El infierno en 125 metros cuadrados

En siglo VIII a. C., al tiempo que Homero escribía La Ilíada y La Odisea, en el suroeste de la península Ibérica surgía una enigmática cultura conocida como Tarteso, fruto de la fusión de los pueblos indígenas con navegantes fenicios llegados de lo que ahora es el Líbano y que surcaban el Mediterráneo en sus barcos de velas cuadradas. Oro, plata, hierro y estaño fueron los imanes que atrajeron hasta las costas de Huelva a aquel pueblo foráneo que no combatió con los pobladores originales, sino que llegó a acuerdos vitales y comerciales con ellos, que generaron a su vez una enorme riqueza y un incremento notable de la población. Y ese pueblo mestizo, que vivía aislado al otro lado de las Columnas de Hércules, un buen día se inmoló. Quemó sus ciudades, mató sus animales y, simplemente, desapareció.

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 En siglo VIII a. C., al tiempo que Homero escribía La Ilíada y La Odisea, en el suroeste de la península Ibérica surgía una enigmática cultura conocida como Tarteso, fruto de la fusión de los pueblos indígenas con navegantes fenicios llegados de lo que ahora es el Líbano y que surcaban el Mediterráneo en sus barcos de velas cuadradas. Oro, plata, hierro y estaño fueron los imanes que atrajeron hasta las costas de Huelva a aquel pueblo foráneo que no combatió con los pobladores originales, sino que llegó a acuerdos vitales y comerciales con ellos, que generaron a su vez una enorme riqueza y un incremento notable de la población. Y ese pueblo mestizo, que vivía aislado al otro lado de las Columnas de Hércules, un buen día se inmoló. Quemó sus ciudades, mató sus animales y, simplemente, desapareció. Seguir leyendo  

En siglo VIII a. C., al tiempo que Homero escribía La Ilíada y La Odisea, en el suroeste de la península Ibérica surgía una enigmática cultura conocida como Tarteso, fruto de la fusión de los pueblos indígenas con navegantes fenicios llegados de lo que ahora es el Líbano y que surcaban el Mediterráneo en sus barcos de velas cuadradas. Oro, plata, hierro y estaño fueron los imanes que atrajeron hasta las costas de Huelva a aquel pueblo foráneo que no combatió con los pobladores originales, sino que llegó a acuerdos vitales y comerciales con ellos, que generaron a su vez una enorme riqueza y un incremento notable de la población. Y ese pueblo mestizo, que vivía aislado al otro lado de las Columnas de Hércules, un buen día se inmoló. Quemó sus ciudades, mató sus animales y, simplemente, desapareció.

Esta historia, que se hizo mundialmente famosa a partir de 2023, cuando se publicó que en el municipio pacense de La Garena se había descubierto un complejo edilicio con las huellas de aquella hecatombe, es la que relatan con total sencillez los arqueólogos Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González en Tarteso (Espasa, 2026)

La obra de los codirectores del yacimiento de Casas de Turuñuelo carece de pretensiones doctorales (los libros de arqueología suelen ser muy plúmbeos y no van dirigidos al público general), sino que enseña, como un vendedor ambulante su muestrario de ropa, todo lo que se conoce ―que no es mucho― del pueblo tartésico. “La falta de datos para poder contar la historia de nuestros antepasados antes de la llegada de los fenicios es desesperante. El panorama es realmente desolador: escasa población y con una información muy parca sobre sus asentamientos o sobre los ritos funerarios que practicaban. La ausencia de tumbas ha disparado todo tipo de interpretaciones: ¿eran arrojados a las aguas de ríos y lagos?”.

La falta de cuerpos inhumados ha impedido, de momento, efectuar pruebas válidas de ADN para establecer su perfil genético. Se piensa, pero no está comprobado, que respondían a una mistura de celtas y fenicios. Las piezas dentales de los escasísimos tartésicos hallados se encuentran en un estado muy degradado y no sirven para estos análisis.

En 2014, se descubrió por casualidad el yacimiento de Casas de Turuñuelo. (“La arqueología es como la economía, solo se puede prever lo que va a pasar cuando ya ha sucedido”, escriben con sorna los autores). Lo que, en principio, iba a ser una investigación de apenas una semana, se tornó en una excavación de más de una década por los “extraordinarios e inesperados resultados” obtenidos. Muros, platos, bronces comenzaron a surgir del terreno después de 2.800 años ante la sorpresa de los especialistas. Tras superar grandes dificultades administrativas y el deseo de los dueños de la finca de cobrar una cifra disparatada por los terrenos, los arqueólogos localizaron un edificio de dos plantas, “algo inédito en el Mediterráneo occidental para esa época”, así como los peldaños de una escalera que conducía a un patio de 125 metros cuadrados “abarrotado de huesos de animales sacrificados”.

“Una hecatombe animal jamás documentada en esa época, aunque sabíamos de su existencia gracias a la Biblia o a fuentes clásicas, como La Ilíada o La Odisea. Esa circunstancia propició que tuviese una rápida repercusión internacional, convirtiéndose en uno de los descubrimientos más extraordinarios de la arqueología moderna”, indican los autores.

Qué pasó con este pueblo que ocupaba las cuencas del Guadalquivir, desde el siglo VIII a.C., y del Guadiana, cien años después, y que desapareció voluntariamente, es uno de los grandes misterios de la arqueología. El valor del libro es ofrecer las claves para que el lector elija las respuestas posibles. Nadie las va a refutar, porque nadie está seguro de nada.

Escribir con sencillez y modestia, aunque sean dos de los mayores expertos del mundo en Tarteso, es un regalo para aquellas personas interesadas en una civilización apasionante. Los mejores arqueólogos nacionales escriben, cuando divulgan, con una sencillez extrema. Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González les han copiado y han acertado de pleno.

Tarteso

Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González
Espasa, 2026
208 páginas. 21,75 euros

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 EL PAÍS

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