Dice Joana Vasconcelos (1971) que lo suyo es portuñol. Pero no se confundan: habla un castellano más que fluido; y es con él, además de con sus majestuosas piezas, claro, con el que se presenta, “pelu” y maquillaje a punto, en la ciudad natal del que fuera su primer gran maestro, Pablo Ruiz Picasso. Porque fue el artista malagueño su particular “capricho” de adolescente: “Mi primera voluntad fue viajar sola, coger el tren de Lisboa a Madrid, para ver el ‘Guernica’ en el Casón del Buen Retiro”.
–¿Y qué recuerda de aquello?
–Lo había visto tantas veces en los libros y en la televisión que hacerlo en directo era lo que más quería. Y comprobé que puedes visualizarlo mil veces, pero que los libros no te trasladan la verdadera escala del cuadro. Además, este cuenta con la particularidad de que te hace formar parte de él. Es una instalación, no es solo una pintura, es una ópera, es un teatro… Tiene unas dinámicas y una fuerza que luego te encuentras en el resto de su obra.
De este modo, la joven Joana encontró en el padre de ‘Las señoritas de Avignon’ su “inspiración” en muchos de los temas que la portuguesa ha ido desarrollando a lo largo de su carrera, como “el color, el cambio de matices, de materias, de temas…”, enumera para LA RAZÓN desde la biblioteca del Museo Picasso Málaga (MPM). “Él fue la persona que más transfiguró”.
Vasconcelos aprendió entonces que hacer siempre lo mismo “es muy aburrido”, así que abrazó al pintor como gurú de su “versatilidad y calidad”. Dos máximas con las que ahora desembarca en el MPM con trece obras de gran tamaño que dejan bien claro que no entiende de supersticiones. “¿Trece? No sabían el número exacto. Han sido las que pedía el espacio”, asegura de una exposición, ‘Transfiguración’, que muestra su evolución desde los años 90 hasta el presente.
Toma de este modo dos salas del museo, más los alrededores; pasillos e incluso el patio central, que ha sido invadido por una de las piezas más emblemáticas de la artista: ese zapato de tacón hecho con cacerolas (‘Betty Boop’, 2020): “Quería hacer algo sobre la dualidad de la vida de la mujer contemporánea, así que elegí el tacón como alza de estos tiempos, y las ollas por ese otro rol más tradicional”, explica.
El arte por encima de la persona
Pero esta escultura es solo una de las “muchas cosas distintas que vamos a ver”, presenta de un recorrido que ha hecho suya la “casa de muñecas” de Picasso. Una explosión de colores que va de los iniciáticos plumeros (‘Flores de mi deseo’, 1996) a la ‘Floresta Encantada’ que ha terminado “in situ” y que envuelve al visitante en una atmósfera mística en la que toman el protagonismo decenas de úvulas de tamaño mastodóntico engalanadas con flecos, borlas, retales, lentejuelas, cuentas, ganchillo… “Es muy interesante porque la gente va a pasar de una sala en la que esté Picasso a otra en la que estén mis obras. En los museos no importa ni la edad ni la persona. Eso no interesa. Solo las piezas”, defiende del diálogo con su “maestro”: “Sé que es un personaje del que se dicen muchas cosas, pero la obra que hizo no puede ser hecha por una persona que no ha sido inteligente, sensible, espiritual y particular. Si pudiera cambiar el tiempo me encantaría conocerle”.
Los monumentos de la portuguesa se caracterizan por convertir en arte la “nada”, la cotidianeidad más absoluta. Objetos insignificantes para cualquiera, cobran una nueva y resplandeciente vida tras pasar por sus manos. Se “transfiguran”. No hay elemento que se le resista a Vasconcelos porque Vasconcelos no piensa en el objeto, sino en una idea. Los artículos terminan siendo fundamentales, pero no son su obsesión. La gente, las instituciones, le piden que “haga arte” con determinados elementos, “pero aquí no se produce de este modo”. No vale aquello de si “Mahoma no va a la montaña…”. Primero viene la idea y ya después aparece ese objeto como canal “para expresar mi pensamiento”.
Afirma Joana Vasconcelos que trabaja “para provocar emociones en la gente” y tras décadas de carrera todavía se sorprende de hasta dónde llegan sus piezas en el imaginario del visitante: “Son ideas locas, particulares, que yo jamás hubiera pensado. Pero me parece muy divertida esa capacidad de cada obra de estar lo suficientemente abierta como para que se pueda interpretar a la luz de la conciencia, cultura, género o edad de cada uno. Es muy diferente el análisis de un joven al de un niño o una persona de 70 años. Miran el mundo de diferente manera. Todo eso es muy interesante porque quiere decir que es alimento para el inconsciente colectivo, pero también para el inconsciente personal. Es como abrir una ventana al nuevo mundo”.
