Fui afortunado: me instalé en Madrid a finales de 1979. Se había inaugurado en la calle de los Jardines un local a nuestros ojos opulento, llamado El Sol. Antonio Gastón, su fundador, vivía cerca de mi casa. Y allí se presentó, sin avisar. Tenía una pièce de résistance: su interpretación de La loba, de Marifé de Triana, que escenificaba con las cortinas que tuviera a su alcance. Fue una performance deslumbrante, que me hizo recordar la frase de El mago de Oz: “Totó, tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas”.
Fui afortunado: me instalé en Madrid a finales de 1979. Se había inaugurado en la calle de los Jardines un local a nuestros ojos opulento, llamado El Sol. Antonio Gastón, su fundador, vivía cerca de mi casa. Y allí se presentó, sin avisar. Tenía una pièce de résistance: su interpretación de La loba, de Marifé de Triana, que escenificaba con las cortinas que tuviera a su alcance. Fue una performance deslumbrante, que me hizo recordar la frase de El mago de Oz: “Totó, tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas”. Seguir leyendo EL PAÍS
