Aquello era Nueva York, aquello eran los Ramones y aquello era el punk. El primer álbum homónimo de los Ramones salió en abril de 1976, hace justo 50 años, y a juzgar por sus ventas, fue un fracaso. Apenas alcanzó el puesto número 111 en la lista Billboard, pero el tiempo ha puesto aquel logro en su sitio: el disco que revolucionó la escena musical, cultural y social para traspasar fronteras y quedar como una obra que todavía hoy causa tanta admiración como perplejidad. ¿Cómo pudo suceder aquello? ¿Cómo se concibió ese logro universal nacido de un sonido crudo y minimalista donde menos siempre era más? ¿Cómo pudo ocurrir esto de Ramones?
Aquel disco se convirtiría en un documento fundacional del punk rock. La Biblia del «no future». Todo comenzaba con un trallazo de guitarra y el mítico grito guerra de «Blitzkrieg Bop»»: «Hey! Ho! Let’s go!». Y el oyente permanecía extasiado ante esa mezcla de violencia y romanticismo, instrumentos configurados como armas de acordes simples y distorsionados que ensuciaban el barniz pop de unas melodías agarradas al clasicismo del soul de los 50 y 60 con melodías de Phil Spector. Ninguno de los miembros originales de aquella banda que grabó «Ramones» –Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy Ramone– sigue con vida mientras millones de personas llevan sus camisetas sin haber escuchado una sola canción del grupo. A eso de le llama trascender.
La banda se había formado en 1974, en las terribles y mugrientas calles de Forest Hills, Queens. El nombre provenía de un seudónimo que Paul McCartney usó en su día (Paul Ramon) y todos vestían chaquetas de cuero y vaqueros rotos. Se juntaron porque no tenían otra cosa que hacer y les apetecía evadirse por unos momentos de la miseria y depresión que arruinaban sus vidas. Sentirse héroes y soñar con algo durante unos efímeros instantes. El local de ensayo como su nirvana particular.
Lo que ocurría es que más allá de su adorable torpeza instrumental, poseían mucho más talento de lo que incluso ellos mismos creían. Se movían bien entre el vértigo y el caos. Y qué presencia. Pura actitud. Enchufaban sus instrumentos, se acoplaban y «Hey! Ho! Let’s go!». La audiencia no se lo podía creer. Joey se agarraba al micrófono desde sus dos metros de altura y no se movía de ahí. A sus lados, bajo y batería era un huracán mientras la batería atronaba como un tren de mercancías. Las canciones se sucedían enlazadas unas tras otras, sin ninguna interrupción ni para decir gracias. Y media hora después todo había acabado mientras los dueños del local buscaban con lágrimas en los ojos el teléfono del seguro para ver qué podían salvar. Hasta que se plantaron en el CBGB para enseñar en el templo que esto era el punk.
«En 20 minutos habían tocado unas 20 canciones. Me enamoré de ellos», diría Seymour Stein, cofundador de Sire Records. «Hasta que grabamos el disco, literalmente no habían ensayado cómo terminar las canciones», aseguraría el productor Craig Leon. «Les encantaban los Bay City Rollers. La banda favorita de Dee Dee era Abba. Intentaban ser como Abba. Esperaban tener un álbum que vendiera seis millones de copias para poder retirarse para siempre», añadiría Danny Fields, manager del grupo. Tres voces que definen en breves palabras aquella maravillosa locura que fueron los Ramones.
