El debate | ¿Ha dañado Trump definitivamente la autoridad de Estados Unidos?

En apenas año y medio, la diplomacia de Estados Unidos, así como sus intereses y alianzas históricas, han sido sometidos al capricho del presidente Donald Trump, que un día puede decir que la OTAN no sirve para nada y otro, amenazar con arrasar Irán. Declaraciones que en otra administración serían un terremoto diplomático, con Trump apenas tienen consecuencias reales. Según va creciendo la espiral de exageraciones, amenazas y rectificaciones, el mundo va haciendo cada vez menos caso a Washington. ¿Se está dañando para siempre el predicamento de Estados Unidos en las relaciones internacionales?

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 Las constantes exageraciones y amenazas del presidente republicano han ido mermando la credibilidad de Washington entre sus aliados  

En apenas año y medio, la diplomacia de Estados Unidos, así como sus intereses y alianzas históricas, han sido sometidos al capricho del presidente Donald Trump, que un día puede decir que la OTAN no sirve para nada y otro, amenazar con arrasar Irán. Declaraciones que en otra administración serían un terremoto diplomático, con Trump apenas tienen consecuencias reales. Según va creciendo la espiral de exageraciones, amenazas y rectificaciones, el mundo va haciendo cada vez menos caso a Washington. ¿Se está dañando para siempre el predicamento de Estados Unidos en las relaciones internacionales?

La exministra de Exteriores Arancha González Laya cree que ese quiebre es profundo y que las consecuencias irán más allá de Trump. El experto en relaciones transatlánticas Luis Simón opina que los fundamentos de la relación de EE UU con el mundo seguirán ahí.


Ya no volverá a ser lo mismo

ARANCHA GONZÁLEZ LAYA

Durante décadas, la relación transatlántica se sostuvo sobre una combinación de intereses compartidos, confianza estratégica y la convicción mutua de que, pese a desacuerdos puntuales, Estados Unidos y Europa formaban parte de una misma comunidad política. Esa premisa ha dejado de ser válida. No estamos ante una crisis coyuntural ni ante un nuevo ciclo de tensiones destinado a resolverse con un cambio de administración o una cumbre exitosa. La relación ha entrado en una fase estructuralmente distinta, marcada por una desconfianza acumulativa.

No es solo el tono el que ha cambiado, sino la naturaleza del vínculo. Estados Unidos ya no se limita a ejercer liderazgo o hegemonía —discutida o aceptada, pero reconocible—, sino que actúa crecientemente como un poder dispuesto a debilitar, fragmentar o subordinar el proyecto europeo cuando este constituye un obstáculo para sus prioridades internas o estratégicas. Este giro tiene consecuencias profundas y duraderas.

Durante mucho tiempo, incluso en momentos de fricción —la guerra de Irak en 2003, las tensiones comerciales, los desacuerdos sobre China—, existía una expectativa compartida de “reseteo”. La relación era vista como resiliente por definición. Hoy, esa expectativa ha desaparecido. Cada episodio conflictivo no se cancela con el siguiente gesto conciliador, sino que se acumula como una capa más de desconfianza.

Los aranceles impuestos unilateralmente a productos europeos no fueron solo una disputa comercial: significaba que el mercado europeo podía ser tratado como un adversario económico, no como un socio estratégico. Las amenazas reiteradas contra Groenlandia —más allá de su viabilidad real— rompieron un tabú esencial: la soberanía territorial de un Estado miembro de la UE estaba fuera del terreno de juego transatlántico. Ese episodio, lejos de ser anecdótico, obligó a los europeos a plantearse una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto Washington sigue considerando a Europa como un sujeto político y no como un espacio estratégico de libre disposición?

La OTAN, tradicional pilar del vínculo, tampoco funciona ya como ancla de confianza. Las dudas persistentes sobre los compromisos estadounidenses, las exigencias formuladas en términos transaccionales y la instrumentalización interna de la alianza han erosionado la noción de seguridad compartida. La guerra en Ucrania, lejos de reconstruir la relación, ha añadido nuevas tensiones: divergencias sobre el final del conflicto, sobre el coste económico para Europa, y sobre el reparto de riesgos a largo plazo.

