Un estudio revela que los escándalos no frenan la música de artistas polémicos: en algunos casos incluso la impulsan

El debate lleva décadas sobre la mesa: ¿podemos disfrutar de una canción sin pensar en quién la creó? Según un nuevo estudio de la Universidad de Cornell, cuando se trata de música, la respuesta es clara: los oyentes sí separan al artista de su obra, incluso cuando salen a la luz revelaciones graves sobre su conducta. En algunos casos, los escándalos no solo no reducen la escucha, sino que pueden aumentar la popularidad del artista.

El ejemplo más contundente del estudio es R. Kelly, condenado a 31 años de prisión por pornografía infantil, tráfico sexual y crimen organizado. Aunque Spotify retiró su música de playlists oficiales en 2018, sus canciones siguieron acumulando reproducciones.

Según la profesora Jura Liaukonyte, líder del estudio, la caída en escuchas solo se produjo cuando la plataforma redujo su visibilidad. “El consumo no bajó porque los oyentes cambiaran de opinión”, sino porque Spotify dificultó encontrar su música.

El análisis también examinó los casos de Sean ‘Diddy’ Combs, condenado a cuatro años por delitos relacionados con prostitución, y Morgan Wallen, grabado usando un insulto racial en 2021. En todos ellos, la reacción en redes sociales fue intensa y la cobertura mediática, masiva. Sin embargo, los investigadores no encontraron pruebas de un descenso sostenido en la demanda de streaming. En varios casos, los escándalos coincidieron con picos temporales de escuchas.

La influencia real de las plataformas: más poder del que parece

El estudio concluye que la clave no está en la reacción del público, sino en las decisiones editoriales y algorítmicas de plataformas como Spotify. Cuando reduce la presencia de un artista, su consumo baja; cuando no lo hace, la demanda se mantiene estable.

“Las plataformas son intermediarios culturales con un poder enorme”, señala Liaukonyte. “La llamada ‘cancelación’ no depende tanto del público” como de la visibilidad que las plataformas deciden otorgar.

Los investigadores creen que estos resultados cuestionan la narrativa habitual sobre la “cultura de la cancelación”. La reacción social existe, pero no se traduce automáticamente en un boicot efectivo.

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