Estadio de Wembley, Londres, 26 de junio de 1996. Inglaterra, la inventora del fútbol moderno, lleva 30 años sin ganar un trofeo —el Mundial de 1966, único en su haber—. La Eurocopa, que se celebra en territorio inglés, es su gran oportunidad. La grada corea aquel «Football’s Coming Home» que The Lightning Seeds compusieron para la cita. No era, en absoluto, una canción de superioridad; casi de forma premonitoria, hablaba sobre el sufrimiento, la decepción y la fe inquebrantable por la que el aficionado de los «Three Lions» llevaba pasando tres décadas.
La semifinal contra Alemania se va a los penaltis tras un 1-1 en los 120 minutos. Ambas selecciones marcan los cinco primeros, y los anfitriones empiezan la muerte súbita. Gareth Southgate, central del Aston Villa de 25 años y lejos de ser una de las estrellas de aquel equipo, es el encargado del sexto lanzamiento. El portero alemán, Andreas Köpke, adivina sus intenciones, y el capitán de los teutones, Andreas Möller, marca el suyo. Inglaterra está fuera de su Eurocopa y tendrá que seguir vagando por el desierto en busca de un título. Veinte años después de aquella noche trágica, el destino decide arrastrar a Southgate de vuelta a la selección.
En el verano de 2016, tras el enésimo ridículo histórico de Inglaterra al caer eliminada ante Islandia en la Eurocopa, la Federación Inglesa (FA) buscó refugio en Sam Allardyce, un técnico de la vieja escuela británica. Sin embargo, el idilio duró apenas 67 días: «Big Sam» fue cazado por una cámara oculta del Daily Telegraph explicando a unos supuestos empresarios cómo burlar las leyes de la FA sobre los fichajes de futbolistas. Con el fútbol inglés sumido en el bochorno institucional y sin un plan B en la recámara, la federación recurrió a Southgate, que entonces entrenaba discretamente a la selección Sub-21, para que asumiera el cargo de forma interina. Lo que empezó como un parche de emergencia para apagar un incendio mediático terminó convirtiéndose en el inicio del proceso de redención más largo y fascinante del fútbol moderno.
Bajo su mandato, la selección experimentó una transformación radical. Southgate no solo restauró la reputación del equipo, sino que reconcilió a un país fracturado con su camiseta nacional, guiando a Inglaterra a las semifinales del Mundial de Rusia 2018 y a la final de la Eurocopa 2020. Esta metamorfosis basada en la gestión emocional, la vulnerabilidad y el peso del trauma colectivo capturó la atención de la cultura británica más allá del césped. El dramaturgo James Graham vio en este proceso una historia shakesperiana de redención, lo que cristalizó en la aclamada obra teatral «Dear England». Titulada así por la carta abierta que el propio seleccionador escribió a los aficionados en 2021, la BBC no tardó transformarla en una miniserie. Con el propio Graham a cargo del guion y con el actor Joseph Fiennes encarnando a Southgate —repitiendo el mismo papel magistral que ya había defendido sobre el escenario—, la producción llega ahora a Movistar Plus+.
Estructurada en cuatro episodios, la miniserie desgrana minuciosamente los momentos cumbre y los abismos de esta era: desde la inesperada catarsis en Rusia 2018 hasta el doloroso desenlace de la Eurocopa 2020 y el inevitable fin de ciclo en 2024. Sin embargo, el verdadero núcleo de la historia no se encuentra en la pizarra táctica, sino en la mente de los propios futbolistas. Iconos de esta nueva generación como Harry Kane, Bukayo Saka o Marcus Rashford saltan a la pantalla interpretados por un elenco de jóvenes actores cuyos parecidos físicos y caracterizaciones van desde algunos muy logrados hasta otros algo cuestionables. Es en ese ecosistema donde entra en juego Jodie Whittaker; la actriz se une al reparto para dar vida a Pippa Grange, la psicóloga deportiva contratada por el seleccionador para extirpar el miedo crónico al fracaso y humanizar un vestuario atenazado por la presión.