Pero quizá el cambio más profundo —y menos discutido públicamente— sea el nuevo nivel de injerencia estadounidense en la política interna de los Estados miembros de la Unión Europea. No son presiones diplomáticas discretas o afinidades ideológicas tradicionales. Se trata de un apoyo con luz y taquígrafos a actores políticos europeos que cuestionan la propia integración europea. Antes estos grupos políticos pedían la salida de sus países de la Union Europea. Hoy anuncian querer “cambiar la UE desde dentro”, exactamente el mismo lenguaje empleado por la administración estadounidense. Todos estos partidos políticos tienen cabida en las democracias europeas, faltaría más, pero lo que no tiene cabida es la injerencia extranjera en el espacio informacional y político europeo, ya venga de Rusia o del propio presidente de los Estados Unidos.

Trump no es una anomalía. Es un acelerador de tendencias preexistentes. El repliegue relativo de EE UU, la nacionalización del interés económico, la desconfianza hacia el multilateralismo y la fatiga de liderazgo preceden a Trump. No creó de la nada el America First, lo explicitó y sus ideas ahora permean una parte central del sistema político estadounidense. Ninguna administración futura podrá ignorar que estas posiciones cuentan con un respaldo social duradero. Cambiarlo requerirá luchar por el alma del proyecto democrático de los fundadores del país y eso les corresponde a ellos.

En cuanto a nosotros, está claro que la simpatía burocrática ya no es suficiente para compensar la fragilidad política. La interdependencia económica ya no alcanza para garantizar confianza. La presión externa no basta para unir al Occidente. Asumir esto no significa dramatizar, ni desear la debilidad del vínculo transatlántico. Es lucidez necesaria para responder racionalmente al riesgo. Más que esperar al retorno de una normalidad transatlántica anterior, Europa debe actuar como un actor político que no da por sentada la benevolencia estadounidense.

Mantener una relación transatlántica sólida y estable es de interés fundamental para Europa. Hacerlo requiere institucionalizar la prudencia, actuar como actor político adulto y demostrar que la cooperación con la UE es una elección valiosa para Washington precisamente porque Europa ya no depende de ella para existir.


Erosión sin derrumbe

LUIS SIMÓN

Frente a la pregunta de si se ha quebrado la autoridad de Estados Unidos en el mundo, la respuesta intuitiva, especialmente en Europa, es afirmativa. El argumento es bien conocido: lo ocurrido con Irán —ignorando el derecho internacional, actuando sin consultar a los aliados y exigiendo después su apoyo, incluso presionándolos públicamente— no se interpreta como un episodio aislado, sino como culminación de una erosión previa. Una erosión alimentada por una sucesión de decisiones de Washington —de Ucrania a los aranceles, pasando por sus ambigüedades respecto a Europa o incluso episodios como Groenlandia— que ya habían sembrado dudas sobre su fiabilidad. La conclusión parece evidente: Estados Unidos ya no es fiable; ha llegado el momento de buscar alternativas.

Pero esa lectura parte de una premisa problemática. Las relaciones internacionales no se rigen principalmente por criterios normativos, sino por dinámicas de poder. Y la autoridad, también la de Estados Unidos, no flota por encima de los equilibrios y cálculos de poder: descansa sobre ellos.

Europa parece tener dificultades para interiorizar esta realidad. Repetimos que vivimos en un mundo “más geopolítico”, de “rivalidad estratégica”, donde hay que pensar en términos de poder. Pero a la hora de interpretar y reaccionar a acontecimientos internacionales, seguimos recurriendo a categorías normativas: derecho internacional, multilateralismo, gobernanza global. No solo por ingenuidad. También porque, para potencias medias o secundarias, las normas y las instituciones ofrecen protección frente a la arbitrariedad de las grandes potencias.

El problema no es que estos conceptos sean irrelevantes. Es que son secundarios. En el ámbito doméstico, el derecho descansa sobre una premisa fundamental: el monopolio del ejercicio de la violencia legítima por parte del Estado. Es lo que Max Weber identificó como el núcleo de la soberanía. Sin ese monopolio, no hay derecho efectivo.