Y precisamente el Nuevo Mundo que tiene Vasconcelos en su cabeza es el mismo que divisaron en su día los grandes descubridores ibéricos, de Colón a Magallanes o Elcano. Esa “herencia” es la que se le aparece a la creadora cuando mira por las ventanas de su taller o de su casa, ambos junto a la desembocadura del “Tejo”: “Produzco desde mi taller para el mundo”, indica. “Nunca me olvido de todos esos barcos que, hace siglos, partieron de Portugal y España con la actitud de descubrimiento, de curiosidad, de coraje… Siempre tengo esta idea poética del viaje, del encuentro, de la comunicación con el otro…”. Lo dice una mujer que señala el momento en el que vivimos como “esquizofrénico”: “¿Sabe que cada día hay 6 millones de personas que no están en ninguna parte? Simplemente están volando, en el aire. Yo son una de ellas. La gente quiere ir a lugares a los que nunca ha ido por el miedo a que se termine todo. Es muy fuerte. La inseguridad respecto al futuro es grande y por eso nos movemos más que nunca”.
Y en mitad de ese mundo “loco”, ella, creadora, tiene una misión: crear arte, y por tanto, belleza. Pero ¿cómo se consigue eso en mitad de este ambiente bélico? Responde Vasconcelos, medallita de San Antonio al cuello, con palabras del Papa Francisco, a quien escuchó en la Capilla Sixtina en 2023 junto a otros 200 colegas de profesión: “Me cambió la vida. Decía que el mundo necesita armonía a través de la belleza. Y para que haya paz, tranquilidad, tiene que existir esa belleza. La guerra es fea, caótica y gris”.
–¿Está describiendo el ‘Guernica’?
–Bueno, Picasso genera un caos que se tiene que reorganizar. Intenta llevar armonía a la guerra.
- Dónde: Museo Picasso Málaga. Cuándo: hasta el 27 de septiembre. Cuánto: 13 euros.
La portuguesa toma el MPM, en Málaga, con trece piezas monumentales con las que muestra la evolución de sus producciones desde los años 90 hasta la actualidad
Dice Joana Vasconcelos (1971) que lo suyo es portuñol. Pero no se confundan: habla un castellano más que fluido; y es con él, además de con sus majestuosas piezas, claro, con el que se presenta, “pelu” y maquillaje a punto, en la ciudad natal del que fuera su primer gran maestro, Pablo Ruiz Picasso. Porque fue el artista malagueño su particular “capricho” de adolescente: “Mi primera voluntad fue viajar sola, coger el tren de Lisboa a Madrid, para ver el ‘Guernica’ en el Casón del Buen Retiro”.
–¿Y qué recuerda de aquello?
–Lo había visto tantas veces en los libros y en la televisión que hacerlo en directo era lo que más quería. Y comprobé que puedes visualizarlo mil veces, pero que los libros no te trasladan la verdadera escala del cuadro. Además, este cuenta con la particularidad de que te hace formar parte de él. Es una instalación, no es solo una pintura, es una ópera, es un teatro… Tiene unas dinámicas y una fuerza que luego te encuentras en el resto de su obra.
De este modo, la joven Joana encontró en el padre de ‘Las señoritas de Avignon’ su “inspiración” en muchos de los temas que la portuguesa ha ido desarrollando a lo largo de su carrera, como “el color, el cambio de matices, de materias, de temas…”, enumera para LA RAZÓN desde la biblioteca del Museo Picasso Málaga (MPM). “Él fue la persona que más transfiguró”.
Vasconcelos aprendió entonces que hacer siempre lo mismo “es muy aburrido”, así que abrazó al pintor como gurú de su “versatilidad y calidad”. Dos máximas con las que ahora desembarca en el MPM con trece obras de gran tamaño que dejan bien claro que no entiende de supersticiones. “¿Trece? No sabían el número exacto. Han sido las que pedía el espacio”, asegura de una exposición, ‘Transfiguración’, que muestra su evolución desde los años 90 hasta el presente.
Toma de este modo dos salas del museo, más los alrededores; pasillos e incluso el patio central, que ha sido invadido por una de las piezas más emblemáticas de la artista: ese zapato de tacón hecho con cacerolas (‘Betty Boop’, 2020): “Quería hacer algo sobre la dualidad de la vida de la mujer contemporánea, así que elegí el tacón como alza de estos tiempos, y las ollas por ese otro rol más tradicional”, explica.
