Kintsugi, la belleza que nace de la fractura

El kintsugi es una antigua técnica japonesa para reparar cerámica rota que ha ido cobrando popularidad en los últimos años por la importancia de la sostenibilidad y la conservación durante más tiempo de los objetos personales.Kintsugi proviene de las palabras japonesas kin (oro) y tsugi (unión), y por lo tanto significa literalmente unión de oro. El arte del kintsugi se llama Kintsukuroi, que significa «reparación de oro», una técnica muy utilizada en Japón fundamentalmente durante el periodo Edo, en el Shogunato Tokugawa (1603-1868), y fue exportada a centros europeos. Su origen está envuelto en tintes legendarios asociados a un cuenco con nombre propio, Bakohan, conservado en el Museo Nacional de Tokio. Bakohan es un famoso objeto de cerámica de Longquan, procedente de una zona de China conocida por su cerámica esmaltada con un tono verdoso que, con un sistema de cocción propio, otorga a las piezas un vidriado característico. Un cuenco que llegó a tener nombre propio por su belleza y perfección. En la documentación de la época Edo se menciona que fue regalado por China a Taira no Shigemori de Japón en 1275. En el periodo Muromachi (1336-1573) Bakohan fue heredado por el octavo shogun Ashikaga Yoshimasa (1435-1490), quien descubrió grietas en el cuenco. Entonces lo envió a la China Ming y solicitó uno nuevo, idéntico al otro.

Diversas técnicas

Un alfarero del horno Guan de la China Ming lo reparó y se lo envió de vuelta en lugar de uno nuevo. El alfarero dijo, mirando el antiguo cuenco: «Es imposible hacer otro igual tan hermoso», motivo por el cual lo reparó pegando los bordes con laca y grapando las superficies. Distintas leyendas mencionan que no le gustó a Yoshimasha, devolviéndolo para su reparación e inventándose el kintsugi.

Aunque sugerente, la propia existencia del cuenco con las grapas niega esta posibilidad. La laca ya se conocía desde la era Jomon. En la prehistoria japonesa aprendieron a refinar el urushi , savia de hiedra venenosa, a través de un proceso que duraba varios meses. El óxido de hierro y el cinabrio (sulfuro de mercurio) se utilizaban para producir laca roja. La evidencia más antigua data del 7.000 a.C. y apareció en la excavación Kakinoshima «B», en el poblado Minamikayabe de Hokkaido. Durante muchos años se ha discutido si esta técnica de lacado proviene de China o es autóctona de Japón, sin que los investigadores lleguen a un consenso.

Durante el período Heian (794-1185) se desarrollaron diversas técnicas de maki-e, características del lacado japonés. Si bien el método de dibujar diseños con un pincel disolviendo polvo de oro en laca es una técnica común en otros países, en Japón se realizaban diseños de diferentes tamaños con laca, que luego se espolvoreaba con polvo de oro, plata o cobre antes de ser pulida. Esta técnica maki-e de lacado uniendo las piezas rotas es la base de la técnica de reparación que hace emerger de un objeto roto uno más bello con cicatrices doradas. El arte del kintsugi, que consiste en resaltar los defectos de un objeto roto con oro en lugar de ocultarlos, se inscribe dentro del movimiento de budismo zen wabi-sabi al invitarnos a admirar la imperfección de las grietas del mismo: wabi, humildad ante los fenómenos naturales; sabi, el sentimiento que se experimenta ante el paso del tiempo o la obra de la humanidad que nos invita a reconocer la belleza que reside en las cosas simples, imperfectas y atípicas. Al adoptar el wabi-sabi, los restauradores se oponen a los modelos estandarizados, invitando a la contemplación y al desapego de la perfección, y creando así el arte de la resiliencia.

En el siglo XVII la técnica del kintsugi se había convertido en una práctica común en todo Japón, fue en esta época cuando se convirtió en una técnica frecuente. Los objetos con cicatrices de oro se distribuyeron por museos de todo el mundo, siendo los más famosos los cuencos de té del periodo Edo, como el de cerámica tipo Satsuma blanco de la prefectura de Kagoshima del siglo XVII del Smithsonian o bien los múltiples ejemplos distribuidos en los museos japoneses. De esta técnica de reconstrucción cerámica se deriva toda una filosofía de vida que traslada la fragilidad de la cerámica a la propia existencia, convirtiendo las fracturas humanas en cicatrices doradas que aumentan el valor de la persona. No se trata, en resumen, de maquillar, sino de reconstruir una pieza orgullosa de las cicatrices que, cubiertas con oro, le proporcionan un valor añadido.