En febrero de 1976, poco después de firmar con Sire, la banda pasaría cuatro días en los Plaza Sound Studios, un espacio cavernoso situado encima del Radio City Music Hall, donde Arturo Toscanini había ensayado con la Orquesta Sinfónica de la NBC. Consiguieron un fin de semana largo para grabar y mezclar el disco con un ridículo presupuesto era de 6.400 dólares. Lo normal era que un disco costara medio millón de dólares y que tardara más de un año en grabarlo y publicarlo. Pero Ramones demostraron que con el dinero de unas vacaciones se podía grabar un documento histórico. Todas las sesiones de grabación de «Ramones» fueron iguales: los chicos solo querían terminar rápido. Entraron muy rodados por sus miméticos shows en el CBGB y sabían qué y cómo debían tocar por la reacción de la audiencia. Lo extraño fue comprobar que a esos gamberros no les intimidaba el estudio y que de hecho se sentían cómodos a pesar de no tener ninguna experiencia. Como mucho, hicieron dos tomas de las canciones. Jamás se iban de tiempo a pesar de la tralla con la que tocaban. En realidad, querían salir de allí cuanto antes y no aburrirse con tomas interminables y repeticiones tediosas buscando la perfección. Una vez terminadas las pistas básicas, Johnny y Dee Dee se iban y los ingenieros podían trabajar más tranquilos con el encantador Joey, siempre dispuesto a cambiar alguna voz para sonara un poco mejor.
Enorme influencia
Hubo también muchos trucos de estudio. En varias canciones se podía escuchar más de una guitarra. Hay un triángulo en «I Wanna Be Your Boyfriend». En «Havana Affair» grabaron un sonido de bomba con un bombo afinado muy bajo y colocado debajo de un piano y alguien presionando el pedal de sustain para que resonara al recibir un golpe. El ingeniero Rob Freeman sería el genio en la sombra: quería que sonara como un disco antiguo de los Beatles… pero a la manera Ramone. «Cuando les preguntabas en qué tonalidad estaban o si podían afinar un poco más, simplemente no les interesaba. Si les pedías que tocaran una octava más arriba, tocaban exactamente igual», explicaría Freeman.
Naturalmente, tuvieron que matizar un poco las fantasías líricas del grupo y Stein se opuso a que se incluyeran los versos «soy un nazi, nena» en la canción «Today your love, tomorrow the world». Él era un judío de Brooklyn y aquello le incomodaba un poco. «Beat on the brat» invitaba a golpear a los niños malcriados de alta sociedad con bates de béisbol y «Now I wanna sniff some glue» hablaba de esnifar pegamento en una tarde aburrida sin nada más que hacer. En fin, esas cosillas que tenía aquel incipiente e inocente punk.
Secuenciaron las canciones exactamente en el mismo orden que las tocaban en directo. El disco arranca con su himno «Blitzkrieg Bop» porque Joey Ramone quería tener su himno al estilo del «Saturday Night» de los Bad City Rollers, que consideraban su competencia. El título hacía referencia al término alemán «guerra relámpago» y era una oda al fan del rock’n’roll. Y luego estaba esa otra parte deliciosamente sentimental en la que los Ramones mostraban su amor por aquel chicle-pop con el que crecieron y que plasmarían en monumentos como «Judy is a punk» o «I wanna be your boyfriend».
El álbum «Ramones» tardaría 38 años en conseguir el disco de oro, pero su influencia fue incalculable. «Cuando estás en medio de todo, no te das cuenta de que estás haciendo la revolución. Vas a Kansas City y hay chicos que te dicen que les cambiaste la vida. Eso es gratificante. No te harás rico de la noche a la mañana, pero la influencia fue inmensa», recordaría Stein. Sin embargo, el impacto de su música y actitud tardaría tiempo en advertirse. Eso no ocurriría hasta décadas después, cuando bandas como Soundgarden o Green Day empezaron a mencionarlos como su gran fuente de inspiración. «Ese disco fue la suma de todos nuestros gustos: nos gustaba la música excéntrica, el pop y la música muy pesada. Nos gustaban muchas cosas diferentes y las combinamos todas. La combinación de todos esos elementos se convirtió, supongo, en nuestra estética. Una vez terminado, era imposible que estuviéramos entusiasmados con algo que habíamos tenido que hacer tan rápido. Pero el álbum tiene su propio encanto. Funcionó porque ese álbum tenía un sonido totalmente único. De una manera extraña, es una obra de arte lo-fi», resumiría un orgulloso Tommy Ramone para «Mojo». Lo que hace 50 años era underground, ahora se vende en Primark.
Se cumplen 50 años de la publicación del primer álbum de la mítica banda que contribuyó a redefinir las reglas de un movimiento inmortal Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
