Los genocidios son uno de los fenómenos históricos que más interés suelen tener entre los amantes de la historia. Sea por lo salvaje de los sucesos, las imágenes o la crueldad que llevan consigo, eventos como el Holocausto, el Holodomor de los soviéticos y, más recientemente, el Genocidio Armenio son conocidos por muchos. No obstante, uno de los más grandes de la historia fue protagonizado por un rey belga en el Congo mientras vendía al mundo entero que se trataba de una especie de operación humanitaria.
Hay que entender el contexto. Nos situamos en el año 1885, cuando las grandes potencias se dividieron África en la Conferencia de Berlín. Allí, Francia, Gran Bretaña, Alemania y una muy tímida España trataban de determinar quién se quedaba con más trozo del «pastel». Es en este contexto en el que el belga movió ficha y propuso que se le concediera el Congo como propiedad personal bajo el marco de la Sociedad Internacional del Congo, una supuesta organización enfocada en traer la civilización y el progreso a la región. Con promesas de actitudes humanitarias y también de libre comercio, logró que las potencias le diesen su visto bueno, ya que, además, al ser Bélgica un país menor, servía como tope geográfico a los territorios franceses e ingleses y se evitaban conflictos diplomáticos.
Así se creó el Estado Libre del Congo, que no tenía nada de libre. El país, con Leopoldo II como rey absoluto, se enfocó en la explotación más salvaje de los recursos del territorio, sobre todo marfil y caucho. Además, los funcionarios destinados a este lugar recibían primas por superar las cuotas de producción, por lo que comenzaron a llevar al límite a una población analfabeta y sin derechos civiles.
Entre 5 y 10 millones de muertos
Así, durante décadas se sucedieron las jornadas inacabables, las mutilaciones como castigo y las situaciones de esclavitud de facto. El cálculo de las muertes provocadas por la gestión del monarca se sitúa entre los 5 y los 10 millones. Y de estos, ya que nunca hubo más de 3.000 extranjeros en el país, fueron casi la totalidad de las poblaciones locales, que sufrieron asesinatos, malnutrición y condiciones infrahumanas.
Mientras todo esto ocurría, la opinión internacional parecía estar ciega, pero esto no se trataba de un error, sino de una enorme campaña de propaganda y sobornos del rey belga. En primer lugar, el Estado Libre nunca publicó sus presupuestos y, cuando lo hizo, estaban manipulados, presentando la región como un costoso proyecto filantrópico que el Estado belga llegó a financiar.
«En 1908, Bélgica puso fin al Estado Libre del Congo y a la matanza disfrazada con sobornos de misión humanitaria»
En segundo lugar, estableció una enorme red de periodistas y funcionarios que estaban en nómina. Como remarca el historiador Dean Clay en su investigación «“David vs Goliath”: The Congo Free State Propaganda War, 1890-1909» (2021), la oficina de prensa del monarca se ocupó de construir una amplia red de periodistas y apoyos públicos. Periodistas de casi todo el mundo cobraban del dinero manchado de sangre para limpiar la imagen del monarca, escribir artículos a su favor y confirmar la versión oficial de que la situación era poco menos que una arcadia feliz para combatir y silenciar a las pocas voces disidentes que ya comenzaban a ver los problemas.
No obstante, al final todo se descubrió gracias, en buena medida, al informe Casement. El informe del cónsul británico Roger Casement (1903-1904), publicado oficialmente en 1904, fue un golpe decisivo contra el régimen de Leopoldo II. El diplomático, respetado y sin agenda previa, recorrió el Congo y recopiló testimonios directos de misioneros, nativos y agentes: rehenes, mutilaciones, cuotas imposibles de caucho y aldeas enteras destruidas para crear un clima de miedo. Su credibilidad oficial contrastaba con las denuncias previas de misioneros y gente más politizada a las que Leopoldo se había encargado de silenciar.
El documento confirmó sistemáticamente las atrocidades y desmontó la propaganda filantrópica. Su impacto fue enorme e impulsó la Congo Reform Association, generó escándalo en Gran Bretaña, EE UU y Europa, y presionó a Leopoldo a crear su propia Comisión de Investigación (1904-1905), cuyo informe también validó los abusos. Aunque Leopoldo retrasó y censuró las publicaciones, las filtraciones aceleraron el aislamiento internacional. En 1908, bajo presión, Bélgica anexó el territorio, poniendo fin al Estado Libre del Congo y a este genocidio disfrazado, gracias a sobornos y engaños, de una misión humanitaria.