Este enfoque desvela que, en el fondo, no estamos ante una serie de fútbol convencional. Aunque el deporte rey es el esqueleto de la trama, las recreaciones de los partidos huyen del hiperrealismo televisivo: los encuentros se dramatizan sobre un escenario minimalista con estética abstracta —a lo «Dogville»— que se funde con imágenes de archivo reales. Lo que de verdad se pone bajo el microscopio es la propia evolución social de Inglaterra durante esta última década. A través del microcosmos de la selección, la historia funciona como un espejo de un país fracturado por el Brexit, sumido en debates sobre la identidad, el racismo y la inclusión, y atrapado en una constante crisis existencial. Los «Three Lions» dejan de ser un simple equipo para convertirse en el reflejo de una nación moderna que busca desesperadamente aprender a perdonarse sus propios errores y redefinir el significado de la victoria.
La miniserie se presenta como un producto ligero, entretenido y con un sólido trabajo de su pareja protagonista. Gustará especialmente a los entendidos de fútbol y, más concretamente, a los devotos del fútbol inglés, que encontrarán aquí un retrato digno de este deporte —algo que no abunda en la ficción— y que se aleja por completo del tono de propuestas recientes como «Ted Lasso». Al espectador general, en cambio, desprovisto de esos códigos y referencias tan específicos, le costará un poco más entrar en ese universo. Con todo, el estreno de la serie coincide con un momento clave. Tras perder su segunda final consecutiva en la Eurocopa 2024 contra España, Southgate decidió dar un paso al lado al asumir que su ciclo había terminado. Ahora, con el alemán Thomas Tuchel a los mandos del banquillo, queda por ver si sesenta años después de aquella única gloria, en este Mundial que arranca ya mismo, Inglaterra es capaz de romper definitivamente su maldición.
Joseph Fiennes encarna al seleccionador que intentó cambiar la cultura emocional de los Three Lions en una ficción más interesada en la derrota que en la épica deportiva
Estadio de Wembley, Londres, 26 de junio de 1996. Inglaterra, la inventora del fútbol moderno, lleva 30 años sin ganar un trofeo —el Mundial de 1966, único en su haber—. La Eurocopa, que se celebra en territorio inglés, es su gran oportunidad. La grada corea aquel «Football’s Coming Home» que The Lightning Seeds compusieron para la cita. No era, en absoluto, una canción de superioridad; casi de forma premonitoria, hablaba sobre el sufrimiento, la decepción y la fe inquebrantable por la que el aficionado de los «Three Lions» llevaba pasando tres décadas.
La semifinal contra Alemania se va a los penaltis tras un 1-1 en los 120 minutos. Ambas selecciones marcan los cinco primeros, y los anfitriones empiezan la muerte súbita. Gareth Southgate, central del Aston Villa de 25 años y lejos de ser una de las estrellas de aquel equipo, es el encargado del sexto lanzamiento. El portero alemán, Andreas Köpke, adivina sus intenciones, y el capitán de los teutones, Andreas Möller, marca el suyo. Inglaterra está fuera de su Eurocopa y tendrá que seguir vagando por el desierto en busca de un título. Veinte años después de aquella noche trágica, el destino decide arrastrar a Southgate de vuelta a la selección.
En el verano de 2016, tras el enésimo ridículo histórico de Inglaterra al caer eliminada ante Islandia en la Eurocopa, la Federación Inglesa (FA) buscó refugio en Sam Allardyce, un técnico de la vieja escuela británica. Sin embargo, el idilio duró apenas 67 días: «Big Sam» fue cazado por una cámara oculta del Daily Telegraph explicando a unos supuestos empresarios cómo burlar las leyes de la FA sobre los fichajes de futbolistas. Con el fútbol inglés sumido en el bochorno institucional y sin un plan B en la recámara, la federación recurrió a Southgate, que entonces entrenaba discretamente a la selección Sub-21, para que asumiera el cargo de forma interina. Lo que empezó como un parche de emergencia para apagar un incendio mediático terminó convirtiéndose en el inicio del proceso de redención más largo y fascinante del fútbol moderno.
