«Punto Nemo» es la crónica de un naufragio anunciado

El mercado del streaming se ha convertido, en cierto modo, en el Vietkong . La proliferación de plataformas y el volumen de producciones anuales de cada una hacen prácticamente imposible destacar por una simple cuestión de tiempo, y condenan a muchas series, nacidas de nobles intenciones pero con resultados discretos o simplemente correctos, al olvido, al ostracismo y, con demasiada frecuencia, a la cancelación. «Punto Nemo», creada por Daniel Martín Sáez de Parayuelo y de producción hispano-portuguesa, es una de estas víctimas. La ficción, cuya primera temporada llegó a Prime Video en 2025, distaba de ser perfecta. En su bienintencionado intento por ofrecer un terror con toques de «sci-fi», y pese a contar con un reparto de demostrada solvencia, no lograba evitar caer en clichés o, directamente, en imitaciones de aquellos productos a los que aspiraba parecerse.

En su primera temporada, «Punto Nemo» seguía a la expedición del Pentonkontors, un buque de investigación en el que coincidían científicos y miembros de la Armada Española que viajaban rumbo al Pacífico Sur para estudiar la isla de plástico. A bordo iban Máximo (Óscar Jaenada), que encabezaba la expedición; Nazareth (Alba Flores), doctora en biología marina; Jota (Maxi Iglesias), sargento de la Armada y mecánico del barco y otros personajes como Ray (Eric Masip), Mónica (Nüll García), o América (María Isabel Díaz Lago). Cuando una tormenta los sacaba de ruta, la expedición terminaba varada en el Punto Nemo, una isla remota con una antigua base militar rusa. A partir de ahí, la temporada pasaba de la misión científica a la pura supervivencia: el grupo intentaba entender qué había ocurrido en ese lugar, encontrar una forma de salir y resistir mientras iban apareciendo hallazgos peligrosos, secretos ligados a la base y personajes como Juana (Najwa Nimri), que terminaban enredando todavía más una situación ya de por sí fuera de control.

Con esta premisa y este reparto, no resulta aventurado afirmar que la ficción creada por Sáenz de Parayuelo habría encontrado su lugar en la televisión de hace quince o veinte años. Allí, con sus imperfecciones y torpezas, habría gozado del tiempo y la confianza necesarios para desarrollar su universo —como los tuvo «Perdidos», a la que no deja de referenciar, salvando distancias abismales—, y habría podido asentarse como lo hicieron otras series igualmente imperfectas y algo torpes, como «El Barco» o «El Internado».

Sin embargo, acaba de llegar a la plataforma de Amazon su segunda y última temporada; esto último, sospecho, no por voluntad de su creador y su equipo. Amplío mi sospecha: este desenlace, lejos de estar previsto, fue comunicado tarde y mal, obligando a sus guionistas a salvar los muebles y a atar cabos a contrarreloj para cerrar la serie de la forma más digna posible. El resultado, en lo puramente audiovisual, es, como no podía ser de otra forma, flojo y precipitado; pero esta segunda entrega de «Punto Nemo» actúa casi como un documento de lo que es el último estertor de una serie. Uno casi podría adivinar hasta qué episodio llegaron a firmar algunos actores, a juzgar por personajes que aparecen y desaparecen de forma anticlimática, y por todos esos planes de futuro que el equipo creativo tenía y que ahora se convierten en giros erráticos y decisiones forzadas, con una evidente falta de apoyo y recursos por parte de la plataforma. Como sus propios personajes, la serie no sobrevive a este clima hostil del streaming moderno, y uno no puede evitar sentir cierta pena al ver cómo su loable intención se queda en eso: en un intento.

 La segunda temporada de esta apuesta de Prime Video por el terror y la ciencia ficción acusa su abrupto cierre  

El mercado del streaming se ha convertido, en cierto modo, en el Vietkong . La proliferación de plataformas y el volumen de producciones anuales de cada una hacen prácticamente imposible destacar por una simple cuestión de tiempo, y condenan a muchas series, nacidas de nobles intenciones pero con resultados discretos o simplemente correctos, al olvido, al ostracismo y, con demasiada frecuencia, a la cancelación. «Punto Nemo», creada por Daniel Martín Sáez de Parayuelo y de producción hispano-portuguesa, es una de estas víctimas. La ficción, cuya primera temporada llegó a Prime Video en 2025, distaba de ser perfecta. En su bienintencionado intento por ofrecer un terror con toques de «sci-fi», y pese a contar con un reparto de demostrada solvencia, no lograba evitar caer en clichés o, directamente, en imitaciones de aquellos productos a los que aspiraba parecerse.

En su primera temporada, «Punto Nemo» seguía a la expedición del Pentonkontors, un buque de investigación en el que coincidían científicos y miembros de la Armada Española que viajaban rumbo al Pacífico Sur para estudiar la isla de plástico. A bordo iban Máximo (Óscar Jaenada), que encabezaba la expedición; Nazareth (Alba Flores), doctora en biología marina; Jota (Maxi Iglesias), sargento de la Armada y mecánico del barco y otros personajes como Ray (Eric Masip), Mónica (Nüll García), o América (María Isabel Díaz Lago). Cuando una tormenta los sacaba de ruta, la expedición terminaba varada en el Punto Nemo, una isla remota con una antigua base militar rusa. A partir de ahí, la temporada pasaba de la misión científica a la pura supervivencia: el grupo intentaba entender qué había ocurrido en ese lugar, encontrar una forma de salir y resistir mientras iban apareciendo hallazgos peligrosos, secretos ligados a la base y personajes como Juana (Najwa Nimri), que terminaban enredando todavía más una situación ya de por sí fuera de control.

Con esta premisa y este reparto, no resulta aventurado afirmar que la ficción creada por Sáenz de Parayuelo habría encontrado su lugar en la televisión de hace quince o veinte años. Allí, con sus imperfecciones y torpezas, habría gozado del tiempo y la confianza necesarios para desarrollar su universo —como los tuvo «Perdidos», a la que no deja de referenciar, salvando distancias abismales—, y habría podido asentarse como lo hicieron otras series igualmente imperfectas y algo torpes, como «El Barco» o «El Internado».

Sin embargo, acaba de llegar a la plataforma de Amazon su segunda y última temporada; esto último, sospecho, no por voluntad de su creador y su equipo. Amplío mi sospecha: este desenlace, lejos de estar previsto, fue comunicado tarde y mal, obligando a sus guionistas a salvar los muebles y a atar cabos a contrarreloj para cerrar la serie de la forma más digna posible. El resultado, en lo puramente audiovisual, es, como no podía ser de otra forma, flojo y precipitado; pero esta segunda entrega de «Punto Nemo» actúa casi como un documento de lo que es el último estertor de una serie. Uno casi podría adivinar hasta qué episodio llegaron a firmar algunos actores, a juzgar por personajes que aparecen y desaparecen de forma anticlimática, y por todos esos planes de futuro que el equipo creativo tenía y que ahora se convierten en giros erráticos y decisiones forzadas, con una evidente falta de apoyo y recursos por parte de la plataforma. Como sus propios personajes, la serie no sobrevive a este clima hostil del streaming moderno, y uno no puede evitar sentir cierta pena al ver cómo su loable intención se queda en eso: en un intento.

 Series

Noticias Similares