 Esta técnica de restauración japonesa de cerámica reconstruye el objeto sin disimular las fracturas de la pieza, dando una nueva vida que aumenta su propio valor  

El kintsugi es una antigua técnica japonesa para reparar cerámica rota que ha ido cobrando popularidad en los últimos años por la importancia de la sostenibilidad y la conservación durante más tiempo de los objetos personales.Kintsugi proviene de las palabras japonesas kin (oro) y tsugi (unión), y por lo tanto significa literalmente unión de oro. El arte del kintsugi se llama Kintsukuroi, que significa «reparación de oro», una técnica muy utilizada en Japón fundamentalmente durante el periodo Edo, en el Shogunato Tokugawa (1603-1868), y fue exportada a centros europeos. Su origen está envuelto en tintes legendarios asociados a un cuenco con nombre propio, Bakohan, conservado en el Museo Nacional de Tokio. Bakohan es un famoso objeto de cerámica de Longquan, procedente de una zona de China conocida por su cerámica esmaltada con un tono verdoso que, con un sistema de cocción propio, otorga a las piezas un vidriado característico. Un cuenco que llegó a tener nombre propio por su belleza y perfección. En la documentación de la época Edo se menciona que fue regalado por China a Taira no Shigemori de Japón en 1275. En el periodo Muromachi (1336-1573) Bakohan fue heredado por el octavo shogun Ashikaga Yoshimasa (1435-1490), quien descubrió grietas en el cuenco. Entonces lo envió a la China Ming y solicitó uno nuevo, idéntico al otro.

Un alfarero del horno Guan de la China Ming lo reparó y se lo envió de vuelta en lugar de uno nuevo. El alfarero dijo, mirando el antiguo cuenco: «Es imposible hacer otro igual tan hermoso», motivo por el cual lo reparó pegando los bordes con laca y grapando las superficies. Distintas leyendas mencionan que no le gustó a Yoshimasha, devolviéndolo para su reparación e inventándose el kintsugi.

Aunque sugerente, la propia existencia del cuenco con las grapas niega esta posibilidad. La laca ya se conocía desde la era Jomon. En la prehistoria japonesa aprendieron a refinar el urushi , savia de hiedra venenosa, a través de un proceso que duraba varios meses. El óxido de hierro y el cinabrio (sulfuro de mercurio) se utilizaban para producir laca roja. La evidencia más antigua data del 7.000 a.C. y apareció en la excavación Kakinoshima «B», en el poblado Minamikayabe de Hokkaido. Durante muchos años se ha discutido si esta técnica de lacado proviene de China o es autóctona de Japón, sin que los investigadores lleguen a un consenso.

Durante el período Heian (794-1185) se desarrollaron diversas técnicas de maki-e, características del lacado japonés. Si bien el método de dibujar diseños con un pincel disolviendo polvo de oro en laca es una técnica común en otros países, en Japón se realizaban diseños de diferentes tamaños con laca, que luego se espolvoreaba con polvo de oro, plata o cobre antes de ser pulida. Esta técnica maki-e de lacado uniendo las piezas rotas es la base de la técnica de reparación que hace emerger de un objeto roto uno más bello con cicatrices doradas. El arte del kintsugi, que consiste en resaltar los defectos de un objeto roto con oro en lugar de ocultarlos, se inscribe dentro del movimiento de budismo zen wabi-sabi al invitarnos a admirar la imperfección de las grietas del mismo: wabi, humildad ante los fenómenos naturales; sabi, el sentimiento que se experimenta ante el paso del tiempo o la obra de la humanidad que nos invita a reconocer la belleza que reside en las cosas simples, imperfectas y atípicas. Al adoptar el wabi-sabi, los restauradores se oponen a los modelos estandarizados, invitando a la contemplación y al desapego de la perfección, y creando así el arte de la resiliencia.

En el siglo XVII la técnica del kintsugi se había convertido en una práctica común en todo Japón, fue en esta época cuando se convirtió en una técnica frecuente. Los objetos con cicatrices de oro se distribuyeron por museos de todo el mundo, siendo los más famosos los cuencos de té del periodo Edo, como el de cerámica tipo Satsuma blanco de la prefectura de Kagoshima del siglo XVII del Smithsonian o bien los múltiples ejemplos distribuidos en los museos japoneses. De esta técnica de reconstrucción cerámica se deriva toda una filosofía de vida que traslada la fragilidad de la cerámica a la propia existencia, convirtiendo las fracturas humanas en cicatrices doradas que aumentan el valor de la persona. No se trata, en resumen, de maquillar, sino de reconstruir una pieza orgullosa de las cicatrices que, cubiertas con oro, le proporcionan un valor añadido.

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