Ser madre o padre en la segunda década del siglo XXI en una gran ciudad del mundo occidental no es fácil, como demuestra con mucho humor la última novela gráfica de la autora francesa Aude Picault, Mis rollos de cuarentona. Sin embargo, como recuerdan también otros títulos de publicación reciente que componen esta selección, el ejercicio de criar nunca ha sido fácil y existen realidades complejas que lo dificultan aún más si cabe, desde circunstancias socioeconómicas a tragedias —como la muerte de una hija— con las que siempre es difícil (por no decir imposible) lidiar.
Las relaciones paterno-filiales son el ejemplo paradigmático de la ambivalencia. Criar no es fácil. Tampoco ser niño y adolescente. No lo es hoy. Y, como demuestran muchos de los títulos de esta selección, no lo ha sido nunca
Ser madre o padre en la segunda década del siglo XXI en una gran ciudad del mundo occidental no es fácil, como demuestra con mucho humor la última novela gráfica de la autora francesa Aude Picault, Mis rollos de cuarentona. Sin embargo, como recuerdan también otros títulos de publicación reciente que componen esta selección, el ejercicio de criar nunca ha sido fácil y existen realidades complejas que lo dificultan aún más si cabe, desde circunstancias socioeconómicas a tragedias —como la muerte de una hija— con las que siempre es difícil (por no decir imposible) lidiar.
Tampoco es fácil ser hijo o hija, sobre todo cuando la enfermedad toca a la puerta de quienes, hasta hace nada, te cuidaban y protegían; o peor aún, cuando esos que deberían cuidarte y protegerte son quienes —a veces sin pretenderlo— te causan traumas y heridas que resultan casi imposible curar. Sobre ello también hablan algunas de las ocho novelas que son un regalo perfecto para celebrar el Día del Libro este 23 de abril.

En el verano de 1976, James, un preparacionista obsesionado con el fin del mundo, se lleva a su hija de ocho años a una cabaña en un bosque remoto. Lo que en principio parecen unas vacaciones atípicas acaba siendo un secuestro por el que Peggy pasará nueve años sobreviviendo con su padre (y a su padre) en el bosque, convencida de que el mundo se ha acabado y ellos dos son los únicos supervivientes. Hasta que un día encuentra unas botas, otro rastro de vida humana, y todas sus certezas se tambalean. Contada en dos tiempos, el presente y el recuerdo de los días en el bosque, esta perturbadora novela de Claire Fuller (con traducción de Eva Cosculluela) es un cuento de terror de violencia vicaria sobre cómo un padre con ansia de venganza puede convertirse en el peor monstruo para su hija. Las últimas 100 páginas son una extraordinaria genialidad.

Una abuela que es sostén, un padre alcohólico e inmaduro que se convierte en abuelo apenas superados los 30 años y una hija que llega a la maternidad con solo 15 son los miembros de una familia de Nuevo México absolutamente disfuncional —en la que se acumulan generaciones en cortos espacios de tiempo— a la que se incorpora un bebé con las peores cartas de la baraja de la vida en la mano. Con esos personajes inolvidables —y con unos secundarios extraordinariamente construidos— a los que Kirstin Valdez Quade (con traducción de Blanca Gago) trata con una fantástica mezcla de cariño, sensibilidad e ironía, la autora estadounidense crea un milagro: una novela bellísima de perdedores y de vidas rotas que indaga con precisión en la complejidad de las relaciones familiares, en esos lazos que se vuelven tortuosos en la precariedad y ante la falta de recursos (económicos y emocionales), pero que siempre son el último e incondicional salvavidas.

La primera parte de la trilogía de los 100 años de la escritora Jane Smiley (traducción de Ce Santiago) nos sitúa en una granja de Denby (Iowa), en la que en 1920 arranca la familia Langdon de la mano de unos jóvenes Rosanna y Walter. Casi 500 páginas después, el libro se cierra en 1953, con la mayoría de los hijos de la pareja ya independizados, casados y con su propia prole. Por el camino, un tercio de siglo (cada año, un capítulo) en el que se suceden nacimientos, muertes, guerras, accidentes, crisis económicas, cosechas más o menos buenas (y más o menos malas) y pequeños sucesos que no entrarían en los libros de historia, pero que son La Historia en mayúsculas y por eso, acertadamente, Smiley se detiene en ellos, los reviste de trascendencia con una mirada profundamente humana y feminista: ahí están la relación entre padres e hijos, las alegrías y las decepciones de la experiencia de criar, la evolución de los partos (de la granja al hospital), la irrupción de los biberones, el cambio en los modelos de crianza, la incorporación del padre a esas labores… La otra cara de la historia de Estados Unidos está en esta joya de Smiley.