En el ámbito internacional, ese monopolio no existe. No hay Estado global, ni separación de poderes, ni una autoridad última que garantice el cumplimiento de normas. Lo que hay es anarquía. Y en un mundo anárquico, el equilibrio de poder interestatal se superpone sobre una arquitectura normativa e institucional siempre frágil y, en última instancia, dependiente de dicho equilibrio.

Durante las últimas tres décadas, la hegemonía estadounidense proyectó la ilusión de que existía algo parecido a un orden. Pero la globalización, las instituciones internacionales o ciertas nociones de legalidad internacional no emergieron de un consenso universal ni de una evolución progresiva hacia un mundo regido por normas. Prosperaron al abrigo de la hegemonía estadounidense: había un hegemon capaz de sostener —y, llegado el caso, imponer— ese marco.

Ese contexto está cambiando. El poder de Estados Unidos sigue siendo dominante, pero ya no es hegemónico. La emergencia de China como rival estratégico resquebraja la unipolaridad. No estamos, sin embargo, entrando en un mundo multipolar, sino en uno donde la primacía estadounidense es crecientemente disputada. Eso ofrece a muchos países más margen de maniobra y más opciones para renegociar su relación con Washington.

Conviene, sin embargo, distinguir entre autoridad en sentido normativo —prestigio, legitimidad— y autoridad en sentido estructural, vinculada al poder y a la posición en el sistema internacional.

La autoridad o la legitimidad en relaciones internacionales no responden principalmente a criterios abstractos o universales. Dichos elementos son secundarios frente a lo que principalmente guía el comportamiento de los Estados: el interés nacional, definido fundamentalmente en términos de poder. Y ese interés se articula en buena medida en torno a alineamientos geopolíticos. En el caso de Estados Unidos, la percepción de su autoridad dependerá menos de juicios normativos que de la posición relativa de cada país respecto a Washington.

Para muchos Estados, la relación con Estados Unidos seguirá siendo la brújula principal. Sus aliados tenderán a verlo como un proveedor de seguridad —imperfecto, incluso errático, pero difícilmente sustituible. Sus competidores, por el contrario, interpretarán cada movimiento como una confirmación de su narrativa y lo aprovecharán para reforzar sus propias estrategias revisionistas.

Esto no significa que nada haya cambiado. Cuando una potencia empieza a utilizar su posición de forma depredadora o extractiva, intentando maximizar concesiones de aliados y adversarios por igual, acelera la erosión de su propia autoridad. En ese sentido, la actuación reciente de Washington está empujando a muchos aliados a diversificar riesgos, invertir más en defensa y explorar márgenes de autonomía. Pero hay límites a esa diversificación.

En Asia, la seguridad se estructura en torno a alianzas bilaterales de EE UU con Japón, Corea del Sur, Australia o Taiwán. Ninguno de esos países puede resistir a China militar o políticamente sin EE UU. En Europa, la situación es más ambigua, pero no necesariamente más prometedora. Existen estructuras multilaterales como la OTAN y propias como la Unión Europea. Sin embargo, ésta última sigue enfrentándose a problemas estructurales de acción colectiva, coherencia estratégica y coordinación. De hecho, no se puede entender la estabilidad europea contemporánea sin el papel de Estados Unidos como factor de cohesión y mitigador de rivalidades intraeuropeas.

Por eso, pese a todas las dudas, la mayoría de países europeos parece preferir aferrarse al “clavo ardiendo” de la alianza con EE UU (un “clavo” cada vez menos fiable) que explorar seriamente alternativas, ante la falta de estas.

La autoridad de Estados Unidos no se decide en abstracto ni se pierde de forma uniforme. Se redefine en función de contextos estratégicos concretos y del interés de quienes la evalúan.

Su dimensión normativa puede haberse erosionado. Pero su autoridad estructural —la que descansa sobre el poder, las alianzas y la ausencia de alternativas creíbles— perdura. Aunque no inmune: cada vez más contestada, cada vez más tensionada y, previsiblemente, cada vez más acompañada de intentos de diversificación entre sus aliados. Pero eso no implica su desaparición.

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