Bajo su mandato, la selección experimentó una transformación radical. Southgate no solo restauró la reputación del equipo, sino que reconcilió a un país fracturado con su camiseta nacional, guiando a Inglaterra a las semifinales del Mundial de Rusia 2018 y a la final de la Eurocopa 2020. Esta metamorfosis basada en la gestión emocional, la vulnerabilidad y el peso del trauma colectivo capturó la atención de la cultura británica más allá del césped. El dramaturgo James Graham vio en este proceso una historia shakesperiana de redención, lo que cristalizó en la aclamada obra teatral «Dear England». Titulada así por la carta abierta que el propio seleccionador escribió a los aficionados en 2021, la BBC no tardó transformarla en una miniserie. Con el propio Graham a cargo del guion y con el actor Joseph Fiennes encarnando a Southgate —repitiendo el mismo papel magistral que ya había defendido sobre el escenario—, la producción llega ahora a Movistar Plus+.
Estructurada en cuatro episodios, la miniserie desgrana minuciosamente los momentos cumbre y los abismos de esta era: desde la inesperada catarsis en Rusia 2018 hasta el doloroso desenlace de la Eurocopa 2020 y el inevitable fin de ciclo en 2024. Sin embargo, el verdadero núcleo de la historia no se encuentra en la pizarra táctica, sino en la mente de los propios futbolistas. Iconos de esta nueva generación como Harry Kane, Bukayo Saka o Marcus Rashford saltan a la pantalla interpretados por un elenco de jóvenes actores cuyos parecidos físicos y caracterizaciones van desde algunos muy logrados hasta otros algo cuestionables. Es en ese ecosistema donde entra en juego Jodie Whittaker; la actriz se une al reparto para dar vida a Pippa Grange, la psicóloga deportiva contratada por el seleccionador para extirpar el miedo crónico al fracaso y humanizar un vestuario atenazado por la presión.
Este enfoque desvela que, en el fondo, no estamos ante una serie de fútbol convencional. Aunque el deporte rey es el esqueleto de la trama, las recreaciones de los partidos huyen del hiperrealismo televisivo: los encuentros se dramatizan sobre un escenario minimalista con estética abstracta —a lo «Dogville»— que se funde con imágenes de archivo reales. Lo que de verdad se pone bajo el microscopio es la propia evolución social de Inglaterra durante esta última década. A través del microcosmos de la selección, la historia funciona como un espejo de un país fracturado por el Brexit, sumido en debates sobre la identidad, el racismo y la inclusión, y atrapado en una constante crisis existencial. Los «Three Lions» dejan de ser un simple equipo para convertirse en el reflejo de una nación moderna que busca desesperadamente aprender a perdonarse sus propios errores y redefinir el significado de la victoria.
La miniserie se presenta como un producto ligero, entretenido y con un sólido trabajo de su pareja protagonista. Gustará especialmente a los entendidos de fútbol y, más concretamente, a los devotos del fútbol inglés, que encontrarán aquí un retrato digno de este deporte —algo que no abunda en la ficción— y que se aleja por completo del tono de propuestas recientes como «Ted Lasso». Al espectador general, en cambio, desprovisto de esos códigos y referencias tan específicos, le costará un poco más entrar en ese universo. Con todo, el estreno de la serie coincide con un momento clave. Tras perder su segunda final consecutiva en la Eurocopa 2024 contra España, Southgate decidió dar un paso al lado al asumir que su ciclo había terminado. Ahora, con el alemán Thomas Tuchel a los mandos del banquillo, queda por ver si sesenta años después de aquella única gloria, en este Mundial que arranca ya mismo, Inglaterra es capaz de romper definitivamente su maldición.
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