Nadie entra en la cárcel porque quiere. La ficción, sin embargo, lleva décadas entrando por voluntad propia. El espacio cerrado, la convivencia forzada y los personajes llevados al límite convierten la prisión en un escenario narrativo especialmente fértil. De «Oz» a «Orange Is the New Black», pasando por «Vis a vis», «Un profeta» o «Cadena perpetua», el género carcelario ha demostrado que pocas cosas funcionan mejor que encerrar a un grupo de personas y esperar a que todo salte por los aires. Tampoco resulta especialmente novedoso cambiar el punto de vista y centrarse en los funcionarios. «La milla verde», «Time» o «Celda 211» ya lo habían hecho antes, mostrando que el encierro también afecta a quienes trabajan al otro lado de las rejas. La mayoría de estas historias, eso sí, termina recurriendo al thriller, casi de forma inevitable, empujada por la propia idiosincrasia del lugar que retratan.
Ese no es el caso de «La vida en la sombra», la nueva serie que acaba de llegar a Movistar Plus. Creada por Dennis Kelly, responsable de la estupenda e injustamente cancelada antes de tiempo «Utopía», la ficción se inspira en «The Life Inside», las memorias de Andy West, profesor de filosofía en prisiones y miembro de una familia marcada por la cárcel. Aquí, West se proyecta en Dan —un excelente Josh Finan—, un joven con lo que parece ser, aunque nunca llegue a explicitarse, un trastorno obsesivo-compulsivo que decide entrar por voluntad propia en una prisión británica para instruir sobre Platón, Sócrates o Kant a un grupo de internos. Nadie a su alrededor comprende del todo la decisión, ni siquiera por momentos el propio Dan, pero esta acabará agravando su ya frágil condición y removiendo un pasado convulso, atravesado por la figura de su padre —otro no menos sobresaliente Gerard Kearns— y por una relación difícil con la masculinidad.
Llegados a este punto, conviene insistir: «La vida en la sombra» no es un thriller. Con estos ingredientes, todo parece indicar que algo va a salir mal en la prisión y que Dan, frágil y vulnerable, quedará atrapado entre los internos sin posibilidad de escapar. Nada más lejos de las intenciones de Dennis Kelly, que plantea la serie como un estudio de personajes y, más concretamente, de personajes masculinos. La escasa presencia de mujeres entre los papeles principales no es casual: la ficción explora cómo la difícil figura paterna ha afectado a Dan y a su hermano Lee —Stephen Wight—, que encarna una masculinidad mucho más tradicional y arrastra también un pasado en prisión. No solo eso, sino que también se pregunta qué se esconde detrás de los presos que asisten a sus clases. Desde una culpa profunda y tortuosa hasta una esperanza casi ciega en la vida que les espera después, pasando por la negación o la resignación, todas forman parte de la amalgama de formas de afrontar el cautiverio en la que la serie decide adentrarse.
Precisamente por ese desajuste entre lo que uno espera del género carcelario y lo que ofrece «La vida en la sombra», la serie puede atragantársele a más de uno. Su ritmo es pausado, sostenido por los diálogos, las reflexiones y el subtexto de aquello que intuimos que sienten los personajes. Durante su primera mitad, Kelly no propone grandes giros, sino que se concentra en lo psicológico: en el deterioro de Dan, expresado mediante gestos tan sutiles como comprobar cada vez más veces si ha apagado el fuego de la cocina, y en lo que despiertan en él tanto las conversaciones con sus alumnos como las que mantiene con su entorno. El planteamiento es interesante, pero también puede resultar tedioso: cuesta entrar por la frialdad y la solemnidad con las que la serie lo cuenta, y por la escasa información y los pocos asideros que ofrece sobre sus personajes. No se puede culpar de ello ni a su creador, que desarrolla con coherencia el ejercicio intelectual que le interesa, ni a un reparto que cumple con creces. «La vida en la sombra» es, sencillamente, una serie pensada para un público muy concreto: no solo para quien esté familiarizado con las cuestiones filosóficas que plantea, sino para quien disfrute de este tipo de relatos en los que los personajes terminan comiéndose a la trama. Quien no encuentre ahí un aliciente probablemente se sienta expulsado desde el primer episodio.
En un panorama dominado por ficciones carcelarias entregadas al giro fácil y al coqueteo con el culebrón, merece la pena aplaudir el intento de «La vida en la sombra» por ofrecer algo distinto. Por utilizar la cárcel no para hablar de violencia, fugas o represión, sino para hablar de hombres. Con todo, puestos a elegir, me quedo con ejercicios como «Las vidas de Sing Sing», de Greg Kwedar, que aborda un estudio similar desde un lugar menos desafiante, más cálido y accesible. Porque una cosa es exigir la atención del espectador y otra hacerle sentir, por momentos, como un preso más.
