Las bestias de la guerra II: Agapito García Atadell, ladrón y asesino del PSOE

Agapito García Atadell fue una pieza clave de una maquinaria de represión que, bajo un barniz de oficialidad policial, operó como un ladrón y un asesino en el Madrid del inicio de la Guerra Civil. Su trayectoria, desde los talleres tipográficos hasta el garrote vil en Sevilla, constituye una parábola perfecta sobre el terror en la retaguardia republicana.

Nacido en Vivero (Lugo) en 1902, García Atadell se sumó al sindicalismo socialista con veinte años en la Asociación del Arte de Imprimir de la UGT. Entre 1922 y 1928 estuvo en el PCE y, decepcionado, según dijo, volvió al PSOE. Durante la Segunda República emergió como una figura respetada del socialismo madrileño, participando en la revolución de octubre de 1934, lo que le valió una condena de tres años de prisión. Tras la victoria del Frente Popular en 1936, se alineó políticamente con Indalecio Prieto, oponiéndose a la facción de Largo Caballero.

Protección del Ministerio

El estallido de la guerra transformó a García Atadell en un agente del orden. El Gobierno y el PSOE consideraron necesario crear «brigadillas» que colaboraran con la Dirección General de Seguridad (DGS) en la represión de la retaguardia. Así nació la Brigada de Investigación Criminal, pronto conocida popularmente como la «Brigada Atadell».

Instalada en un palacete incautado a los condes de Rincón en la calle Martínez de la Rosa, número 1, la brigada contaba con unos 48 agentes, en su mayoría militantes socialistas sin experiencia policial previa. Entre su núcleo duro se encontraban Ángel Pedrero García (su segundo jefe), Luis Ortuño y su inseparable amigo de la infancia, Pedro Penabad. Aunque dependía nominalmente de la DGS y del comisario Antonio Lino, la brigada funcionaba de manera autónoma, gozando de la protección del ministro de la Gobernación, Ángel Galarza.

La eficacia represiva de Atadell se basó en una herramienta sistémica: la delación. Organizó un servicio de información controlado por el Grupo Sindical Socialista de Porteros de Madrid, convirtiendo a los porteros en «vehículos de información sobre desafectos». Recibía hasta treinta denuncias diarias sobre vecinos que rezaban en privado o cuya posición económica los hacía sospechosos.

Los detenidos eran sometidos a interrogatorios en la sede de la calle Martínez de la Rosa, donde se decidía su suerte en juicios sumarísimos sin garantías. Los condenados eran conducidos en automóvil a las afueras, como la Ciudad Universitaria o el cementerio del Este, para ser asesinados en lo que se conoció como el «paseo». Se estima que bajo su mando se realizaron entre 500 y 800 detenciones, y las ejecuciones llegaron a las 200 víctimas. Entre los asesinados estuvo Luis Calamita, director del «Heraldo de Zamora» y enemigo personal del ministro Galarza. Al parecer, Calamita había abofeteado a Galarza porque insultó a su novia a la salida de un cine, y el socialista juró venganza, que llegó en agosto de 1936.

La actividad principal de la brigada fue el saqueo. Atadell acumuló un verdadero tesoro en dinero, diamantes, anillos y alhajas robadas en los registros domiciliarios. Mientras, la prensa republicana ensalzaba a Atadell como un héroe que manejaba «la escoba de la retaguardia». Incluso corresponsales extranjeros lo compararon con el inteligente Joseph Fouché, un profesional del poder de la Francia revolucionaria.

A finales de octubre de 1936, con las tropas de Franco a las puertas de Madrid, Atadell pensó en huir con el botín. Preparó un plan con Penabad, quien obtuvo pasaportes cubanos falsos. El 28 de octubre abandonó Madrid. Acompañado por su esposa, Piedad Domínguez –una antigua monja de su pueblo–y sus secuaces Penabad y Ortuño, se dirigió a Alicante. Cargados con el botín, lograron embarcar en el buque de guerra argentino «Veinticinco de Mayo» con destino a Marsella. Allí vendieron parte de las joyas por 84.000 francos y, el 20 de noviembre, embarcaron en el buque francés «Mexique» con la intención de alcanzar Cuba.

El destino de Atadell se truncó por una escala técnica en Santa Cruz de la Palma (Canarias), territorio bajo control de los sublevados. Aunque inicialmente Atadell logró engañar a los agentes nacionales, un periodista madrileño a bordo, Manuel Rafart, lo reconoció y lo delató. Penabad y él fueron detenidos el 26 de noviembre de 1936, mientras su esposa y Ortuño lograban seguir camino a Cuba con el resto del tesoro.

La reacción en el Madrid republicano fue de una indignación feroz. La prensa que lo había idolatrado lo tildó ahora de «traidor» y su propia brigada emitió un comunicado condenando su fuga. Atadell fue trasladado a Sevilla, donde se enfrentó a un consejo de guerra. En un intento desesperado por salvar la vida, escribió cuartillas denunciando el caos en Madrid y apelando a que había salvado a Rosario Queipo de Llano, hermana del general rebelde. Todas las súplicas resultaron inútiles. Finalmente, fue condenado a muerte y ejecutado por garrote vil en julio de 1937.

