Dos o tres decorados, cinco o seis personajes, tramas episódicas y público en directo. Durante años, esta fue la fórmula mágica de la televisión. Las sitcoms eran un producto sencillo de producir, barato y con bastante capacidad de fidelización. Para el público, era fácil conectar con personas y temas cercanos, con capítulos fáciles de entender y con un humor que rara vez les ponía en lugares incómodos. Este «win-win» pareció indestructible durante más de medio siglo, desde su aparición en los años cincuenta hasta su ocaso, producido, como el de tantos otros buques insignia de la televisión tradicional, por la llegada de las plataformas. Hoy, ninguna de ellas apostaría por crear la nueva «Cheers», «Seinfeld» o incluso «Friends», aunque paradójicamente peleen por incorporar estas a sus catálogos. Para los directivos, seguramente, la fórmula ha quedado obsoleta ahora que la televisión maneja unos estándares de producción cada vez más cercanos al cine y puede permitirse dragones, viajes interdimensionales y episodios de dos horas con presupuestos desorbitados. Lo que nunca sabremos es si esa obsolescencia es real, si el público dejó de querer estas comedias o si fueron las propias plataformas las que, empeñadas en ofrecer siempre más, acabaron dejando de ofrecer algo mucho más sencillo que llevaba décadas funcionando.
Quienes sí han sabido aprovechar ese vacío son las cadenas autonómicas. A años luz de las grandes plataformas en músculo económico, han encontrado en la sitcom una fórmula relativamente barata con la que intentar competir contra estos gigantes. TV3 ha sido una de sus principales abanderadas en nuestro país y cuenta con una tradición especialmente fértil en el género, desde títulos ya míticos como «Plats bruts» —una de las producciones propias más emblemáticas de la cadena— hasta otros tan populares como «Jet Lag». No cuesta imaginar que Dani de la Orden, Eduard Sola, Dani Amor y Oriol Pérez crecieran viendo algunas de estas series y que, años después, hayan querido recoger su testigo con «La casa nostra», la serie que acaba de llegar a Movistar Plus tras estrenarse originalmente en 3Cat, donde su primera temporada superó ampliamente el millón de reproducciones en menos de un mes. No es de extrañar cuando detrás está, probablemente, el guionista de moda de nuestro cine, que en apenas unos años ha encadenado títulos como «Querer» o «La virgen roja», y que aquí repite tándem con un De la Orden con quien ya firmó «Casa en llamas», una de las mejores comedias españolas recientes. A ellos, además, se suman dos guionistas con años de oficio y una larga experiencia en comedia como Amor y Pérez.
Pero si algo nos ha enseñado esta industria es que acumular talento no es garantía de éxito. No hablo solo del que está detrás de las cámaras, sino también del que está delante. «La casa nostra» parte de Miqui (Marc Rius), un romántico idealista que comparte piso en Barcelona con su mejor amigo Èric (Adrian Grösser) y cuya vida se desmorona justo cuando decide pedir matrimonio a su novia de toda la vida. Ella le rechaza para, poco después, empezar una relación con la periodista Laura Rosel —que se interpreta a sí misma—, en un punto de partida bastante parecido al de Ross Geller al comienzo de «Friends». Tras la ruptura, su casa empieza además a llenarse de gente: primero llega su madre, Pilar (Llum Barrera), un verso libre y caótico, y después su padre, Josep (Albert Ribalta), un abogado conservador del que lleva años separada y al que no soporta. Para colmo, al otro lado del rellano aparecen Berta (Paula Malia), una joven brillantísima pero algo torpe en las interacciones sociales de la que, inevitablemente, Miqui acabará enamorándose, y Candela (Betsy Túrnez), propietaria del bar de abajo y, con bastante diferencia, el personaje más atractivo y el que mejor funciona de todo el reparto.
«La casa nostra» no oculta sus referencias en ningún momento. Si antes hablábamos de «Friends», con la que además de ese giro inicial comparte unos cuantos arquetipos, también es difícil no pensar en «The Big Bang Theory» al ver a Berta o en «Siete vidas», la que es la gran sitcom patria para este que escribe. Su equipo no reniega de las fuentes de las que bebe y eso se nota en una estructura de 14 capítulos, la mayoría rondando la media hora y construidos a partir de tramas autoconclusivas; en un desfile de cameos por el que pasan Sílvia Abril, Ignasi Taltavull, Adriana Torrebejano o Toni Cruanyes; y, sobre todo, en unos guiones que desprenden constantemente ese aroma a sitcom de toda la vida, con sus equívocos, sus entradas y salidas y sus romances cruzados.
El problema es que, aunque «La casa nostra» sea simpática y tenga momentos realmente divertidos, especialmente los centrados en Barrera, Ribalta y Túrnez, que demuestran sus tablas y sobresalen con bastante claridad por encima del trío protagonista, nunca llega a estar a la altura de todas esas referencias. Eso hace que su herencia, más que nostalgia, despierte demasiadas veces la sensación de haber visto todo esto antes y mejor. Con un visionado casi obligatorio en versión original —el doblaje esteriliza todavía más el tono y, con unos buenos subtítulos, el catalán se entiende perfectamente—, la serie es un producto pensado para todos aquellos que crecieron viendo y adorando las sitcoms clásicas y que, quizá cansados de revisarlas por duodécima vez, prefieran darle una oportunidad a una nueva hecha por otros apasionados de las mismas que, solo por esa noble intención, por muy irregular que sea el resultado, la merecen.
