
“No se adaptan”. “Saturan los servicios públicos”. “Nos quitan las casas”. “No vienen a trabajar”. El incidente de Ceuta, aparte de complejidades geopolíticas, ha sacado a relucir la retórica habitual contra los inmigrantes. Frases como estas a veces oídas justo antes de cánticos estilo “puto moro el que no bote”. Pero como la crisis ha llegado en plena temporada alta para la industria turística, resulta tentador hacer el ejercicio de aplicar estos mismos argumentos a turistas y expats, viajeros que, a diferencia de los que vienen con pocos recursos, son invitados y celebrados unánimemente por administraciones, partidos y medios.
Debemos imaginar otras fórmulas para que la industria del viaje no consuma nuestras ciudades y territorios
“No se adaptan”. “Saturan los servicios públicos”. “Nos quitan las casas”. “No vienen a trabajar”. El incidente de Ceuta, aparte de complejidades geopolíticas, ha sacado a relucir la retórica habitual contra los inmigrantes. Frases como estas a veces oídas justo antes de cánticos estilo “puto moro el que no bote”. Pero como la crisis ha llegado en plena temporada alta para la industria turística, resulta tentador hacer el ejercicio de aplicar estos mismos argumentos a turistas y expats, viajeros que, a diferencia de los que vienen con pocos recursos, son invitados y celebrados unánimemente por administraciones, partidos y medios.
Es fácil encontrar evidencias que confirman las sentencias arriba expresadas. Muchos son los turistas que pasan sus vacaciones en urbanizaciones en las que no tienen que cambiar de costumbres ni relacionarse con casi nadie local. Lo mismo puede decirse de algunos nómadas digitales o jubilados foráneos, que habitan en burbujas sociales ajenas a sus otros, que somos nosotros. La barra libre de servicios públicos para viajeros en este país, el segundo en número de visitantes extranjeros pero en el que sólo dos comunidades y tres o cuatro ciudades cobran tasa turística, es un buen síntoma del dislate institucionalizado. Y, por supuesto, sí contribuyen a la emergencia habitacional las 400.000 viviendas de uso turístico (VUT) que se calculan en España; la capacidad adquisitiva de los expats, que distorsiona aún más el mercado de alquiler, y las inversiones de compradores extranjeros (alrededor del 20% de las operaciones, muchas al contado).
Lo siguiente, por tanto, sería exigir la prioridad nacional y negar todo tipo de derechos a esos viajeros. Algo que, de hecho, incluye el argumentario xenófobo, puesto que algunos de ellos pueden ser considerados inmigrantes —lo es quien cambia su residencia a otro país, normalmente a partir de seis meses—. Pero evitemos aquí culpabilizar a las personas, sean turistas o inmigrantes, y dejemos así de lado la miseria moral y el racismo. Vamos al modelo.
A más de uno le parecerá escandalosa y demagógica la comparación elegida para empezar este texto. El turismo es un gran invento es el relato inamovible desde que Fraga era ministro de Franco y, para sostenerlo, a cualquiera que ose matizarlo se le lanza un palé de datos y explicaciones recurrentes: el sector supone el 12,6% del PIB y el 12,3% del empleo, contribuye a poner en valor nuestro patrimonio, aumentar nuestra autoestima y mejorar nuestra imagen exterior… Reconozco que hay algo de provocación en el símil, pero también debo decir que lo escandalosamente demagógico es atrincherarse en la macroeconomía y en el orgullo identitario para negar la evidencia: el modelo turístico se nos está yendo de las manos.
Ejemplos recientes: en Sevilla, la Plaza de España ha vuelto a ser ocupada por un festival musical privado que impacta en el patrimonio histórico y ahonda en la conversión del centro de la ciudad en un parque temático —no es metáfora: ha perdido 3.000 residentes en una década—. En Málaga, donde en varios barrios —no sólo del centro— las viviendas de uso turístico pasan del 30%, hay campamentos de vecinos que viven en tiendas de campaña y furgonetas, como ocurre desde hace años en Canarias y Baleares. En Mallorca, por cierto, ha tenido lugar la última manifestación masiva contra el modelo, reprimida con violencia por la Policía por eso de que el relato es indiscutible. En Barcelona, la recepción al Papa y la inauguración de la Sagrada Familia han sacado a pasear declaraciones de autoridades y patronales celebrando lo bien que vendrán ambos eventos para atraer más visitantes, como si no supieran allí mejor que nadie que esa estrategia de crecimiento no hace otra cosa que expulsar habitantes. Y en Madrid, las administraciones quieren convencernos, entre otras cosas, de que la mejor manera de hacer ciudad es montar un circuito de Fórmula 1 dentro de la ciudad. Madrid y Barcelona, por cierto, son dos de las grandes urbes más desiguales y segregadas de Europa.
En un momento en que no hay forma de avivar el fuego de la economía productiva, esta industria del movimiento es aún rentable para unos capitales cada vez más globalizados y concentrados y también para los gestores de lo público, a quienes ofrece los datos resultones de empleo y PIB que he mencionado antes y que, junto a su aporte como exportación a la balanza de pagos, contribuyen al milagro económico del que tanto presume Pedro Sánchez. Pero, como muestran las encuestas, puede que los espejismos macro ya no sean suficientes para convencer a una mayoría. Como tampoco están dispuestos a cambiar de modelo, la oposición en España y los gobiernos autoritarios que ya hay por el mundo señalan que el problema está en la inmigración, en los que viajan sin dinero para, entre otras cosas, sostener buena parte del empleo turístico.
Cuando ese argumento se demuestre también falaz, quizá llegará el momento de priorizar lo racional. Una etapa que exigirá valentía e imaginación para crear nuevos modelos, turísticos y económicos, que no consuman la vida de las ciudades y territorios. Esperemos que sea pronto.
Opinión en EL PAÍS