El arte por encima de la persona
Pero esta escultura es solo una de las “muchas cosas distintas que vamos a ver”, presenta de un recorrido que ha hecho suya la “casa de muñecas” de Picasso. Una explosión de colores que va de los iniciáticos plumeros (‘Flores de mi deseo’, 1996) a la ‘Floresta Encantada’ que ha terminado “in situ” y que envuelve al visitante en una atmósfera mística en la que toman el protagonismo decenas de úvulas de tamaño mastodóntico engalanadas con flecos, borlas, retales, lentejuelas, cuentas, ganchillo… “Es muy interesante porque la gente va a pasar de una sala en la que esté Picasso a otra en la que estén mis obras. En los museos no importa ni la edad ni la persona. Eso no interesa. Solo las piezas”, defiende del diálogo con su “maestro”: “Sé que es un personaje del que se dicen muchas cosas, pero la obra que hizo no puede ser hecha por una persona que no ha sido inteligente, sensible, espiritual y particular. Si pudiera cambiar el tiempo me encantaría conocerle”.
Los monumentos de la portuguesa se caracterizan por convertir en arte la “nada”, la cotidianeidad más absoluta. Objetos insignificantes para cualquiera, cobran una nueva y resplandeciente vida tras pasar por sus manos. Se “transfiguran”. No hay elemento que se le resista a Vasconcelos porque Vasconcelos no piensa en el objeto, sino en una idea. Los artículos terminan siendo fundamentales, pero no son su obsesión. La gente, las instituciones, le piden que “haga arte” con determinados elementos, “pero aquí no se produce de este modo”. No vale aquello de si “Mahoma no va a la montaña…”. Primero viene la idea y ya después aparece ese objeto como canal “para expresar mi pensamiento”.
Afirma Joana Vasconcelos que trabaja “para provocar emociones en la gente” y tras décadas de carrera todavía se sorprende de hasta dónde llegan sus piezas en el imaginario del visitante: “Son ideas locas, particulares, que yo jamás hubiera pensado. Pero me parece muy divertida esa capacidad de cada obra de estar lo suficientemente abierta como para que se pueda interpretar a la luz de la conciencia, cultura, género o edad de cada uno. Es muy diferente el análisis de un joven al de un niño o una persona de 70 años. Miran el mundo de diferente manera. Todo eso es muy interesante porque quiere decir que es alimento para el inconsciente colectivo, pero también para el inconsciente personal. Es como abrir una ventana al nuevo mundo”.
Y precisamente el Nuevo Mundo que tiene Vasconcelos en su cabeza es el mismo que divisaron en su día los grandes descubridores ibéricos, de Colón a Magallanes o Elcano. Esa “herencia” es la que se le aparece a la creadora cuando mira por las ventanas de su taller o de su casa, ambos junto a la desembocadura del “Tejo”: “Produzco desde mi taller para el mundo”, indica. “Nunca me olvido de todos esos barcos que, hace siglos, partieron de Portugal y España con la actitud de descubrimiento, de curiosidad, de coraje… Siempre tengo esta idea poética del viaje, del encuentro, de la comunicación con el otro…”. Lo dice una mujer que señala el momento en el que vivimos como “esquizofrénico”: “¿Sabe que cada día hay 6 millones de personas que no están en ninguna parte? Simplemente están volando, en el aire. Yo son una de ellas. La gente quiere ir a lugares a los que nunca ha ido por el miedo a que se termine todo. Es muy fuerte. La inseguridad respecto al futuro es grande y por eso nos movemos más que nunca”.
Y en mitad de ese mundo “loco”, ella, creadora, tiene una misión: crear arte, y por tanto, belleza. Pero ¿cómo se consigue eso en mitad de este ambiente bélico? Responde Vasconcelos, medallita de San Antonio al cuello, con palabras del Papa Francisco, a quien escuchó en la Capilla Sixtina en 2023 junto a otros 200 colegas de profesión: “Me cambió la vida. Decía que el mundo necesita armonía a través de la belleza. Y para que haya paz, tranquilidad, tiene que existir esa belleza. La guerra es fea, caótica y gris”.
–¿Está describiendo el ‘Guernica’?
–Bueno, Picasso genera un caos que se tiene que reorganizar. Intenta llevar armonía a la guerra.
- Dónde: Museo Picasso Málaga. Cuándo: hasta el 27 de septiembre. Cuánto: 13 euros.
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