En tiempos de idealización de la maternidad y la paternidad, edulcorada con filtros de Instagram, este poemario de David Refoyo invita a no dejarse seducir por el algodón de azúcar y las luces de neón de una feria en día de lluvia y a prestar atención al barro del descampado en el que atracan los feriantes. “Algo así debe ser la crianza, pensé”, escribe en ‘Había llovido’. En estos poemas llenos de amor, de ternura y de verdad, que arrancan con la llegada de una niña que poco a poco empieza a inaugurar un idioma, hay espacio para el miedo más irracional y para la ambivalencia más pura. También un recuerdo para quienes nos precedieron en la tarea de criar en el mundo previo a la multitarea y a la impostura: “No es que madre fuese mejor madre, / es que las madres, ese ejército titánico / de entonces, / no pretendía la ubicuidad”. Un bello y original acercamiento a la experiencia de paternar.

Una mañana de un día laborable cualquiera en la vida de una madre. Con esa situación que roza la locura y que, sabemos por experiencia, hace envejecer aceleradamente, arranca lo nuevo de la ilustradora francesa Aude Picault. A diferencia de sus títulos anteriores —novelas gráficas más convencionales en su estructura—, Picault opta aquí por pequeñas historietas de una o dos páginas (muy al estilo, salvando las distancias temáticas y de público, de la colección de ‘La terrible Adèle’). Escenas mínimas repletas de la épica de lo cotidiano que muestran, con muchísimo sentido del humor y una gran carga irónica que invita a reírse de una misma, las pequeñas batallas diarias a las que se enfrenta hoy en día una mujer en la cuarentena con una hija pequeña a cargo y una pareja muy hombre al lado (fantástico su retrato como contrapeso de la protagonista) que, además, tiene que lidiar con un trabajo creativo exigente cuando apenas tiene tiempo para pensar entre el sinfín de cargas (físicas y mentales) que soporta.

Un asado familiar, una jornada en apariencia serena, de goce, un incendio, la aceleración imparable de los acontecimientos que termina en una imprevisible escena de terror doméstico que nada tiene que ver con el fuego. La muerte apareciendo cuando menos se la espera. En quien menos se la espera. El azar destrozando vidas en cuestión de segundos. Esa escena marca el final “de la infancia, la inocencia y la felicidad” de la narradora. También el inicio de este pequeño —solo en su tamaño— libro autobiográfico, en el que su autora, la argentina Dolores Gil, se enfrenta casi tres décadas después cara a cara con su pasado, con aquella muerte, con el silencio que vino después, con el duelo nunca cerrado. Lo hace a la par que cría a su deseado hijo recién nacido entre miedos irracionales que se hacen fuertes en aquel suceso azaroso y siniestro de su infancia. “Las dos (la autora y su hermana) tenemos algo en común: entendimos temprano en la vida lo que cuesta un hijo, lo sabemos con el cuerpo”, explica. Un artefacto literario poderoso, honesto, bello, capaz de desprender luz entre las tinieblas del miedo y la culpa.

El encuentro, por parte del narrador, de una antigua caja de cartón con documentos que guardó su madre durante toda una vida pone en marcha este libro inclasificable, fragmentario y de una sensibilidad única. En sus páginas se mezclan sin extrañeza, como si fuese lo más normal del mundo, realidad y ficción, entradas de diario, fotografías, ‘collages’, fragmentos de cartas, diagnósticos médicos, prospectos farmacéuticos, correos electrónicos, narraciones en primera y tercera persona y reflexiones en las que el narrador se dirige directamente a una madre casi en estado vegetal, consumida por la demencia cuando todavía es demasiado joven. “Escribo para restituir el habla que tú perdiste”, afirma en un momento dado. Lo hace con “el deseo de eternizarla”. Esa escritura y los documentos hallados llevan al escritor brasileño Gabriel Abreu (con traducción de Antonio Jiménez Morato) a una casi enfermiza búsqueda de su madre (la que fue la mujer de las fotos y las cartas, la mujer previa a la maternidad), que es también de alguna forma una búsqueda de sí mismo. “No existe la posibilidad de traducir tu deterioro en algo hermoso y adecuado”, escribe casi al final Abreu, reconociendo su fracaso. Y, sin embargo, este libro sobre la pérdida, sobre la enfermedad y sobre los vínculos familiares es un artefacto terriblemente bello, nostálgico y doloroso.

Ele, la protagonista de ‘Malacría’, creció pensando que lo normal era que una familia estuviera formada solo por mujeres. En su caso, ella, su madre (Perla) y su abuela (Cecilia), las otras dos grandes protagonistas de la novela de la escritora mexicana Elisa Díaz Castelo. Muchos años después, ya adulta, Ele inicia un viaje con Jeni, la novia de su madre, y ‘Valeriana’, la peculiar perra de ambas, en búsqueda de su progenitora, desaparecida en extrañas circunstancias. Ese particular ‘road trip’, plagado de recuerdos y piezas fragmentarias que aluden a la madre y a la abuela, va desvelando poco a poco la historia oculta y silenciada de esa familia de mujeres y da explicaciones a la ausencia de hombres en la misma. “Las cicatrices de las otras nos hieren. Afloran en nuestros cuerpos invisibles. Cargamos también con la herencia del corte”, expresa en un momento dado Ele, en una afirmación que es un resumen perfecto de esta poética novela sobre esos traumas femeninos consecuencia del patriarcado de los que no se habla y que, a través del silencio, van traspasándose de generación en generación a modo de huella epigenética.
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