Bad Bunny me preguntó: ¿Cuál es el precio del VIP?

Y ahí apareció, por fin, el hombre de todos los récords, el superventas musical, el fenómeno latino. Salió al escenario de Madrid, en la primera de sus diez noches, el paladín del español, el orgullo del patio trasero de América, el bravo opositor al gigante que nunca nunca nunca ha renunciado a su lengua materna como forma de resistencia y que no ha dudado en contestar al más desequilibrado de los mandatarios estadounidenses. Benito Antonio Martínez Ocasio, inmensamente conocido como Bad Bunny, ha tenido que ser explicado, no nos engañemos, a una mayoría social en España, pero parece que ya no hace falta. El puertorriqueño ya no necesita de traducción ni subtítulos (bueno, igual a veces sí), pero dejemos que él nos cuente cómo empezó todo: «Benito, hijo de Benito, le decían “Tito” / El mayor de seis, trabajando desde chamaquito / Guiando camione’ como el pai y el abuelo / Aunque su sueño siempre fue ser ingeniero» canta sobre su padre en «La Mudanza», el tema con el que anoche abría el primer capítulo de su decálogo en el Estadio Metropolitano. Cerró los ojos y realizó varias inspiraciones mientras el estadio enloquecía. Y arrancó, como estaba previsto, con una canción que es una declaración de clase social, pues no puede interpretarse de otra manera, un tema que le ha llevado a la cima de la música popular, donde las tentaciones son tan grandes como los riesgos.

El arranque fue el de la salsa cañón y las acrobacias percusionistas de una banda colosal y fuegos artificiales desde la segunda canción. Tan buenos son sus músicos que se atreven a tocar con un cuatro puertorriqueño y un sombrero de paja “Entre dos aguas” y quedarse como si nada. El teclista tocó un solo extemporáneo que parecía de Yes, para perplejidad de rumberos y rumberas.

La evolución artística de Bad Bunny ha sido felizmente retrógrada. Empezó por lo más moderno de lo moderno, el trap latino, oscuro, denso y lento, como una intoxicación de hierba y jarabe para la tos. Después, se convirtió en el rey del reguetón y lo transformó, liberándolo del corsé del «machito», con las uñas pintadas y el respeto a la mujer que brillaba por su ausencia en los primeros éxitos del género. En su último trabajo, el exitosísimo «DeBÍ TiRAR MáS FOToS» (2025), Benito miraba hacia atrás con gran acierto, hacia los verdaderos padres de la revolución latina: la salsa de Fania All Stars, Willie Colón, Rubén Blades, Celia Cruz y tantos otros. Un trabajo de reivindicación de la raíz y la tradición caribeña como un caldero mágico que le valió ser el artista más escuchado del mundo. ¿Quiere decir eso que reniegue de las nuevas tendencias? En absoluto. Ahí estaba esa segunda pieza de la noche, ayer, en Madrid: «Callaíta», en la que el boricua canta en femenino empoderado. Fue interesante escuchar ese reguetón de manual interpretado por la orquesta salsera que acompaña a Bunny durante el primer tercio de su concierto. Sucedió, digamos, como una sensual introducción, armoniosa y sexy, antes de lo que veníamos a hacer al Metropolitano: conjugar en presente de indicativo el verbo bellaquear, un tesoro lingüístico del español. Dícese, según la RAE: «Dicho de un animal: Corcovear para quitarse el jinete de encima».

“Baile inolvidable” fue, acaso, la cumbre del salsón de la primera parte. Una canción fantástica que fue gozada con las manos en alto y la voz en cuello por 50.000 gargantas. No había pies que soportasen aquello y el coro fue unánime: “Benitooo”. Y retó al público a superarse para “Nuevayol”. Están por cantarse goles en el Metropolitano como “Si te quieres divertir, un verano en…”. Benito encendía a las masas, pedía más. Su banda no se achicaba en el fondo sur: entregaban solos rabiosos, compases exactos. Pero esa parte, orgánica, humana, se terminaba ahí.