 Su trayectoria, del taller al garrote vil, constituye una parábola perfecta sobre el terror en la retaguardia republicana  

Agapito García Atadell fue una pieza clave de una maquinaria de represión que, bajo un barniz de oficialidad policial, operó como un ladrón y un asesino en el Madrid del inicio de la Guerra Civil. Su trayectoria, desde los talleres tipográficos hasta el garrote vil en Sevilla, constituye una parábola perfecta sobre el terror en la retaguardia republicana.

Nacido en Vivero (Lugo) en 1902, García Atadell se sumó al sindicalismo socialista con veinte años en la Asociación del Arte de Imprimir de la UGT. Entre 1922 y 1928 estuvo en el PCE y, decepcionado, según dijo, volvió al PSOE. Durante la Segunda República emergió como una figura respetada del socialismo madrileño, participando en la revolución de octubre de 1934, lo que le valió una condena de tres años de prisión. Tras la victoria del Frente Popular en 1936, se alineó políticamente con Indalecio Prieto, oponiéndose a la facción de Largo Caballero.

El estallido de la guerra transformó a García Atadell en un agente del orden. El Gobierno y el PSOE consideraron necesario crear «brigadillas» que colaboraran con la Dirección General de Seguridad (DGS) en la represión de la retaguardia. Así nació la Brigada de Investigación Criminal, pronto conocida popularmente como la «Brigada Atadell».

Instalada en un palacete incautado a los condes de Rincón en la calle Martínez de la Rosa, número 1, la brigada contaba con unos 48 agentes, en su mayoría militantes socialistas sin experiencia policial previa. Entre su núcleo duro se encontraban Ángel Pedrero García (su segundo jefe), Luis Ortuño y su inseparable amigo de la infancia, Pedro Penabad. Aunque dependía nominalmente de la DGS y del comisario Antonio Lino, la brigada funcionaba de manera autónoma, gozando de la protección del ministro de la Gobernación, Ángel Galarza.

La eficacia represiva de Atadell se basó en una herramienta sistémica: la delación. Organizó un servicio de información controlado por el Grupo Sindical Socialista de Porteros de Madrid, convirtiendo a los porteros en «vehículos de información sobre desafectos». Recibía hasta treinta denuncias diarias sobre vecinos que rezaban en privado o cuya posición económica los hacía sospechosos.

Los detenidos eran sometidos a interrogatorios en la sede de la calle Martínez de la Rosa, donde se decidía su suerte en juicios sumarísimos sin garantías. Los condenados eran conducidos en automóvil a las afueras, como la Ciudad Universitaria o el cementerio del Este, para ser asesinados en lo que se conoció como el «paseo». Se estima que bajo su mando se realizaron entre 500 y 800 detenciones, y las ejecuciones llegaron a las 200 víctimas. Entre los asesinados estuvo Luis Calamita, director del «Heraldo de Zamora» y enemigo personal del ministro Galarza. Al parecer, Calamita había abofeteado a Galarza porque insultó a su novia a la salida de un cine, y el socialista juró venganza, que llegó en agosto de 1936.

La actividad principal de la brigada fue el saqueo. Atadell acumuló un verdadero tesoro en dinero, diamantes, anillos y alhajas robadas en los registros domiciliarios. Mientras, la prensa republicana ensalzaba a Atadell como un héroe que manejaba «la escoba de la retaguardia». Incluso corresponsales extranjeros lo compararon con el inteligente Joseph Fouché, un profesional del poder de la Francia revolucionaria.

A finales de octubre de 1936, con las tropas de Franco a las puertas de Madrid, Atadell pensó en huir con el botín. Preparó un plan con Penabad, quien obtuvo pasaportes cubanos falsos. El 28 de octubre abandonó Madrid. Acompañado por su esposa, Piedad Domínguez –una antigua monja de su pueblo–y sus secuaces Penabad y Ortuño, se dirigió a Alicante. Cargados con el botín, lograron embarcar en el buque de guerra argentino «Veinticinco de Mayo» con destino a Marsella. Allí vendieron parte de las joyas por 84.000 francos y, el 20 de noviembre, embarcaron en el buque francés «Mexique» con la intención de alcanzar Cuba.

El destino de Atadell se truncó por una escala técnica en Santa Cruz de la Palma (Canarias), territorio bajo control de los sublevados. Aunque inicialmente Atadell logró engañar a los agentes nacionales, un periodista madrileño a bordo, Manuel Rafart, lo reconoció y lo delató. Penabad y él fueron detenidos el 26 de noviembre de 1936, mientras su esposa y Ortuño lograban seguir camino a Cuba con el resto del tesoro.

La reacción en el Madrid republicano fue de una indignación feroz. La prensa que lo había idolatrado lo tildó ahora de «traidor» y su propia brigada emitió un comunicado condenando su fuga. Atadell fue trasladado a Sevilla, donde se enfrentó a un consejo de guerra. En un intento desesperado por salvar la vida, escribió cuartillas denunciando el caos en Madrid y apelando a que había salvado a Rosario Queipo de Llano, hermana del general rebelde. Todas las súplicas resultaron inútiles. Finalmente, fue condenado a muerte y ejecutado por garrote vil en julio de 1937.

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