Xi Jinping ha protagonizado en el intervalo de una semana sendas cumbres bilaterales con las que señala el lugar central que quiere para su país en la nueva geometría multipolar mundial. Con una escenografía similar a la desplegada para recibir a Donald Trump, Xi se ha reunido con Vladímir Putin en una cumbre de mayor contenido económico y proximidad estratégica. Una vez establecida la paridad con Trump en una especie de escenificación de un duopolio global, ahora se trataba de exhibir la firme vinculación entre dos potencias dispuestas a limitar el liderazgo de Washington y a favorecer, gracias a la inercia trumpista, la marginación de Europa.
El líder chino muestra con sus cumbres con Rusia y Estados Unidos el lugar al que aspira su país en la nueva geometría global
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El líder chino muestra con sus cumbres con Rusia y Estados Unidos el lugar al que aspira su país en la nueva geometría global


Xi Jinping ha protagonizado en el intervalo de una semana sendas cumbres bilaterales con las que señala el lugar central que quiere para su país en la nueva geometría multipolar mundial. Con una escenografía similar a la desplegada para recibir a Donald Trump, Xi se ha reunido con Vladimir Putin en una cumbre de mayor contenido económico y proximidad estratégica. Una vez establecida la paridad con Trump en una especie de escenificación de un duopolio global, ahora se trataba de exhibir la firme vinculación entre dos potencias dispuestas a limitar el liderazgo de Washington y a favorecer, gracias a la inercia trumpista, la marginación de Europa.
Son ya 25 los viajes oficiales de Putin a Pekín, y 40 los encuentros con Xi, más relevantes aún desde que empezó la guerra de Ucrania tras la declaración conjunta en la que ambos países proclamaban su “amistad sin límites”. Desde entonces, China jamás ha condenado la agresión rusa, aunque se ha ofrecido en diversas ocasiones como dudoso facilitador de un proceso de paz, sin resultado tangible alguno. Solo gracias al sostén financiero ordenado por Xi, Rusia ha podido mitigar las sanciones económicas impuestas por Europa y EE UU hasta redirigir una parte importante de su actividad económica exterior a Extremo Oriente. Pekín es ahora el principal comprador de combustibles fósiles rusos, y solo el mes pasado las cifras de venta de petróleo ruso a China alcanzaron los 5.500 millones de euros.
Putin ha visto cómo la guerra de Estados Unidos contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz tenían como beneficioso efecto colateral el levantamiento parcial de las sanciones occidentales a sus exportaciones de petróleo, y ahora pretende estrechar su alianza energética con Xi. A corto plazo, para sustituir la dependencia china del suministro de petróleo iraní; y a largo, para dirigir su producción hacia Asia, en sustitución a la progresiva ruptura del comercio energético con los europeos.
Durante la anterior visita de Putin a Pekín, el pasado septiembre, el gigante estatal ruso Gazprom anunció un acuerdo para construir un gasoducto siberiano de unos 2.600 kilómetros que llegará a China atravesando Mongolia, con una capacidad prevista de 50.000 millones de metros cúbicos de gas anuales extraídos de los yacimientos árticos, casi cuatro veces más que los 13.800 millones que Rusia exporta ahora a Europa.
Si con Trump hace una semana fue Xi quien se benefició del efecto escenográfico de la paridad, ahora es Putin quien recibe similar deferencia, a pesar de que la Rusia que preside es una superpotencia en decadencia económica y demográfica, que vive principalmente de la explotación de los recursos naturales y de la guerra, y está condenada a depender cada vez más de China. Putin necesita a Xi, pero al mandatario chino también le conviene mostrar al mundo una buena sintonía con Rusia, una de las dos mayores potencias nucleares del planeta con asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.
La alianza entre Rusia y China envía al mundo un mensaje diáfano: Estados Unidos no ocupa una posición preeminente, y esta es exactamente la tesis contraria de la que repite de forma machacona Trump. También subyace la reivindicación de la eficacia, previsibilidad internacional y coordinación entre Rusia y China, expresada claramente en la demanda de estabilidad estratégica constructiva planteada por Xi al presidente de Estados Unidos, en contraste con el caos en la democracia más poderosa del planeta, ahora en plena deriva militarista, autoritaria e iliberal.
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