De creer a las autoridades marroquíes, no dice mucho de la calidad de vida en el reino alauí el que decenas de miles de sus jóvenes varones arriesguen la vida para cruzar a una Europa, percibida como un idealizado paraíso. Y, sin embargo, se hace muy cuesta arriba creer que una movilización de tales características, con más de cincuenta mil personas implicadas, haya podido llevarse a cabo sin la complacencia, al menos, del ejecutivo de Rabat, poco dado a actuar con contemplaciones cuando se trata de mantener el orden entre sus ciudadanos. Igualmente, entendemos que el presidente del Gobierno tenga que hacer de la necesidad virtud y haya aceptado las justificaciones de nuestro vecino del sur, pero la extrema gravedad de lo sucedido, con un impacto muy severo en la percepción de nuestros socios sobre la incapacidad española para gestionar la inmigración irregular y garantizar la seguridad de la frontera exterior de la Unión Europea, exige algo más que las promesas de enmienda, esencialmente, porque la realidad nos ha demostrado una vez más que España está gestionada por un Ejecutivo que siempre va a remolque de los acontecimientos, de las crisis, incapaz de analizar actitudes ajenas al sota, caballo y rey de su día a día, sin otro afán, al parecer, que mantenerse en el poder. Existe una responsabilidad política e institucional en la pasividad del Gobierno ante las advertencias y demandas de ayuda de quienes, como el ejecutivo de la ciudad autónoma de Ceuta, están en primera línea y saben el potencial desestabilizador de nuestro vecino del sur con la política migratoria y no es de recibo la excusa pueril de que la legislación no permitía la declaración de emergencia nacional, y el despliegue del Ejército, cuando se podía recurrir perfectamente a la figura del Estado de Excepción. Por supuesto, para ello deberíamos de contar con unos gobernantes medianamente informados, menos preocupados de la propaganda que del análisis de la situación y que estuvieran realmente al mando de unas instituciones al servicio de los intereses del Estado, pero que han sido colonizadas en su mayoría en favor de las necesidades de resistencia del sanchismo. Nos referimos a la asombrosa falta de predicción de los ministerios implicados en la seguridad exterior de España -Interior, Exteriores y Defensa-, pero también a la certeza de que nadie va a exigir la menor responsabilidad a unos titulares como Fernando Grande-Marlaska o José Manuel Albares, cuya trayectoria se puede calificar de muchas formas menos brillante. Ahora, se trata, primero, de confiar en las afirmaciones de Sánchez, que nos ha garantizado la leal colaboración de Marruecos en la solución de la crisis, y, segundo, de recuperar la confianza de nuestros socios en la capacidad de España para reconducir la errática política migratoria, cuestiones, ambas, que no parece que vayan a presidir la realidad de los próximos meses. Al menos, esa sensación es la que nos dicta la experiencia con este Gobierno.
Ahora, se trata, primero, de confiar en las afirmaciones de Sánchez, que nos ha garantizado la leal colaboración de Marruecos en la solución de la crisis, y, segundo, de recuperar la confianza de nuestros socios en la capacidad de España para reconducir la errática política migratoria, cuestiones, ambas, que no parece que vayan a presidir la realidad de los próximos meses
De creer a las autoridades marroquíes, no dice mucho de la calidad de vida en el reino alauí el que decenas de miles de sus jóvenes varones arriesguen la vida para cruzar a una Europa, percibida como un idealizado paraíso. Y, sin embargo, se hace muy cuesta arriba creer que una movilización de tales características, con más de cincuenta mil personas implicadas, haya podido llevarse a cabo sin la complacencia, al menos, del ejecutivo de Rabat, poco dado a actuar con contemplaciones cuando se trata de mantener el orden entre sus ciudadanos. Igualmente, entendemos que el presidente del Gobierno tenga que hacer de la necesidad virtud y haya aceptado las justificaciones de nuestro vecino del sur, pero la extrema gravedad de lo sucedido, con un impacto muy severo en la percepción de nuestros socios sobre la incapacidad española para gestionar la inmigración irregular y garantizar la seguridad de la frontera exterior de la Unión Europea, exige algo más que las promesas de enmienda, esencialmente, porque la realidad nos ha demostrado una vez más que España está gestionada por un Ejecutivo que siempre va a remolque de los acontecimientos, de las crisis, incapaz de analizar actitudes ajenas al sota, caballo y rey de su día a día, sin otro afán, al parecer, que mantenerse en el poder. Existe una responsabilidad política e institucional en la pasividad del Gobierno ante las advertencias y demandas de ayuda de quienes, como el ejecutivo de la ciudad autónoma de Ceuta, están en primera línea y saben el potencial desestabilizador de nuestro vecino del sur con la política migratoria y no es de recibo la excusa pueril de que la legislación no permitía la declaración de emergencia nacional, y el despliegue del Ejército, cuando se podía recurrir perfectamente a la figura del Estado de Excepción. Por supuesto, para ello deberíamos de contar con unos gobernantes medianamente informados, menos preocupados de la propaganda que del análisis de la situación y que estuvieran realmente al mando de unas instituciones al servicio de los intereses del Estado, pero que han sido colonizadas en su mayoría en favor de las necesidades de resistencia del sanchismo. Nos referimos a la asombrosa falta de predicción de los ministerios implicados en la seguridad exterior de España -Interior, Exteriores y Defensa-, pero también a la certeza de que nadie va a exigir la menor responsabilidad a unos titulares como Fernando Grande-Marlaska o José Manuel Albares, cuya trayectoria se puede calificar de muchas formas menos brillante. Ahora, se trata, primero, de confiar en las afirmaciones de Sánchez, que nos ha garantizado la leal colaboración de Marruecos en la solución de la crisis, y, segundo, de recuperar la confianza de nuestros socios en la capacidad de España para reconducir la errática política migratoria, cuestiones, ambas, que no parece que vayan a presidir la realidad de los próximos meses. Al menos, esa sensación es la que nos dicta la experiencia con este Gobierno.
Opinión en La Razón