Lo exclusivo

Es conveniente recordar que Benito es, como se dice en el rap, «real». No es un hombre de paja ni de plástico, no es una impostura. Pero, sometido al embaucamiento del estrellato, como los políticos al de la corrupción, corre riesgos serios de credibilidad, de prostituirse, de «venderse», por usar el viejo lenguaje que algunos pretenden vaciar de contenido y negar la realidad como si no nos quedasen armas para luchar hablando. No: no es lo mismo poner zonas VIP delante y detrás en los escenarios que no hacerlo. Y sí, claro que hay formas de negarse a que eso exista. Los artistas, en contra de lo que puedan decir, tienen poder para controlar el precio de sus entradas, las políticas de sus conciertos, hasta el mismo hotel en el que se alojan. Son decisiones políticas aunque no se tuiteen o se aparezcan en noticias con la bandera en el puño, aunque no tengan lugar en manifestaciones como en las que participó, con valentía, el propio Benito Ocasio. Bueno, del «antiguo» Bad Bunny, del «pre-celebrity», llegó un testimonio antes de la mitad del espectáculo en Madrid: «Tití me preguntó» es esa gozosa y simpática canción en la que un joven artista sueña con llevar a un VIP a todas sus novias, tantas que necesita enumerarlas, pero eso no quiere decir que no quiera lo mejor para ellas. Benito soñaba con zonas exclusivas, con reservados, parece ser, sin resentimiento de clase.

Sin embargo, pocas cosas han causado tanta controversia como uno de los elementos de la escenografía del Debí Tirar Más Fotos World Tour: la conocida como La Casita, la réplica de una vivienda tradicional de su país que se sitúa en la pista de sus conciertos, como una especie de segundo escenario que se presenta como un recuerdo de sus orígenes humildes: Benito es hijo de maestra y camionero y él mismo trabajó en tiendas de comestibles para ganarse la vida. Sin embargo, ese homenaje a su tierra (que se aprecia en la portada de su último trabajo, donde aparecen dos sillas de modesto plástico), está atravesado por múltiples contradicciones. Quienes acceden a La Casita no son en absoluto personas corrientes y humildes, sino la crème de la crème de la sociedad: de Mbappé a Lamine, de Bardem a Lebron James. Famosas, como anoche, Ester Expósito. Es decir, que el símbolo de las tradiciones de su país frente a la gentrificación y la dominación económica estadounidense –situaciones que el propio Bad Bunny ha denunciado en las calles del Verano Boricua–, se presenta en sus conciertos justo como lo que pretende criticar: un espacio para los privilegiados, una lacra que expulsa de sus hogares a los vecinos boricuas a precios irrisorios. Benito es un experto en el «bellaquear» de la calle (de significado puramente sexual) pero también ha practicado, en manifestaciones junto a Residente, la acepción de la RAE. Recordamos: corcovear para quitarse de encima al jinete, al Buffalo Bill «yankee».

Para colmo de agravantes, según han presumido por redes algunas asistentes (todas mujeres) el acceso a La Casita no está vetado a ciudadanos anónimos… siempre y cuando éstas –en femenino– sean muy atractivas. Llevar a todas esas chicas de fantasía, como en la canción de Tití, al VIP, ya no es el sueño aspiracional de un perro callejero o un conejito silvestre, sino que se ejecuta desde el poder sobre la gente anónima y eso lo convierte en indigestamente machista. Había varias zonas exclusivas, delante y a los lados del escenario, en la pista, también, segregadas por cercanía a los puntos de interés. Otro elemento: acaba de conocerse la denuncia de un ciudadano puertorriqueño, Román Carrasco Delgado, un paisano de 85 años, que se ha querellado contra el cantante por usar la imagen de su vivienda en la famosa Casita. Según su denuncia, existía un acuerdo para un uso que no contemplaba ser la pieza central de la escenografía de una gira masiva como esta: el hombre está sufriendo la peregrinación de fans ante la puerta de su casa para fotografiarse ante la vivienda. De nuevo, aunque esta vez seguramente sin quererlo, Benito estaba provocando la gentrificación contra la que quiere luchar. Cuanto más grandes son las superestrellas más cuidado deben tener con cada gesto, cada decisión, porque sus actos pueden provocar impredecibles terremotos.