Josh Finan lidera una ficción pausada y exigente que cambia los golpes de efecto por la filosofía y el conflicto interior
Nadie entra en la cárcel porque quiere. La ficción, sin embargo, lleva décadas entrando por voluntad propia. El espacio cerrado, la convivencia forzada y los personajes llevados al límite convierten la prisión en un escenario narrativo especialmente fértil. De «Oz» a «Orange Is the New Black», pasando por «Vis a vis», «Un profeta» o «Cadena perpetua», el género carcelario ha demostrado que pocas cosas funcionan mejor que encerrar a un grupo de personas y esperar a que todo salte por los aires. Tampoco resulta especialmente novedoso cambiar el punto de vista y centrarse en los funcionarios. «La milla verde», «Time» o «Celda 211» ya lo habían hecho antes, mostrando que el encierro también afecta a quienes trabajan al otro lado de las rejas. La mayoría de estas historias, eso sí, termina recurriendo al thriller, casi de forma inevitable, empujada por la propia idiosincrasia del lugar que retratan.
Ese no es el caso de «La vida en la sombra», la nueva serie que acaba de llegar a Movistar Plus. Creada por Dennis Kelly, responsable de la estupenda e injustamente cancelada antes de tiempo «Utopía», la ficción se inspira en «The Life Inside», las memorias de Andy West, profesor de filosofía en prisiones y miembro de una familia marcada por la cárcel. Aquí, West se proyecta en Dan —un excelente Josh Finan—, un joven con lo que parece ser, aunque nunca llegue a explicitarse, un trastorno obsesivo-compulsivo que decide entrar por voluntad propia en una prisión británica para instruir sobre Platón, Sócrates o Kant a un grupo de internos. Nadie a su alrededor comprende del todo la decisión, ni siquiera por momentos el propio Dan, pero esta acabará agravando su ya frágil condición y removiendo un pasado convulso, atravesado por la figura de su padre —otro no menos sobresaliente Gerard Kearns— y por una relación difícil con la masculinidad.
Llegados a este punto, conviene insistir: «La vida en la sombra» no es un thriller. Con estos ingredientes, todo parece indicar que algo va a salir mal en la prisión y que Dan, frágil y vulnerable, quedará atrapado entre los internos sin posibilidad de escapar. Nada más lejos de las intenciones de Dennis Kelly, que plantea la serie como un estudio de personajes y, más concretamente, de personajes masculinos. La escasa presencia de mujeres entre los papeles principales no es casual: la ficción explora cómo la difícil figura paterna ha afectado a Dan y a su hermano Lee —Stephen Wight—, que encarna una masculinidad mucho más tradicional y arrastra también un pasado en prisión. No solo eso, sino que también se pregunta qué se esconde detrás de los presos que asisten a sus clases. Desde una culpa profunda y tortuosa hasta una esperanza casi ciega en la vida que les espera después, pasando por la negación o la resignación, todas forman parte de la amalgama de formas de afrontar el cautiverio en la que la serie decide adentrarse.
Precisamente por ese desajuste entre lo que uno espera del género carcelario y lo que ofrece «La vida en la sombra», la serie puede atragantársele a más de uno. Su ritmo es pausado, sostenido por los diálogos, las reflexiones y el subtexto de aquello que intuimos que sienten los personajes. Durante su primera mitad, Kelly no propone grandes giros, sino que se concentra en lo psicológico: en el deterioro de Dan, expresado mediante gestos tan sutiles como comprobar cada vez más veces si ha apagado el fuego de la cocina, y en lo que despiertan en él tanto las conversaciones con sus alumnos como las que mantiene con su entorno. El planteamiento es interesante, pero también puede resultar tedioso: cuesta entrar por la frialdad y la solemnidad con las que la serie lo cuenta, y por la escasa información y los pocos asideros que ofrece sobre sus personajes. No se puede culpar de ello ni a su creador, que desarrolla con coherencia el ejercicio intelectual que le interesa, ni a un reparto que cumple con creces. «La vida en la sombra» es, sencillamente, una serie pensada para un público muy concreto: no solo para quien esté familiarizado con las cuestiones filosóficas que plantea, sino para quien disfrute de este tipo de relatos en los que los personajes terminan comiéndose a la trama. Quien no encuentre ahí un aliciente probablemente se sienta expulsado desde el primer episodio.
En un panorama dominado por ficciones carcelarias entregadas al giro fácil y al coqueteo con el culebrón, merece la pena aplaudir el intento de «La vida en la sombra» por ofrecer algo distinto. Por utilizar la cárcel no para hablar de violencia, fugas o represión, sino para hablar de hombres. Con todo, puestos a elegir, me quedo con ejercicios como «Las vidas de Sing Sing», de Greg Kwedar, que aborda un estudio similar desde un lugar menos desafiante, más cálido y accesible. Porque una cosa es exigir la atención del espectador y otra hacerle sentir, por momentos, como un preso más.
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