La «catarsis colectiva y la resistencia» del teatro de María Velasco frente al aislamiento y la angustia

El infierno pueden ser los otros, como decía Jean-Paul Sartre en su A puerta cerrada, y sobre ese encierro físico y existencial indaga también la directora y dramaturga María Velasco en su última obra teatral, Ese ruido es un animal, pero añadiéndole banda sonora, cuerpos danzantes hasta la histeria e indagación identitaria. En estos tiempos, además, de relaciones digitales, pantallas y atomización. Y para explorar que, quizá, pueda no darse ese infierno en el trato con los demás, sino todo lo contrario: que puede alcanzarse la catarsis colectiva. Esa que alumbra la Premio Nacional de Literatura Dramática 2024 en su estreno de este jueves, en la Sala Teatro Cuarta Pared, pues en eso consiste el teatro. Pero desentrañemos paso a paso.

 La directora y dramaturga estrena en la Sala Teatro Cuarta Pared su última pieza, ‘Ese ruido es un animal’, con la música y la comunidad como sostenes  

El infierno pueden ser los otros, como decía Jean-Paul Sartre en su A puerta cerrada, y sobre ese encierro físico y existencial indaga también la directora y dramaturga María Velasco en su última obra teatral, Ese ruido es un animal, pero añadiéndole banda sonora, cuerpos danzantes hasta la histeria e indagación identitaria. En estos tiempos, además, de relaciones digitales, pantallas y atomización. Y para explorar que, quizá, pueda no darse ese infierno en el trato con los demás, sino todo lo contrario: que puede alcanzarse la catarsis colectiva. Esa que alumbra la Premio Nacional de Literatura Dramática 2024 en su estreno de este jueves, en la Sala Teatro Cuarta Pared, pues en eso consiste el teatro. Pero desentrañemos paso a paso.

«El encierro de la obra, aunque se hable de confinamiento, es existencial. Es el encierro de la angustia hoy tan generalizada, que es en sí misma angostura. El aislamiento y la estrechez pueden ser oportunidades para encontrarnos más íntimamente con los otros y con nosotros mismos. A veces, las consecuencias son terribles. Otras, hay algo que se puede sacar en limpio», adelanta María Velasco, sobre la premisa a la que, hasta el 23 de mayo, se enfrenta el elenco: Marina Herranz, Álvaro Leiva, Lucía Sánchez, Chelo Valma y Fran Vélez.

Interpretan a un grupo de jóvenes que acude a un festival de música para desconectar del mundo durante una noche, pero que termina aislado durante semanas, tras estallar la pandemia. «Nuestra obra dice que, aunque hoy la comunidad sea líquida, inestable, tensa, es mejor que el individualismo. Fracasamos una y otra vez tratando de salir de nuestro feroz ensimismamiento, pero es mejor que resignarnos a él».

Para ello, la música jugará un rol poderoso, resonando a modo de rave para despertar y avivar el seso social y político, en una propuesta que Cuarta Pared lanzó a María Velasco para aupar este nuevo montaje, que ha escrito y dirige, como habitúa. «No quería limitarme a la cultura club o rave, porque esto es una obra de teatro y jugamos en otra liga. El desafío era escuchar texturas muy diferentes, desde el didgeridoo a la música clásica, pasando por cantautores de culto, con los sentidos y los cuerpos del siglo XXI, después de haber sido cimbreados por la electrónica, el techno, el trance, la muchedumbre».

Un momento de la obra de teatro.
Un momento de la obra de teatro.ALBERTO MATEO

El recorrido recupera la epidemia de la danza, un fenómeno histórico acuñado tras el baile desenfrenado de cientos de personas en Estrasburgo, durante el verano de 1518, que terminó con pérdidas de conciencia e, incluso, con fallecimientos. Investigado, entre otros, por el historiador británico John C. Waller, y cuyos artículos estudió María Velasco, el suceso se atribuyó a una histeria colectiva. «La palabra histeria viene de útero y las razones de la histeria, como enfermedad, siempre han sido algo ilegibles para la ciencia. La histeria es a veces comprensible ante las violencias que hemos confundido con la normalidad», comenta la autora. «La histeria provoca catarsis. El teatro está lleno de histéricos y de histéricas. A veces son insoportables. En el fondo, los quiero», explica.

Porque lo que también busca responder es si el teatro puede ser, tal vez, ese lugar de catarsis compartida, lejos del aislamiento y el scroll infinito, donde encontrarnos y dejarnos llevar al ritmo de lo que se despliega en escena, y no sólo como pasatiempo. «Siempre he ponderado que lo más importante de las artes escénicas es en sí el hecho de la reunión. Por eso, aunque sean minoritarias, son tan desafiantes. El teatro es hoy una forma de resistencia y da la oportunidad de contemplar animales humanos que no han sido producidos ni postproducidos con retoques o filtros. La excepción de la verdad dentro de un mundo en el que cada vez es más difícil pararse a contemplar, escuchar, aburrirse y hasta reflexionar», defiende sobre su compromiso. «El teatro es nuestro remedo de la rave cuando no pudimos elegir las dos cosas. Catarsis compartida, y a veces también aburrimiento, precariedad, soledad… Todo eso me parece más digno que el entretenimiento».

Un efecto inocuo que poco tiene que ver con su propia dramaturgia, que siempre es retadora, singular, catalizadora. En esta ocasión, la acompañan la dramaturga y directora de escena Ruth Rubio; la coreógrafa y bailarina chilena Javiera Paz, en quien se apoya para «elecciones más experimentales», como en el caso, aquí, de los «actores que bailan sin ser bailarines», y la artista argentina Marina Otero, que en los primeros días sirvió para disparar «la provocación, el riesgo» en el elenco. Y todo ello, con el trampolín de Cuarta Pared, una de las salas alternativas en las que María Velasco aprendió su oficio y, también, la precariedad de este. «Donde hice mis votos», precisa. Su alternancia con el circuito de los grandes teatros, donde sus funciones acumulan sold outs enseguida, «es una forma de supervivencia, pero también una forma de huir de los encasillamientos». Justo la etiqueta imposible de colgarle, una vez más, a la dramaturga.

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