El monarca, bajo una fachada de filántropo y con sobornos, protagonizó en el Congo uno de los mayores genocidios
Los genocidios son uno de los fenómenos históricos que más interés suelen tener entre los amantes de la historia. Sea por lo salvaje de los sucesos, las imágenes o la crueldad que llevan consigo, eventos como el Holocausto, el Holodomor de los soviéticos y, más recientemente, el Genocidio Armenio son conocidos por muchos. No obstante, uno de los más grandes de la historia fue protagonizado por un rey belga en el Congo mientras vendía al mundo entero que se trataba de una especie de operación humanitaria.
Hay que entender el contexto. Nos situamos en el año 1885, cuando las grandes potencias se dividieron África en la Conferencia de Berlín. Allí, Francia, Gran Bretaña, Alemania y una muy tímida España trataban de determinar quién se quedaba con más trozo del «pastel». Es en este contexto en el que el belga movió ficha y propuso que se le concediera el Congo como propiedad personal bajo el marco de la Sociedad Internacional del Congo, una supuesta organización enfocada en traer la civilización y el progreso a la región. Con promesas de actitudes humanitarias y también de libre comercio, logró que las potencias le diesen su visto bueno, ya que, además, al ser Bélgica un país menor, servía como tope geográfico a los territorios franceses e ingleses y se evitaban conflictos diplomáticos.
Así se creó el Estado Libre del Congo, que no tenía nada de libre. El país, con Leopoldo II como rey absoluto, se enfocó en la explotación más salvaje de los recursos del territorio, sobre todo marfil y caucho. Además, los funcionarios destinados a este lugar recibían primas por superar las cuotas de producción, por lo que comenzaron a llevar al límite a una población analfabeta y sin derechos civiles.
Entre 5 y 10 millones de muertos
Así, durante décadas se sucedieron las jornadas inacabables, las mutilaciones como castigo y las situaciones de esclavitud de facto. El cálculo de las muertes provocadas por la gestión del monarca se sitúa entre los 5 y los 10 millones. Y de estos, ya que nunca hubo más de 3.000 extranjeros en el país, fueron casi la totalidad de las poblaciones locales, que sufrieron asesinatos, malnutrición y condiciones infrahumanas.
Mientras todo esto ocurría, la opinión internacional parecía estar ciega, pero esto no se trataba de un error, sino de una enorme campaña de propaganda y sobornos del rey belga. En primer lugar, el Estado Libre nunca publicó sus presupuestos y, cuando lo hizo, estaban manipulados, presentando la región como un costoso proyecto filantrópico que el Estado belga llegó a financiar.
«En 1908, Bélgica puso fin al Estado Libre del Congo y a la matanza disfrazada con sobornos de misión humanitaria»
En segundo lugar, estableció una enorme red de periodistas y funcionarios que estaban en nómina. Como remarca el historiador Dean Clay en su investigación «“David vs Goliath”: The Congo Free State Propaganda War, 1890-1909» (2021), la oficina de prensa del monarca se ocupó de construir una amplia red de periodistas y apoyos públicos. Periodistas de casi todo el mundo cobraban del dinero manchado de sangre para limpiar la imagen del monarca, escribir artículos a su favor y confirmar la versión oficial de que la situación era poco menos que una arcadia feliz para combatir y silenciar a las pocas voces disidentes que ya comenzaban a ver los problemas.
No obstante, al final todo se descubrió gracias, en buena medida, al informe Casement. El informe del cónsul británico Roger Casement (1903-1904), publicado oficialmente en 1904, fue un golpe decisivo contra el régimen de Leopoldo II. El diplomático, respetado y sin agenda previa, recorrió el Congo y recopiló testimonios directos de misioneros, nativos y agentes: rehenes, mutilaciones, cuotas imposibles de caucho y aldeas enteras destruidas para crear un clima de miedo. Su credibilidad oficial contrastaba con las denuncias previas de misioneros y gente más politizada a las que Leopoldo se había encargado de silenciar.
El documento confirmó sistemáticamente las atrocidades y desmontó la propaganda filantrópica. Su impacto fue enorme e impulsó la Congo Reform Association, generó escándalo en Gran Bretaña, EE UU y Europa, y presionó a Leopoldo a crear su propia Comisión de Investigación (1904-1905), cuyo informe también validó los abusos. Aunque Leopoldo retrasó y censuró las publicaciones, las filtraciones aceleraron el aislamiento internacional. En 1908, bajo presión, Bélgica anexó el territorio, poniendo fin al Estado Libre del Congo y a este genocidio disfrazado, gracias a sobornos y engaños, de una misión humanitaria.
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