Desde luego, tampoco han ayudado a su imagen de «artista del pueblo» o de alguien cercano a sus fans las imágenes de la zona VIP denunciadas desde dentro por alguno de los asistentes, atrapados e inmóviles entre la marabunta… tras pagar 500 euros (casi la mitad del salario mínimo en España) por estar ahí. Mención aparte, quizá, merezca la política de acreditaciones de los promotores del concierto, que prescindieron de algunos medios (entre ellos, el nuestro, para todas las 12 noches de esta gira) en favor de invitados e «influencers» que pusieran, como era de prever, mucha cara bonita y cero espíritu crítico ante un espectáculo que es musical, pero, sin duda, también político. La figura de Bad Bunny, lo que representa con sus palabras y hechos, debería estar a la altura de los conciertos que llevan su nombre.

No es nuestra intención amargar con monsergas a quien vino para su ración de bellaqueo y se marchó satisfecho. Las dosis de alto voltaje, las dinámicas del «show» y los estímulos en catarata fueron los de una fiesta de primer orden con una avalancha de temas incontenibles organizados en un segundo bloque de puro reguetón y trap. La música en directo, eso sí, cesó. Y empezó la hoguera de las vanidades de La Casita. Ellos, con cara de malotes (tipos que no duran veinte minutos en el sur de Madrid) y ellas, encantadas de conocerse. Benito dedicó diez minutos (¿o fueron quince?) a chocar manos y abrazar a su gente hasta que, emocionado, como delataban sus ojos sin gafas de sol, miró a todos. Fue un rato desconcertante, en silencio. Una chica “ascendió” de la primera fila al espacio privilegiado de La Casita y se secó las lágrimas. También un joven, y otras afortunadas a continuación. El público aplaudía como si hubieran sido aceptados, ascendidos, admitidos en un culto para pronunciar las palabras que en otros conciertos han declamado celebridades: “¡Acho, PR es otra cosa!”. Pretendía ser bonito y resultó mesiánico y extraño. El dedo del artista abriendo las puertas de su club de elegidos.

Ese interludio daba paso a la tercera parte. Bad Bunny ya estaba solo de nuevo, en el tejado de La Casita. Volvieron a caer cañonazos de música grabada a ritmo de “Yo perreo sola”. Quedaban buena parte de las canciones más esperadas, como “Diles” y “ Café con ron”: menos mal que nos sabíamos las letras porque no se entendía una sílaba. Hubo momentos de gloria para el final, gracias a Los Pleneros de la Cresta, el conjunto rítmico que acompaña al Conejo Malo desde Puerto Rico. Y, ¿saben qué? Que la emoción volvió a subir, que el amor se impuso y que la locura fue absoluta: Benito abrió sus (enormes) bolsillos y nos introdujo con un golpe de mano y una sonrisa pícara. La euforia daba paso a la intimidad, los coros y las manos en el aire nos hacían planear sobre el aire caliente, casi ardiendo, de la noche en San Blas-Canillejas. Quedan la hermosa “La canción” “Dakiti” y “El apagón” antes del cierre apoteósico de “DtFM” Y “EoO”.

Benito es una estrella y eso conlleva, como dicen de los superhéroes, una gran responsabilidad, aunque habrá quien no se la exija. Habrá quien le baste un selfi en un V-I-P o en una pantalla a cientos de metros de una Casita de mentira. Otros le vamos a exigir coherencia, pero las canciones están ahí, su poder es indiscutible: despiertan la alegría de vivir.

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