y la demonización del comunismo.
Aquellas declaraciones en «Newsweek» no fueron un desliz, sino un ataque. El Gobierno, totalmente desconcertado, desmintió el contenido y presionó a la prensa para que no publicara la noticia. La revista «Cambio 16» denunció esta situación con un editorial punzante: «Se diría que la censura funciona mejor en español. Si sabe inglés, compre ‘‘Newsweek’’». En este clima emergió la figura de Adolfo Martín-Gamero, ministro de Información y Turismo. Frente al repudio de Arias Navarro hacia la libertad de prensa, Martín-Gamero actuó como un dique de contención liberal y optó por una aplicación abierta y comprensiva de la Ley de Prensa vigente. A esto se sumó el silencio de La Zarzuela, la residencia del rey, lo que otorgó a las palabras una veracidad demoledora.
La tensión alcanzó su cenit en junio de 1976, cuando Arias Navarro, irritado por la cobertura del viaje del Rey a Estados Unidos, exigió el secuestro de «Cambio 16». El pretexto fue una caricatura en la que el monarca aparecía bailando sobre el «skyline» de Nueva York al estilo de Fred Astaire. Curiosamente, un joven Adolfo Suárez, entonces ministro del Movimiento, secundó la irritación de Arias y fue uno de los que telefoneó al palacio escandalizado por la ilustración. Sin embargo, el informe técnico del Ministerio de Información fue tajante: el reportaje era, en realidad, una propaganda favorable para la institución monárquica y la caricatura una simple «licencia periodística» destinada a captar la atención del lector. Martín-Gamero llegó a plantear su dimisión ante el Consejo de Ministros si se llevaba a cabo el cierre de la revista, lo que le valió el reconocimiento de los periodistas de la época como un defensor de las libertades informativas.
El segundo viaje a Estados Unidos, en junio de 1976, resultó ser el espaldarazo definitivo para los planes del Rey. Mientras intervenía ante el Congreso norteamericano como un «monarca para la democracia», las noticias que llegaban de Madrid sobre el intento de sancionar a la prensa y la detención de opositores como Calvo Serer terminaron por convencer al soberano de la necesidad de prescindir de Arias. Figuras influyentes como Katherine Graham, propietaria de The Washington Post, e incluso Henry Kissinger, intercedieron para evitar el cierre de «Cambio 16», conscientes de que la represión mediática pondría en duda la credibilidad democrática del Rey.
Finalmente, el 1 de julio de 1976, la destitución de Arias Navarro cerró este capítulo de incertidumbre. El camino quedaba expedito para el nombramiento de Adolfo Suárez y la aceleración de la Reforma Política. Las declaraciones a «Newsweek» y la crisis de la caricatura constituyeron la preparación de la opinión pública española para un cambio de rumbo irreversible y una demostración de las intenciones del rey ante el orden internacional. Aquel «desastre sin paliativos» confesado a un periodista extranjero fue, en última instancia, una definición precisa de la muerte de una época y del rumbo hacia la democracia.
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