La comedia de Dani de la Orden y Oriol Pérez recupera la sitcom clásica con oficio y buenos secundarios, aunque el resultado sea irregular
Dos o tres decorados, cinco o seis personajes, tramas episódicas y público en directo. Durante años, esta fue la fórmula mágica de la televisión. Las sitcoms eran un producto sencillo de producir, barato y con bastante capacidad de fidelización. Para el público, era fácil conectar con personas y temas cercanos, con capítulos fáciles de entender y con un humor que rara vez les ponía en lugares incómodos. Este «win-win» pareció indestructible durante más de medio siglo, desde su aparición en los años cincuenta hasta su ocaso, producido, como el de tantos otros buques insignia de la televisión tradicional, por la llegada de las plataformas. Hoy, ninguna de ellas apostaría por crear la nueva «Cheers», «Seinfeld» o incluso «Friends», aunque paradójicamente peleen por incorporar estas a sus catálogos. Para los directivos, seguramente, la fórmula ha quedado obsoleta ahora que la televisión maneja unos estándares de producción cada vez más cercanos al cine y puede permitirse dragones, viajes interdimensionales y episodios de dos horas con presupuestos desorbitados. Lo que nunca sabremos es si esa obsolescencia es real, si el público dejó de querer estas comedias o si fueron las propias plataformas las que, empeñadas en ofrecer siempre más, acabaron dejando de ofrecer algo mucho más sencillo que llevaba décadas funcionando.
Quienes sí han sabido aprovechar ese vacío son las cadenas autonómicas. A años luz de las grandes plataformas en músculo económico, han encontrado en la sitcom una fórmula relativamente barata con la que intentar competir contra estos gigantes. TV3 ha sido una de sus principales abanderadas en nuestro país y cuenta con una tradición especialmente fértil en el género, desde títulos ya míticos como «Plats bruts» —una de las producciones propias más emblemáticas de la cadena— hasta otros tan populares como «Jet Lag». No cuesta imaginar que Dani de la Orden, Eduard Sola, Dani Amor y Oriol Pérez crecieran viendo algunas de estas series y que, años después, hayan querido recoger su testigo con «La casa nostra», la serie que acaba de llegar a Movistar Plus tras estrenarse originalmente en 3Cat, donde su primera temporada superó ampliamente el millón de reproducciones en menos de un mes. No es de extrañar cuando detrás está, probablemente, el guionista de moda de nuestro cine, que en apenas unos años ha encadenado títulos como «Querer» o «La virgen roja», y que aquí repite tándem con un De la Orden con quien ya firmó «Casa en llamas», una de las mejores comedias españolas recientes. A ellos, además, se suman dos guionistas con años de oficio y una larga experiencia en comedia como Amor y Pérez.
Pero si algo nos ha enseñado esta industria es que acumular talento no es garantía de éxito. No hablo solo del que está detrás de las cámaras, sino también del que está delante. «La casa nostra» parte de Miqui (Marc Rius), un romántico idealista que comparte piso en Barcelona con su mejor amigo Èric (Adrian Grösser) y cuya vida se desmorona justo cuando decide pedir matrimonio a su novia de toda la vida. Ella le rechaza para, poco después, empezar una relación con la periodista Laura Rosel —que se interpreta a sí misma—, en un punto de partida bastante parecido al de Ross Geller al comienzo de «Friends». Tras la ruptura, su casa empieza además a llenarse de gente: primero llega su madre, Pilar (Llum Barrera), un verso libre y caótico, y después su padre, Josep (Albert Ribalta), un abogado conservador del que lleva años separada y al que no soporta. Para colmo, al otro lado del rellano aparecen Berta (Paula Malia), una joven brillantísima pero algo torpe en las interacciones sociales de la que, inevitablemente, Miqui acabará enamorándose, y Candela (Betsy Túrnez), propietaria del bar de abajo y, con bastante diferencia, el personaje más atractivo y el que mejor funciona de todo el reparto.
«La casa nostra» no oculta sus referencias en ningún momento. Si antes hablábamos de «Friends», con la que además de ese giro inicial comparte unos cuantos arquetipos, también es difícil no pensar en «The Big Bang Theory» al ver a Berta o en «Siete vidas», la que es la gran sitcom patria para este que escribe. Su equipo no reniega de las fuentes de las que bebe y eso se nota en una estructura de 14 capítulos, la mayoría rondando la media hora y construidos a partir de tramas autoconclusivas; en un desfile de cameos por el que pasan Sílvia Abril, Ignasi Taltavull, Adriana Torrebejano o Toni Cruanyes; y, sobre todo, en unos guiones que desprenden constantemente ese aroma a sitcom de toda la vida, con sus equívocos, sus entradas y salidas y sus romances cruzados.
El problema es que, aunque «La casa nostra» sea simpática y tenga momentos realmente divertidos, especialmente los centrados en Barrera, Ribalta y Túrnez, que demuestran sus tablas y sobresalen con bastante claridad por encima del trío protagonista, nunca llega a estar a la altura de todas esas referencias. Eso hace que su herencia, más que nostalgia, despierte demasiadas veces la sensación de haber visto todo esto antes y mejor. Con un visionado casi obligatorio en versión original —el doblaje esteriliza todavía más el tono y, con unos buenos subtítulos, el catalán se entiende perfectamente—, la serie es un producto pensado para todos aquellos que crecieron viendo y adorando las sitcoms clásicas y que, quizá cansados de revisarlas por duodécima vez, prefieran darle una oportunidad a una nueva hecha por otros apasionados de las mismas que, solo por esa noble intención, por muy irregular que sea el resultado, la merecen.
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